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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Muerte de bebé en patera


Ala misma hora en que, acaso, más de un Cardenal cambiaba su voto ante la irresistible ascensión de Herr Von Ratzinger, Eminentísimo y Reverendísimo Cardenal de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, para favorecer al citado elegible en el Sacro Colegio Cardenalicio, un bebé, quién sabe si tendría nombre ya o no, exhalaba sus últimos suspiros en este mundo, a bordo de una patera, a la vista de la tierra prometida: la ansiada Europa.

Ni los pechos de su madre, fríos como el mismo aire marino de Abril en el Estrecho de Gibraltar, lograron darle el calor que su cuerpecito requería. Pienso que tendría sus ojos muy abiertos. Los niños negros siempre parecen tener los ojos muy abiertos, pues el blanco de sus retinas contrasta sobremanera con el hermoso tostado de su piel. Nadie escribió su ausente nombre en papeleta alguna, desfigurando la letra, para evitar reconocimientos. El número de erres iniciales sobre las papeleteas comenzó una escalada imparable aquella misma mañana del 19 de Abril, bajo los frescos de Sanzio y Buonarrotti. Puede que ni en el libro del destino estuviese el nombre de este niño al que conocerá la tierra española que habrá de acoger su cuerpecito.

Sí, hay que utilizar, hay que repetir, diminutivos sensibles, sensibleros incluso. Hay que mover las conciencias ante este sufrimiento. No hay más remedio que acudir a la demagogia, para tratar este asunto. "De aquí no se marcha nadie, ni tú, ni yo, ni el loco, ni el suicida... ", decía León Felipe ante el cuadro de Velázquez El bobo de Coria. Perdón si equivoco la cita. No es éste un artículo de lucimiento cultural. De aquí no se marcha nadie hasta que esto no esté arreglado. Esta muerte, y las muertes que habrán de venir, y que, por lo visto, nadie, ni yo con este escrito, ni tú, lector de este mismo escrito, vamos a arreglar. Tampoco el Papa, al que interesan más las almas que las vidas. ¿Estaba bautizado?, preguntaría ante la tragedia.

Cientos de millones, acaso miles, veían al XVI de los Benedictos Romanos proclamarse Labrador de la Viña del Señor. El bulto del bebé muerto, envuelto en una manta de la Cruz Roja Española, sólo fue visto por unos cuantos miles de ibéricos, perdida su imagen en el resto de las ofrecidas por los informativos, entre liturgias de consumo y ritos audiovisuales varios. Antes del postre, supongo.

El problema se llama corrupción en el Tercer Mundo, el problema se llama tráfico de armas, que se lleva lo poco recaudado en esos países. El problema se llama paraísos fiscales, ubicados en el Primer o Primerísimo Mundo, a donde van a parar los créditos internacionales, a nombre de los autócratas. El problema se llama Deuda Externa, y se llama sida, y se llama malaria, y se llama ébola, y se llama minas antipersona, y se llama analfabetismo y se llama ablación, y se llama fanatismo y se llama odio tribal. Cosas todas ellas muy complejas para poder ser entendidas por un bebé de tres meses que lo único que hizo bien en su vida fue morir en los brazos de su madre. Pero cosas, ay, muy fáciles de ser entendidas por el prohombre que aquella misma tarde proclamaban, Urbi et Orbi, Sumo Pontífice de una religión de hombres blancos, acaso el único con posibilidades de empezar a cambiar el panorama antedescrito. Vale.
 
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo. Sí, cuesta aceptar que un bebé anónimo, como tantos otros, acuda puntual a la cita con un destino inflexible que le exige la inmolación, sin rito ni beneficio, antes de arrancar apenas el motor de su incipiente vida. Cuando empecé a leer el artículo que motiva este comentario, pensé que nada tenía que decir, ya que se han dicho tantas y tantas cosas al respecto que nuevas palabras podían embadurnar más el panorama. Pero al llegar al último párrafo, la retórica y la sensiblería a la que estamos lamentablemente acostumbrados (y enfatizo aquí lo de lamentablemente acostumbrados) dejó paso de inmediato al sentimiento desgarrado y crudo de la realidad cotidiana. Y pensé no en comentar sino en subrayar con el arado de la pluma, con fosforito de todos los colores, con mayúsculas, versales y negritas, todas y cada una de las palabras escritas por mi buen amigo Santiago. Y allí donde todo ese panorama oscuro se desarrolla y multiplica de forma exponencial, requerir a gritos la presencia de quien lo fomenta, de quien alimenta a la fiera, de quien torna la inocencia en alimaña incontrolada. Es su nombre lo que se ha de perseguir sin ningún tipo de contemplación, sin miedos ni debilidades, sin concesión alguna a los mezquinos intereses. Que se denuncie a la Bestia alimentadora de la fiera, a la furibunda Bestia, que vestida de Armani, de Boss, Dior o Gaultier, esconde sus pestilencias y nos hace masticar el vómito de los desarrapados, sus lágrimas incontenibles y el sinsentido de una vida por un dólar o por un cubo de petróleo. Es posible que por ahí deba marchar el integrismo de una Iglesia renovada; el integrismo de íntegro, de honrado, de recto, de decente, de digno y de cabal; el integrismo del compromiso, ese que devuelve la paz de espíritu y que te permite mirarte al espejo con una cierta serenidad. Todo lo demás son monsergas. Esto y otras cosas, que por respeto me callo, pensaba mientras leía tu último párrafo, amigo Santiago, y me venían a la mente, como cascadas impetuosas, nombres y más nombres de personajes de la vida pública, de la profesión política, de la influencia social, y de sus bocas salían promesas, explicaciones y justificaciones a raudales, y, después, las gentes buenas y honradas los premiaban con su voto, con sus cuotas y con sus impuestos. Y pensé que no debía comentar nada; sólo subrayar con mi sentimiento tus palabras tan sólidas y certeras.
No