Más notas de París: la Venus de Milo
Les decía, hace algunas jornadas, que pasé la Semana Santa en París. El Louvre fue cita obligada, y, dentro de él, más obligado todavía, acudir a ver a las Tres Grandes Damas del Palacio: La Victoria de Samotracia, La Venus de Milo y la Mona Lisa o Gioconda. Luego hablaremos de alguna que otra presencia.
De dichas tres damas, sólo una es mujer: la Venus de Milo. En su vientre rotundo, amplio, ancho como el mar, según la encumbrada opinión de Rodin -nada menos-, está toda la feminidad posible. Es el vientre verdad de una mujer real; por eso es atractiva. Atrae su verdad de mujer desnuda. Luego, podemos ver esa esbozada línea de movimiento, no congelado, sino misteriosamente detenido y en movimiento a la vez, que, posee, creo, por el hecho de haber perdido los brazos. El verdadero movimiento es el del torso y los hombros, los brazos sólo son ejecutores. Es como si toda la corporeidad muscular desde el vientre hasta los omoplatos viniese a ser la ecuación matemática que da vida a la ascensión de los cohetes espaciales, siendo los brazos esos mismos cohetes espaciales. ¿Comprenden? Sucede que esa ratio mathematica que todos albergamos, más o menos despierta, en los recovecos neuronales reconoce las constantes y funciones de dicha ecuación, y hete aquí entonces que en dicho reconocimiento estribe, acaso, la sensación de belleza que apreciamos. Es decir, vale más la intención de movimiento demostrada en el delicado helicoide del tronco, que el posible desarrollo terminal del mismo en los brazos.
De hecho, sucede que ninguna versión de la Venus, con unos u otros brazos, satisface tanto como el ejemplar conocido de la diosa, nacida en Milo y naturalizada parisina. En la cultura española tenemos otro caso de obra de arte truncada, que debe su encanto a la mutilación: el Romance del Infante Arnaldos. Búsquenlo, y me dicen.
Por cierto, ese vientre rotundo que decíamos mal se compadece con la exigua prominencia de los pechos, que son los de una virgen; no obstante, esta falta a la regla de la naturalidad del vientre redunda en ese resultado de perfección global que caracteriza al conjunto.
Aprendí que esta Venus fue hecha en dos piezas, inferior y superior: la primera, descrita se halla más arriba; la segunda compuesta es por los paños que ocultan sus piernas, y que se muestran, también, en clave de espiral ascendente, contribuyendo así a esa especie de homenaje al movimiento que es la pieza al completo.
De su rostro podemos decir que responde a un cierto tipo de belleza clásica, en cierto modo tópico. Es inexpresivo, salvo que únicamente exprese su olimpismo; es decir, su pertenencia a un mundo donde los sentimiento de felicidad o infelicidad no tienen cabida. No ríe, ni sonríe; tampoco llora o gime, ni se lamenta. Su realidad se halla por encima de las pasiones y de las penalidades. No obstante, mira, con esos ojos sin pupila de diosa, que hasta nosotros han llegado como apropiados para las deidades clásicas, en una dirección levemente por debajo de la horizontal. Ello la humaniza; justo lo mismo que consigue el vientre. Vale.
Comentario:
Propio, ajustado, estupendo y elegante texto. Por la proximidad de los anteriores artículos, y por la efectividad de ciertas frases lapidarias, podríamos esgrimir aquí las palabras testamentarias del Papa:"Nunc dimittis"; pero, evidentemente, con una traducción como Dios manda, como lo quiso decir el Pontífice y como muchos siglos antes que él lo expresó el anciano Simeón cuando sus ojos vieron al Jesús Niño, al Mesías que surgía del pueblo de Israel (Lucas, 2, 22-35). Sí, ya puedo descansar, ya puedo morir en paz, ahora despide a tu sirvo, deja que tu siervo se vaya en paz, tu siervo ya puede cerrar los ojos porque ha visto la luz. Cuántas otras expresiones nos recuerdan el sentido de este campo semántico: "Vedi Napoli, e poi muori", "De Madrid al cielo"... ; sí, se trata de morir, de dimitir, de irse, pero de una dejación bastante distinta a la esgrimida por el propio Pontífice con su horaciano "Non omnis moriar" (no moriré del todo, "Odas", III, 30, 6). Ah, la LOGSE, la ESO... qué cosas pasan con el latín y sus traducciones... "ahora dimito"; pues no, no quiero decir esto, quiero decir que leída la reflexión de Santiago, meditado su comentario, me parece mejor el silencio y la fruición. Sin embargo, para glosar el texto o amplificarlo, porque creo que lo merece, me zambullo en sus renglones y, aunque algo cueste, entono los latines, que pulen los sentires e iluminan los sentidos (me refiero a los semánticos). Y es que, en la Venus de Milo todo es "In naturalibus", qué maravilla de desnudez, que frescura de movimiento. Al recordarlo, no puedo por menos que traer a la memoria esas espléndidas páginas que Miguel Espinosa dedica en "Asklepios" a la belleza que emana del cuerpo de la adolescente sólo comparable a la nobleza de la mujer preñada. Y, entonces, nombres como Berenice, Safo, Rodis o Mirtocleia se confunden en una Afrodita encarnada. "Yo soy mi complexión": mi espíritu se encarna y por lo sensorio me hago sensual. Placer de la curva, del vientre investido de vida, placer promisorio. Pero, "Natura non facit saltus", que, aunque extrapolado de Leibniz ("Nuevos Ensayos", IV, 16), y haciendo referencia a la imposibilidad de la creación de especies "ex nihilo", nos recuerda y justifica la evolución de unas formas voluptuosas, iniciadas en las representaciones esteatopígicas de las Venus de Lespugue y Willemdorf , pasando por las sinuosidades de Niobe, de las Venus de Cnido y de Cirene y, cómo no, de las ampulosas redondeces de las féminas de Jordaens y Rubens. Inevitable resulta pensar en la blanda sensualidad de Andrómeda liberada por Perseo, del mismo Rubens y sita en nuestro Museo del Prado, en la dama saliendo del baño de Degas, en la mujer rubia de Marquet, en el desnudo de pie de Puy, en la dulce feminidad retenida de La Source de Ingres y en tantas otras obras, más del ámbito pictórico que del escultórico, que homenajean a lo largo del tiempo la digna curvatura del vientre femenino. Plácidamente anónima, digna del genio de Fidias, la serena compostura de esta Venus universal de Milo, sólo comparable con la Venus de Samotracia, se configura como símbolo de feminidad. Sus senos, su vientre, sus caderas, símbolos antropológicos desde la cultura amerindia a la hotentote y bantú,.se invisten de fertilidad, de creatividad... Más allá de las proporciones, sometidas a un canon siempre cambiante, las curvas seductoras, atractivas y eróticas, encuadres perfectos de la carne y revelaciones de la energía vital, nos conducen a la otra orilla del deseo, a la serenidad de la belleza admirada, y con el silencio expresivo nos depositan en la región del prototipo, en ese ámbito cincelado para la permanencia de la memoria. No se puede decir más. Sólo queda contemplar, gozar y recordar.





