El gesto de Allenby
Sir Edmund Allenby, jefe militar del legendario Lawrence de Arabia, fue el protagonista de un bello gesto, que tanto tiene que ver con la festividad que en el mundo católico celebramos hoy: Domingo de Ramos. Era el 9 de Diciembre de 1917. La Primera Guerra Mundial toca a su fin. El Mariscal Allenby ha llegado hasta la Puerta de Damasco de Jerusalén. Ha llegado desde Gaza. En su ejército se integra la llamada Legión Judía. Jerusalén es turca. El Imperio Turco agoniza; es el enfermo de Europa. Los turcos se rinden. Allenby dispone las cosas para entrar en la Ciudad Santa en magnífico alarde tropas. Al frente figura él mismo, a caballo. Pero, llegado ante la Puerta se detiene. Desmonta. Toma de las riendas a su corcel, y dice:
-Si Jesucristo entró en esta ciudad a lomos de borrico, no voy yo a hacerlo a lomos de briosa cabalgadura.
Allenby entró a pie, para tomar posesión de la ciudad. El Protectorado inglés duró hasta acabada la Segunda Guerra Mundial, en que se constituyó, no sin conflicto bélico con los árabes, el Estado de Israel. Pero lo que queda es el gesto de desmontar de su caballería.
<
Fueron y encontraron al burro en la calle, atado junto a una puerta, y lo desamarraron. Algunos de los que allí estaban les preguntaron: "¿Por qué soltáis al burro?" Ellos le contestaron lo que había dicho Jesús y ya nadie los molestó.
Llevaron el burro, le echaron encima los mantos y Jesús montó en él. Muchos extendían su manto en el camino, y otros lo tapizaban con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante de Jesús y los que lo seguían, iban gritando vivas:
-¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en el cielo!>>. (Marcos 11, 1-10).
Son dos historias, la de Allenby y la de Jesús de Nazareth, que marcan pauta para todo el que entra en Jerusalén. Hoy, entramos todos en Jerusalén. El anglicano Allenby lo hizo para dar administración cristiana –que no dominio- a una tierra que luego sería judía. Pero eso no importa ahora. Se me ocurre que debiéramos preguntarnos más a menudo si no estamos subidos al caballo de la soberbia, sobre el cual no se debe entrar a Jerusalén. Y no sabemos cuándo entramos en alguna Jerusalén. Son dos gestos de humildad: cabalgar a lomos de borrico es rechazar el encumbramiento que supone el caballo o el carro triunfal. El borrico es humildad; la entrada a pie, llevando las riendas del caballo de un Mariscal inglés en la mano, es sumisión de la propia personalidad ante la Historia asumida como raíz propia.
Para eso sirve conocer Historia: para hacerla maestra viva de la actuación propia, y para honrar memorias sublimes. Vale.
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo. Cuesta aceptar nuestra propia soberbia, esa supervalía añadida a nuestra estima por motivos casi siempre carenciales, ya deriven éstos de la vaciedad, de la impotencia o del complejo. Qué duda cabe que el gesto del Rabbí Yeshua Ha-Nosri trascendió para siempre los caminos de la historia para adquirir la plenitud del símbolo; un símbolo de humildad sólo comparable en su representación estática, que no estética, con las imágenes legadas por el pasien taoísta Zhang Goulao, anciano montado en un asno blanco, por el inmortal Shoulao, sabio montado sobre un venado o por el filósofo Lao-Tsé cabalgando a lomos de un búfalo; representaciones todas ellas con un fuerte sentido humanístico, cargadas de modestia, adornadas de sencillez y rebosantes de una irremediable mansedumbre. Sin embargo, como bien expones, amigo Santiago, bajar del caballo para montar en una borrica o ir a pie con las riendas del corcel en la mano, como en su día hizo Allenby, es muy difícil, tanto como pueda serlo el desmontar de nuestras creencias infundadas, el bajar de nuestros prejuicios y el apearnos de toda clase de prepotencias. Las ínfulas, las tiaras, las diademas y los atavíos que nos ofrecen el poder, la fama y el dinero pesan demasiado, lastran nuestros corazones y nos aferran a los alazanes de nuestra propia idolatría. Con la soberbia por delante, Jerusalén se nos escapa, Jerusalén se distorsiona y Jerusalén se camufla, dejándonos expedita sólo la Puerta de la Basura, el valle de la Gehenna, el territorio sangriento de Moloc, el jardín hediondo de Mammón y Bafomet. Cuesta aceptar los gestos trascendentes, su significado profundo y sencillo; y cuesta aceptarlos porque al honrar las memorias sublimes, al otorgarles nuestro reconocimiento, ponemos en evidencia su magisterio y ejemplaridad, al mismo tiempo que desnudamos sin ningún tipo de recato nuestras debilidades y raquitismos. Los títulos, las grandezas, los diplomas y galardones no adquieren significado auténtico si no se anulan en el pudor del servicio y en la gratuidad del amor. Porque "virtus non est superba" y bajo el lustre de los mármoles sólo enseñorea el polvo y las cenizas del olvido.





