logotipo

img_google
"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Notas de París


En un principio, pensaba titular a estos escritos que en sucesivos días aparecerán, si la actualidad lo va permitiendo, <>, pero me pareció demasiado pretencioso. Imposible convencer a nadie de que esa pervertida manera de soberbia que es la falsa humildad, no asomaba su rabo por el título. Quería haber dicho que en el mundo todos somos o perullos o snobs. Somos perullos aquéllos que no dejamos nunca de aprender, con lo que ello tiene de equivocarse una vez y otra. Incluso aprendemos cuando nos enseñan, que es lo más meritorio. Los snobs, no. Lo saben todo, y lo saben ya. Todo lo más, cuando observan, comprueban. No se puede sufrir a un snob cuando hace de maestro; o sea, siempre. Es prueba de carácter para un perullo soportar la lección de un snob.
Así pues, con este bagaje semántico en el ánimo, me marché a París, con A., la Semana Santa recién iniciada. Vacaciones. Veinte años atrás de la última visita, y treinta de la primera, Franco imperante. Qué diferencia, o qué diferencia en mí. O, acaso, en la Historia. Esto de la perullez me sirve para explicarme en el siempre difícil primer acceso a las impresiones de viaje. He encontrado, afirmo, que ya París es perullo también, como yo. Y como los lectores que quieran identificarse. Ya no es aquel emblema del imaginario español y provinciano de la primera burguesía carpetovetónica de los 60. Se acabó el espejismo. Hemos crecido los españoles, y hemos ganado en democracia y civismo. Por eso no nos pasma la libertad que habita las calles parisienses. Dueña de las calles la normalidad ciudadana, nada hay que separe en lo profundo a Madrid. Murcia o París. Las mismas gentes, vestidas de similar manera, y los mismos afanes: comprar, visitar, trasladarse… Por eso, despojada de los oropeles de la reverencia causada por el complejo de inferioridad de antañazo, París se muestra realistamente bella y atractiva. Se acabó el París símbolo y apareció el París real, que, además de bello y auténtico, es interesante, sobre todo.
No me cabe duda de que, además de esa entrada en la mayoría de edad de la burguesía española –vivero de perullos como se entiende más arriba- en el fenómeno de civilización que digo tiene que ver la llamada Globalización. No nos sorprende, pues, París, porque algo hay de París en la ciudad en que vivimos. Y en todas las ciudades. Aunque, pensándolo bien, ambas cosas: el fin del enanismo mental del español medio y la Globalización son la misma cosa, o partes ambas de la misma cosa.
Insisto, no estoy sorprendido, deslumbrado…; estoy interesado en París. Desconozco al que yo fui en el 84 y en 75, venido de otro mundo. Un mundo políticamente en el siglo XIX. Se me ocurre que, además, que esta constatación de ver sustituido el asombro por el interés, me indica que mi generación es depositaria de un magno designio: ha vivido dos épocas. Tecnológica y humanamente, volcó el caldero de la Historia. En mí hay un antes y un después: respetadme. Vale.


 
Comentario:
Me parece acertadísima tu reflexión tras el viaje a París y estoy completamente de acuerdo con ella. Es más, hace un mes y pico, en esos días en los que la nieve, el frío y el mal tiempo azotaba gran parte de España y casi la totalidad de Europa, viajé a Londres, al Londres de siempre, a ése que, como París, marcaba muchos de nuestros límites con faros y mojones lejanos y se convertía en símbolo para el provinciano carpetovetónico. Y fue grande mi sorpresa al constatar que la ciudad de la niebla, ya sin niebla, no estaba tan alejada de Madrid o de Murcia, como pudiera estarlo en los años setenta. Es verdad, que hasta el año 92, el año de la Expo de Sevilla, los españoles éramos casi transparentes en Inglaterra, pero recuerdo muy bien cómo la Expo resucitó en la retina inglesa el brillo del oro y decir España o españoles era sinónimo en aquellos momentos de la expresión cabaretiana "money, money, money"; expresión que, de una u otra forma, con música o sin ella, se escuchaba en lugares tan distintos como Cardiff, Leomister, Liverpool o Brighton. En la actualidad, ya se trate de París, Londres, Roma o de cualquier otra ciudad emblemática, tendemos a verlas investidas de naturalidad ante nuestros ojos, haciendo que el provinciano y sencillo pueblerino se sienta mucho más cómodo en el ámbito de su aldea global. Ni Oxford Street ni Regent Street asombran hoy al españolito medio que, a trancas y barrancas, con ilusión política y esfuerzo económico, ha ido integrándose en un torbellino técnico y comercial de referentes internacionales, situación que hace tan sólo unos pocos años era completamente impensable. ¿Con qué nos pueden sorprender mercados y tiendas del mundo que no lo tengamos en nuestros establecimientos, grandes almacenes y tiendas especializadas? ¿Es que nos pueden llamar la atención hoy, como lo hacían en los sesenta, en los setenta y primeros ochenta, las redes de autovías y de autopistas? ¿Acaso nuestro parque automovilístico es más viejo que el europeo o tiene algo que envidiarle?
Con mochila o sin ella, el ciudadano del mundo ha perdido cierta capacidad de sorpresa, de asombro obligado, y con esa pérdida ha ganado en libertad, en cotidianeidad, en frescura. Lo intelectualizado, por comparación ominosa, ha dejado el trono del símbolo para asentarse en una lozana sencillez desprovista de admiración. O, en todo caso, la admiración surge ahora de forma bien distinta, se produce por la mirada cruzada en un parque, por el revuelo de una falda en un paso de peatones, por la carrera desenfrenada de un niño, por la arruga meritoria de un anciano, por la belleza impresionante y desinteresada de un árbol, por la ubicación acertada de un edificio. Se trata de una admiración serena, con sordina, ante el descubrimiento de lo patente en una ciudad tan grande como lo permite nuestra capacidad de desplazamiento. Lo que pasa allí, pasa aquí; lo que puedo aquí, lo puedo allí. Con la desaparición del complejo ha desaparecido la imposición abrumadora del asombro, siempre envuelta en inquietante turbación. Nuestro provincianismo, amigo Santiago, se ha globalizado y, como muy bien apuntas, se ha despertado en nosotros un sano interés: un interés cargado las más de las veces de afecto, relación y compromiso. Ojalá merezcamos ese respeto que tú solicitas.
No