La higuera del Beato y la olla quebrada
(A todos mis amigos de Alcantarilla)
Andrés Hibernón, franciscano reformado según la regla de San Pedro de Alcántara, fue natural de Murcia, junto a la misma Catedral nacido; aunque Alcantarilla fuera su tierra en verdad. Fue contemporáneo estricto de Cervantes. Hijo del cartagenero Ginés y de la conquense María, pastoreó cabras, como Miguel Hernández, también por tierras valencianas, al igual que el poeta de Orihuela. Luego, ya como adulto, no pasó en su vida religiosa de cocinero, portero y encargado de recados varios; pese a que eminentes teólogos le reconocían, literalmente, ciencia infusa en lo concerniente al dogma. La Iglesia lo hizo Beato en el XVIII. Murió el 18 de Abril de 1602. Sus restos yacen, luego de ser saqueados y quemados por vándalos escudados en ideologías libertarias, durante los incivilismos del 36, en Gandía, último lugar donde profesó. Dios los haya perdonado.
En Alcantarilla debieron morir hace poco los últimos paisanos que vieron la hermosa higuera, tronco único en tres brazos -como símbolo de la Trinidad-, que, dicen, plantó el Beato cuando niño. La que Diego Riquelme, autor en cuyas fuentes bebo, vio en 1962, no es hija suya. Aquella la perdimos, sin duda que por nuestros pecados, disfrazados de la característica negligencia hacia lo propio de los murcianos. Dicen también, acaso como conseja propia de flor de santidad, que sus frutos no tenían pepitas, y toda su carne no era sino pulpa melosa y colorá. Los vecinos, con motivo de cualquier fiesta, engalanaban las ramas de la higuera con cintas y colgajos de colores, Era árbol totémico, cuya semilla, enterrada y regada por el Beato, poseía todos los númenes de la villa. El tiempo de la degradación y la decadencia llevó para siempre aquella santa higuera, tan santa por lo que significó para el pueblo, como por haber sido sembrada por Andrés, el franciscano que levitaba en su celda cuando hacía oración.
Si acaso alguna vez canonizan a este ejemplar rezador, que movía a obrar bien, habría que hacerlo patrón de los cocineros; pues cocinero y refitolero (encargado del refectorio) fue en casi todos los retiros donde profesó, y como cocinero obró uno de los primeros milagros que el pueblo le reconoce, y que fue el siguiente, según la personal reconstrucción, que como autor con derecho a innovación, me permito componer:
"Ocurrió que yendo Andrés, de niño, en busca de su padre, ocupado en labores de hortelano, para llevarle la comida en un puchero, dio en escuchar los trinos de unos pajarillos que, pues era Abril, lanzaban festivos entre ciecas y cañares. Absorto, no se percató de unas piedras que, en medio del sendero que llevaba a la huerta, habían aflorado tras las recientes lluvias que habían acarreado el albero que las cubría. Tropezó en ellas, y desparramóse el guiso de arroz que su madre había preparado para la comida de ambos. Con toda su fe, procedió Andrés a volver a juntar los pedazos de la olla de barro dispersos por el suelo. Con sus mismas manos, asimismo, tronó a introducir el arroz cocido y la carne guisada en la olla que, milagrosamente, iba quedando pegada, trozo a trozo. Cuando llegó donde su padre, éste se hacía maravillas de lo sabroso del guiso, y aun hizo convite a sus compañones de bancal a que probasen el condumio. Dio para todos, y todos se extasiaron de comer aquello. Ginés de Cartagena, bien vio la olla quebrada y recompuesta, mas nada dijo". Vale.
