Más París: la Victoria de Samotracia
Decíamos de la Venus de Milo que era mujer, réplica verista de mujer. De las tres Damas del Louvre es la única mujer. Incluso se puede dar otra vuelta de tuerca a la identificación y analogar la logia en cuyo fondo se encuentra, con su techo en arco de medio punto, con el luengo conducto vaginal que acaba en su vientre. Espermatozoides son todos quienes hasta allí arriban, mirándola desde lejos, pues está en alto. Y, así, al contemplarla, ya a la distancia en que el ojo intima, sobreviene el acto fértil que gesta nuestro ingreso en la belleza.
La Victoria de Samotracia, en cambio, no es mujer. No tiene sexo, tiene género. Género femenino, pero no sexo femenino. Su mensaje es el mismo para hombre y para mujeres: es el mensaje de la gloria, de la victoria, del inicio del salto que supondrá el vuelo, dejando la Tierra. Es una metáfora de la apoteosis del vencedor. Es, por tanto, un símbolo. No una réplica de mujer bella. Luego, iremos a la Gioconda, y veremos que es un signo. En el símbolo, significado y significante, aun conformando maridaje arbitrario, poseen relación necesaria de vínculo. No arbitrariedad convencional.
Podemos suponer a la Victoria de Samotracia en la proa de una carroza que rodara por la Quinta Avenida, lleno su aire de confetti y sonando gran fanfarria americana de banda militar; carroza desde cuyo lugar de honor saludaría el mismísimo Julio César, recién vuelto de la Guerra de las Galias. El mármol de la Venus de Milo pretende aprehender la cálida belleza de la mujer habida en la mente del escultor. La piedra de la de Samotracia no sirve al cuerpo de ninguna mujer; sirve a la idea de la gloria, de la victoria y de las demás pasiones de la supremacía de unos hombres sobre otros.
Los ropajes no están para cubrir, acaso con pudor, las femeninas formas; están para ocultarlas, pues no convienen a la idea que se representa, los encantos de atracción. La función de las alas es doble. Por un lado, nos traen la noción de vuelo. En tierra se quedan los perdedores, quienes fueron derrotados. Al Cielo ascienden los hijos de la Victoria. Es una dicotomía evidente y universal. Pero también contribuyen a desleir la naturaleza femenina, a alejarla del sexo, dejándola tan sólo en el género. En la iconografía cristiana, las alas son de ángel, no de mujer, recordemos.
En el Louvre la Victoria de Samotracia se halla al final de una gradería ascendente, sumida en semitinieblas. Ella se encuentra arriba, e iluminada. Las alas parecen señalar, una a cada lado, las nuevas graderías, siempre hacia lo alto, en que se abre el espacio. De ambas partes recibe luz. Y, así, somos un poco esos vencidos, que, viniendo desde las tinieblas subterráneas, rendimos el tributo de nuestra admiración a quien ganó la batalla. No somos recibidos como amantes, caso de la Venus, sino como poseedores de la derrota. Ante la Samotracia vamos a rendirnos, ante la Venus vamos a admirar. Vale.
Comentario:
Vale Santiago. Estoy muy en la línea. Se trata de un exvoto alado, de una Niké tensa frente al viento, de una pieza anónima precursora de los relieves de Pérgamo, de un descubrimiento exquisito de Charles Champoiseau, pero es, ante todo, parafraseando los versos de Rubén Darío, un grito sin boca, una mirada enérgica sin ojos, una tañedora sin brazos. La ausencia, en esta Niké de Samotracia, se hace presencia y todo lo que ella está patente se exhibe con voluptuosa intensidad. El arrebato del movimiento, su potencia dinámica, es tan enorme cuanto lo es la proporción helenística y el esculpido genial: la piedra de Paros insuflada de vida, privilegiada en la proa de todo triunfo, asciende sin fin a no se sabe qué glorias e imperecederos paraísos. Con el quitón revuelto por los golpes del viento y humedecido por el agua del mar, el cuerpo de la diosa se muestra agitado, al máximo de sus capacidades físicas y psíquicas. La energía, el triunfo, la libertad, el prestigio y la supervivencia campean entre los paños mojados, fundiéndose con la encarnadura del mármol, haciéndose auténtico objeto de belleza y evitando sin reparo al sujeto, virtuoso artífice humano sacrificado en el anonimato de los tiempos. Sí, amigo Santiago, ante tanta belleza, sólo queda la actitud de contemplar, gozar y recrear con la memoria; actitud que, en ocasiones, alcanza su máxima rentabilidad en alguna página tan pulcra y admirable como la que has incluido en tu blog. Enhorabuena.
Comentario:
Vale Santiago. Estoy muy en la línea. Se trata de un exvoto alado, de una Niké tensa frente al viento, de una pieza anónima precursora de los relieves de Pérgamo, de un descubrimiento exquisito de Charles Champoiseau, pero es, ante todo, parafraseando los versos de Rubén Darío, un grito sin boca, una mirada enérgica sin ojos, una tañedora sin brazos. La ausencia, en esta Niké de Samotracia, se hace presencia y todo lo que ella está patente se exhibe con voluptuosa intensidad. El arrebato del movimiento, su potencia dinámica, es tan enorme cuanto lo es la proporción helenística y el esculpido genial: la piedra de Paros insuflada de vida, privilegiada en la proa de todo triunfo, asciende sin fin a no se sabe qué glorias e imperecederos paraísos. Con el quitón revuelto por los golpes del viento y humedecido por el agua del mar, el cuerpo de la diosa se muestra agitado, al máximo de sus capacidades físicas y psíquicas. La energía, el triunfo, la libertad, el prestigio y la supervivencia campean entre los paños mojados, fundiéndose con la encarnadura del mármol, haciéndose auténtico objeto de belleza y evitando sin reparo al sujeto, virtuoso artífice humano sacrificado en el anonimato de los tiempos. Sí, amigo Santiago, ante tanta belleza, sólo queda la actitud de contemplar, gozar y recrear con la memoria; actitud que, en ocasiones, alcanza su máxima rentabilidad en aluna página tan pulcra y admirable como la que has incluido en tu blog. Enhorabuena.





