Y parís, 3: Mona Lisa
Y acabo con este asunto de París, me guardo el resto. Decíamos que la Tercera Dama del Louvre es la Gioconda o Mona Lisa. No me gusta mucho. El Maestro Leonardo tenía una concepción vicaria de la pintura. O, mejor dicho, más vicaria que los demás. Todos querían decir algo con la pintura: inspirar devoción, halagar al señor retratado, conceder una realidad plástica a la idealidad, etc. Pero Leonardo los supera a todos. Se guarda aquello para lo que presta su pintura. Sus cuadros son enigmas; pero enigmas humanos, pensados por hombre; esto es, son jeroglíficos. En la galería que lleva al cuadro, situado en un extremo del amplio Louvre, se hallan, como aperitivo, los sanjuanes de Da Vinci. En todos ellos, el santo del desierto levanta misterioso y sarcástico un dedo, sonriendo al espectador, como diciendo:
-Aunque veas este dedo y esta mirada, con el entorno que ha pintado el Maestro para mí, no te vas a enterar de lo que aquí queremos decir.
O sea, el Maestro jugaba al escondite. Dicen los enterados de hoy en día que el Arte se ha ensimismado; esto es se ha hecho autónomo. No precisa referencias externas para justificarse. Otra cosa es meros apoyos visuales. O sea, que se puede ser a la vez ensimismado y figurativo; no sólo abstracto. Pero es que Leonardo escondía sus verdaderos referentes. Por eso es tan agradecido para los novelistas que buscan claves secretas y demás zarandajas con el fin de hacer best-sellers.
La Mona Lisa que yo vi tenía tonos verdes de fondo, tras los cristales de protección. Me pareció más pequeña que cuando la primera vez, y no me dijo nada su sonrisa para adentro, tan conocida. Me da igual el enigma que suponga, incluido el sin-enigma. Si hay enigma no hay arte, hay juegecito de adivinanza. El arte es para el sentimiento o para el cerebro, pero no para el ingenio, la intuición o el golpe de listeza sobrevenido por empatía ante el cuadro.
Por todo eso la Gioconda es un Signo; no un símbolo o una réplica, que decíamos de La Venus de Milo o de la Victoria de Samotracia. Es un signo cuyo significado no es que se nos escape, sino que se nos oculta, se nos esconde. Yo no voy a los museos a jugar que me digan:
-Caliente, caliente…
O, bien:
-Frío, frío…
Según me acerque o no a los arcanos designios de lo que ha querido decir el Maestro. La Gioconda tiene secreto, no misterio. El secreto es de humanos; el misterio es sagrado. No me interesa entrar en sociedades secretas que tienen claves trascendentes de no sé qué cosas. Para secretos, los míos. Los del Maestro Da Vinci, para él, y para todos los amantes de lo esotérico. Vale.
Comentario:
Estar en París y hacer una visita a la Gioconda es un ritual al que no vamos a renunciar con facilidad; sin embargo, enamorarnos de ella, admirarla o quedarnos prendados de su encanto mágico, es otra cuestión bien distinta y discutible. Doctores tiene la Iglesia y todo o casi todo se ha dicho ya de esta obra legendaria y famosa, de esta pintura en la que subyuga una sonrisa inquietante, demoníaca para otros, que oscila entre una cálida sensualidad y la más fría de las lejanías. La sonrisa de Monna Lisa, esa sonrisa que el maestro transmitió a muchas de sus obras posteriores y de la que nunca pudo evadirse, es la marca de fuego, la clave inexorable que se asienta y se asegura bajo una mirada arriñonada, enfatizando la burlesca expresión de una masa corporal tan espesa como anodina. Desde Vasari a Freud, por citar dos hitos significativos y espaciados, las interpretaciones de esta sonrisa encarnada, de esta mirada sonriente, se han multiplicado ad infinitum como una superación del padre, un descubrimiento de la madre, un encubrimiento del yo femenino del artista y un fingimiento continuado, reserva y camuflaje de todo tipo de complejos, represiones, fijaciones y sublimaciones. Pero la actitud artística de Leonardo se ve, en muchas situaciones en las que su actividad técnica, científica y social lo requiere, reconducida y superada por las fantasías, los pasatiempos y los ingenios más diversos. Y es en este sentido en el que podríamos entrar hoy aquí. Porque es evidente que sí, que la Gioconda fue paradójicamente un círculo inacabado para el autor, quizá más por el jugueteo que suponía para él atender a las múltiples sugerencias de la obra ya técnicamente acabada que por el interés fotográfico o el destino comercial de la misma. Que la obra es pequeña, ciertamente que lo es, pero el tamaño no invalida su atractivo, incluso aunque cada vez que la visitemos la reconozcamos más pequeña que la imagen que en nuestra memoria habitualmente se representa y perdura. Otras pinturas de escasas dimensiones, como El tránsito de María, de Mantegna, o El matrimonio Arnolfini, de Van Eyck, son un ejemplo de arte mayúsculo en marcos pequeños. Tal vez son las reducidas proporciones de Gioconda las que la convierten en una Okame jocosa o en un Daruma a la vez simpático e inquietante; un gracioso “roly-poly” disfrazado de mujer o un tentetieso jovial. Por ello, la Monna Lisa ha supuesto siempre un inmenso desafío para los transgresores posteriores. Ya fuera tratada como una fruta con forma de pera, como una pirámide redondeada o como un globo artificioso, esta representación andrógina se ha impostado con bigotes dalinianos y con mostachos de mosquetero, sus ojos se han achinado o se han cubierto con gafas y escafandras, y la sonrisa ha recorrido todas las posibilidades del espectro expresivo. Parece que si la moviéramos o agitáramos, un rítmico balanceo la haría retornar suavemente a su posición de equilibrio, siempre sonriente y estúpidamente enigmática. Porque es verdad que Leonardo no oculta la clave al espectador para que éste la rastree y la encuentre, sencillamente le hace buscar aquello que no existe, haciéndole caer en las redes de un recurso travieso e ingenioso. Con todo, el pequeño tentetieso, sirva esta expresión con el sentido anteriormente otorgado, sigue funcionando magníficamente bien, tambaleándose en nuestras mentes para volver a su posición de equilibrio con sonrisa inestable, y saltando de una pared a otra del Louvre para sorprender a los visitantes con su eterna sonrisa, eso sí, a partir de ahora cruzada y recolocada.





