Impresiones de Durero
Paso por Madrid, entre alba y ocaso, de camino de vuelta a Murcia, y me acerco por el Prado, a ver al maestro Durero. Dos horas y media de cola, y entramos por la Puerta de Goya, la que da al norte, como si el artista hubiera venido desde Nuremberg y hubiera ingresado directamente por allí, viniendo de sus teutónicas tierras. De entrada, te enseñan su autorretrato a los trece años; así como el de su padre. Ya no necesitó adquirir más oficio. Un poco más allá su autorretrato ya de veintañero. Es la efigie de un observador, con su algo de desconfiado. Todo observador es un desconfiado, un receloso de las cosas que le rodean, y a las que tiene que tener controladas. Todo control empieza por un censo. Durero es el último gótico. Se queda a las puertas del Renacimiento. Es un gran artista del Gótico postmortem que asalta la muralla del Quinientos. En esta lectura mía, El Maestro de Nuremberg no obtiene el galardón renacentista. Permaneció siempre fiel a su técnica de grabador y dibujante. La observación del detalle le impidió ver la obra de arte al completo. Fue un miniaturista venido a más. Un dibujante extraordinario, que utilizó el grabado para expandir su obra. Es como la Celestina en España. Su medio pie en el Renacimiento no soporta su peso, que es recibido por el pie y medio en el Bajo Medievo.
Todo el mundo se acerca a ver la liebre de Durero. Una pieza del tamaño que viene bien a un dibujante: la hoja de un cuaderno. Y dentro de la liebre, el ojo de la liebre, que refleja la realidad del cuarto donde fue imaginada, a partir de los apuntes tomados del natural, y de un conejo casero que le sirvió de referencia. Pelo a pelo, la liebre pasó de la realidad imaginada de Durero al papel en el que hoy vive eternamente. Leí durante el viaje un artículo del cineasta José Luis Borau, en el que decía haber acudido a ver el cuadrito con la íntima esperanza de verse a sí mismo retratado en la pupila de la liebre. Esperaba ver en lugar de la pupila, el Aleph de Borges, ese punto del Universo en el que se hallan misteriosamente completas todas las cosas del mundo. No les voy a decir lo que se ve en el ojo de la liebre, Vayan a verlo, hagan sus dos horas de cola y les será revelado el secreto.
Lo que sí quiero contarles es mi relación con la liebre de Durero. Ocurrió allá por los ochenta mediados. Mi amigo el escritor Pedro Cobos me contó su novela "La Vida Perdularia". En ella, el diablo Xanguas recorre toda la Región de Murcia en pos de una liebre que poseía el secreto de la eterna juventud. Y perdonen todo aquellos admiradores de Pedro el brutal resumen amputador de la novela. Bien, pues igualmente, me refirió su problema acerca de la portada que le ponía al libro. A mí se me ocurrió de inmediato:
-Pues la liebre de Durero, Pedro.
Lo consultó con el pintor Martínez Gadea, quien corroboró el dictamen. El libo lo tiene en Hiperión. Es, todavía hoy, una de las mejores novelas del postfranquismo en España, aunque muchos críticos todavía no se hayan enterado. Por eso, si van a ver el cuadro, y se leen la novela, sabrán tanto como Pedro Cobos y yo. Vale.
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo. Cuesta aceptar que cualquier rascaguitarras, pedorra, zorrimodel (tomo prestado el palabro de Pérez Reverte), cantamañanas o bufón de la corte tengan más predicamento hoy entre un público educado, con marchamo de aula, universitario, pero poco exigente, que esas otras figuras históricas o presentes, frutos meritorios del trabajo, de la evolución técnica, de la destreza, de la precisión artística y de la sensibilidad estética. Es verdad que la trivialidad campa sobre la originalidad, que la vulgaridad se cotiza y que la ordinariez, si no alimenta, engorda hasta límites irrazonables. Con todo, las exposiciones colectivas, conmemorativas o exclusivas, vengan tituladas por los nombres de Rodin, Velázquez o Durero, todavía despiertan con su magia un no sé qué de atávico magnetismo en la sensibilidad espectadora del personal. Esta idolatría artística, esta sumisión visitadora, ante una figura en muchas ocasiones desconocida pero consagrada, puesta ahí por el "Establishment", a la que hay que ir para ver y mirar, culmina la mayor parte de las veces con la torpeza de una mirada velada o con la embriaguez prematura de un síndrome de Stendhal más alienante que reconfortante. Pero, en fin, esto es letra de otro cantar a la que haremos referencia en otro momento. Ahora, lo que centra mi atención, amigo Santiago, es la referencia que haces a la mirada; referencia que coincide con las últimas palabras de mi anterior reflexión. Durero, “el Leonardo da Vinci del Norte”, en palabras de Miguel Zugaza, se caracteriza por su mirada. Durero está condicionado por la vista más y mejor que muchos otros autores coetáneos. Durero, como Leonardo, preludian un amaneramiento que exaltará los sentidos nobles o superiores de la vista y del oído, adelanto sublime de lo que en su día será una preeminencia de la imagen y del sonido. Porque sí, Durero, práctico heredero de un gótico avanzado, con un virtuosismo técnico inscrito en su formación tradicional, se manifiesta renacentista como teórico inteligente y visionario, saboreando y rentabilizando los logros de la perspectiva lineal y geométrica, la anamorfosis y los puntos de infinito. Durero, espectador socrático, trasciende la mirada simplista para introducirse en la naturaleza que lo rodea, y se introduce también en sí mismo como parte integrante de esa naturaleza. Durero es observador, indagador curioso y sagaz, lo que le permite el paso de la madera al cobre con una finura sorprendente. El maestro del buril renace continuamente como dibujante, pintor, estampador y grabador, todo en uno, amalgamado en su papel de visionario e iluminador de la realidad. Y es que su mirada incisiva y penetrante no puede sustraerse a la recreación de lo mirado: la maniera, sutilmente camuflada, aflora en lo mejor de su obra. No es extraño que a partir de la muerte de Leonardo, en 1519, y de Rafael, en 1520, termine el verdadero Renacimiento para iniciarse ese movimiento tan cargado de sugerencias que es el Manierismo. La muerte de Durero tiene lugar en 1528, cuando ya el mundo de la magia se retrotrae frente al mundo de la ciencia y los sentidos de la lejanía se imponen a los de la cercanía. La mirada de Durero, que mirándose a sí mismo se estampó en el primer autorretrato con entidad personal de la historia de la pintura, llegó a la perfección poética recreándose en lo invisible y regalándonos sus percepciones. Con palabras de Erasmo, "Durero pintaba hasta lo que no se podía pintar", y esa capacidad de sugerencia justifica la convivencia en su obra de la magia simbólica de un gótico tardío, la frescura de la técnica renacentista, un naturalismo y sensualismo modernista , un cierto simbolismo con ecos wagnerianos y mística nórdica, así como un extraño realismo fotográfico. Trascender viendo más allá de la propia mirada: un reto de la curiosidad artística.
Comentario:
Un maestro con los dedos (Durero); un maestro con la mirada (Santiago Delgado). Qué hermosa y fértil combinación para quienes asistimos al espectáculo.





