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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El OLifante


Le oigo pronunciar a mi amiga Marina la palabra olifante, y, de pronto, se me viene a la memoria la antigua lectura de la Chanson de Roland, la Épica francesa, madre de todas las épicas europeas. Hasta el XIX este tronco florece, en Finlandia, con el Kalevala, epopeya nacional de aquel país nórdico. Luego, ya hay novelas nacionalistas, o invenciones a la carta, como la de Sabino Arana. Pero, mientras tanto, ahí están los hijos legítimos de Mío Cid o de los Nibelungos, ya bajomedieval. Os Lusiadas, renacentista y portuguesa. La Chanson era nieta de la Eneida, y bisnieta de la Iliada. Y ésta, pariente era del Gilgamesh babilónico. Y así hasta el posible nieto o sobrino de Adán, que pusiera, minimalistamente, en alguna pared de abrigo rupestre, el éxodo de su ancestro, tras ser expulsado del Paraíso.
En la Chanson, el paladín, Roland, Roldán en español, va por detrás de Carlomagno, el de la barba florida. La hueste francesa vuelve allende los Pirineos, tras comprobar que Zaragoza no se rinde, merced a las malas artes del traidor Ganelón. De esa manera, el rey franco puede marchar sin temor a la emboscada. Pero los moros, alevosos y felones, dejan pasar al grueso del ejército franco, y esperan a la escasa hueste de Roldán. Y cuando ya queda lejos el monarca con su ejército, asaltan cobardemente a la mesnada del paladín. Sólo cuando ya está perdida la batalla, Roldán, sacando fuerzas de flaqueza, hace sonar, con las escasas fuerzas que le quedan, el olifante, o largo cuerno de caza que siempre lleva consigo. Aunque se halla bien lejos –no voy a comprobar detalles en la Red-, Carlomagno escucha la llamada, y vuelve grupas, para ayudar a su sobrino, el más preclaro caballero de la Francia entera. Suena el olifante con desesperación, y el monarca pica espuelas, seguido de los suyos. Roland, tras intentar en vano romper su espada Durandarte, muere sobre ella, para ocultarla a los viles sarracenos que lo han vencido ayudados de su cobarde mayoría y emboscada artera. Con su guante en alto en la mano derecha, mirando hacia España –España, dice el cantar, ya antes de que fuera Castilla, Aragón ni ninguna otra nación peninsular...-, el olifante en la otra mano, Roldán expira, plantando cara al enemigo de la Cristiandad y de Francia, la dulce patria de sus sueños de Caballero.
Por eso, el olifante es símbolo de lealtad. Sólo se debe sonar cuando se ha perdido, no para pedir ayuda, sino para advertir, a quien has guardado de ser traicionado, de tu negra suerte en la batalla. No es la corneta del Séptimo de Caballería, que anunciaba liberación y final feliz a los colonos rodeados de cámaras de cine, comanches y/o arapahoes. El olifante es trasunto de la Europa que perdía con honor, ganando su personalidad histórica. Poco importa que los asaltantes de Roldán, en la burda realidad sin sentido alguno profundo, fueran lugareños vascos, en represalia por el saqueo que Carlomagno, para ahorrarse una paga a sus tropas, hiciese de Pamplona, cuando iba de arribada hacia Zaragoza. Lo que importa es ese sentido de la Caballería Medieval del autor de la Chanson, un sentido de la lealtad, inseparablemente unido al sentido cristiano de entonces, que comenzó a forjar Europa. Vale.


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