Andrés Hibernón, franciscano reformado según la regla de San Pedro de Alcántara, fue natural de Murcia, junto a la misma Catedral nacido; aunque Alcantarilla fuera su tierra en verdad. Fue contemporáneo estricto de Cervantes. Hijo del cartagenero Ginés y de la conquense María, pastoreó cabras, como Miguel Hernández, también por tierras valencianas, al igual que el poeta de Orihuela. Luego, ya como adulto, no pasó en su vida religiosa de cocinero, portero y encargado de recados varios; pese a que eminentes teólogos le reconocían, literalmente, ciencia infusa en lo concerniente al dogma. La Iglesia lo hizo Beato en el XVIII. Murió el 18 de Abril de 1602. Sus restos yacen, luego de ser saqueados y quemados por vándalos escudados en ideologías libertarias, durante los incivilismos del 36, en Gandía, último lugar donde profesó. Dios los haya perdonado.
En Alcantarilla debieron morir hace poco los últimos paisanos que vieron la hermosa higuera, tronco único en tres brazos -como símbolo de la Trinidad-, que, dicen, plantó el Beato cuando niño. La que Diego Riquelme, autor en cuyas fuentes bebo, vio en 1962, no es hija suya. Aquella la perdimos, sin duda que por nuestros pecados, disfrazados de la característica negligencia hacia lo propio de los murcianos. Dicen también, acaso como conseja propia de flor de santidad, que sus frutos no tenían pepitas, y toda su carne no era sino pulpa melosa y colorá. Los vecinos, con motivo de cualquier fiesta, engalanaban las ramas de la higuera con cintas y colgajos de colores, Era árbol totémico, cuya semilla, enterrada y regada por el Beato, poseía todos los númenes de la villa. El tiempo de la degradación y la decadencia llevó para siempre aquella santa higuera, tan santa por lo que significó para el pueblo, como por haber sido sembrada por Andrés, el franciscano que levitaba en su celda cuando hacía oración.
Si acaso alguna vez canonizan a este ejemplar rezador, que movía a obrar bien, habría que hacerlo patrón de los cocineros; pues cocinero y refitolero (encargado del refectorio) fue en casi todos los retiros donde profesó, y como cocinero obró uno de los primeros milagros que el pueblo le reconoce, y que fue el siguiente, según la personal reconstrucción, que como autor con derecho a innovación, me permito componer:
"Ocurrió que yendo Andrés, de niño, en busca de su padre, ocupado en labores de hortelano, para llevarle la comida en un puchero, dio en escuchar los trinos de unos pajarillos que, pues era Abril, lanzaban festivos entre ciecas y cañares. Absorto, no se percató de unas piedras que, en medio del sendero que llevaba a la huerta, habían aflorado tras las recientes lluvias que habían acarreado el albero que las cubría. Tropezó en ellas, y desparramóse el guiso de arroz que su madre había preparado para la comida de ambos. Con toda su fe, procedió Andrés a volver a juntar los pedazos de la olla de barro dispersos por el suelo. Con sus mismas manos, asimismo, tronó a introducir el arroz cocido y la carne guisada en la olla que, milagrosamente, iba quedando pegada, trozo a trozo. Cuando llegó donde su padre, éste se hacía maravillas de lo sabroso del guiso, y aun hizo convite a sus compañones de bancal a que probasen el condumio. Dio para todos, y todos se extasiaron de comer aquello. Ginés de Cartagena, bien vio la olla quebrada y recompuesta, mas nada dijo". Vale.
Comentario:
Muy interesante tu artículo, Santiago. Cuando publiques algo largo, avísame! Estaré encantada de adquirirlo. Tienes tablas de escritor y de poeta, ya te lo dije. No dudes que mis amigos lectores de Suiza oirán hablar de ti.
Comentario:
Un artículo muy simpático, sobre un personaje harto peculiar. En cuanto a "la característica negligencia hacia lo propio" que desplegamos de manera constante los moradores de esta tierra, lamento estar conforme con el juicio del autor. Y desde aquí lo animo para que cumpla un viejo, laborioso y dulce proyecto que nos ha comunicado a los amigos más de una vez, y que todos ansiamos ver cumplido como sólo de la pluma de Santiago es esperable: una novela que tenga como protagonista a nuestro inmortal Salzillo. Los escaparates de las librerías murcianas se merecen el honor de que Santiago las condecore con esa novela, que sin duda debe de estar en proceso de escritura.





