La chica del beso
Ha guardado el secreto casi 55 años: ella es la mujer del beso. En la foto, tenía unos veinte abriles. En un café de París, sentada, celebraba, en el invierno de 1950, con esa intensidad de contenida pasión que es socialmente aceptable en público, el nuevo amor. Él y ella eran estudiantes de arte dramático. Robert Doisneau pasó por allí. Tenía un encargo: hacer un reportaje fotográfico sobre el amor en París como tema. Los vio. Se acercó a ellos. Les propuso posar con un beso de amor como clave de escena. Aceptaron.
Al fondo el Ayuntamiento de París. Un poco de bruma, y la gente paseando, o simplemente pasando por allí, de cabeza a sus asuntos. Hizo varias tomas, como un profesional. Ellos repitieron el beso tantas veces como el fotógrafo les dijo. Unían así sus dos pasiones, la recién estrenada del amor, y la no menos querida por ambos de la vocación común: la de ser actor. Acaso hicieron su mejor trabajo profesional.
Únicamente el blanco y negro podía sacar esa magia de la famosa foto "El beso", de Robert Doisneau. Ese París de mañanas sin cielo, lejano el estío. Un París que comenzaba a olvidar una guerra cruel. Un París que iba recuperando a sus transeúntes de siempre, a su normalidad, a sus amantes por las aceras, gozando ese dulce ámbito de libertad para el amor que sólo Francia concede.
El dulce escorzo del abandono de Françoise y la viril impetuosidad de Jacques vertebran el eje de la instantánea, flanqueados por esa mujer sin beso que apenas asoma tras el amante, y por ese paleto de la boina, hierático, que camina tras los protagonistas. En primer plano un reborde de esas exiguas mesitas tan parisinas de los cafés de las aceras. De fondo, la fachada del Hotel de Ville, que habla de arte y de historia, de raigambre arquitectónica, como un telón de fondo de cartón piedra, para ennoblecer la estampa. Un morro, posiblemente de un once largo, el coche de aquel año, elegante aún, esbelto, pleno de femeninas curvas su diseño, como el mismo cuerpo de Françoise al ser besada, asoma por la calzada. El pelo ondulado del galán, su desabrochada camisa y su americana, que recoge los vuelos de una bufanda más ornamental que funcional conforman el centro de fuga de la instantánea. Toda una época está recogida en la feliz foto, más feliz que si fuera espontánea.
Françoise había guardado el secreto, más allá de aquel fugaz amor, que no pasó del otoño, y más allá aún de la muerte de su compañero de beso, acaecida en la pasada década. Ha salido a recoger lo que es suyo: los derechos de recaudación de la subasta del original. Suya es la intangible imagen, plasmada millones de veces desde entonces. La reproducción eterniza igual que la primera copia de revelado. Y es merced a esa decisión que, al fin, podemos ver el rostro de Françoise, velado por el escorzo al que la torsión del placer la obliga. Y he aquí que vemos a una Françoise hermosísima, a sus 75 años, con una sonrisa muy luminosa, sosteniendo una copia de la foto, en el mismo lugar de los hechos. Feliz decisión esta de subastar la foto, pues que nos ha dado ocasión de conocer el coqueto encanto de la sencillez de esta mujer, el discreto placer de la vida que puede esconderse tras un beso de amor. O mejor, tras una fotografía de un beso de amor. Vale.
Comentario:
No cabe duda de que la mejor improvisación es aquella que resulta de un muy exigente ensayo. Y "El Beso" de Robert Doisneau es fruto, como no podía ser de otra manera, de la exigencia y la profesionalidad de este espléndido cazador de imágenes, el ya legendario fotógrafo francés. El beso, varias veces repetido frente a la cámara, por los jóvenes Françoise y Jacques, además de magnífico, sugerente y cargado de tierna emoción, no desmerece en nada la espontaneidad y la frescura de la imagen artística, sino que, muy por el contrario, su ingeniosa composición y la calidad de la misma subraya el verismo de la atmósfera parisiense. "Charme et délices de Paris, les beaux fruits de France". Ahora, cuando leo la excelente página de Santiago, ese texto de homenaje afectivo a una fotografía, a una ciudad y a un beso, no puedo por menos que enmarcarlo en una orla de música, darle el alma de la melodía y representarlo a través de las connotaciones que tantas y tantas audiciones me proporcionaron sobre la ciudad de la luz. Primero fue el Can-Can , después..., después fue el vals y más tarde un "pot-pourri" dulcemente manido por encantadoras canciones de Ferrat, Trenet, Aznavour, Brassens, Montand y Piaf. Ah, cuantas emociones nos proporcionaron "Les amants" de Aznavour y de Piaf, la "Douce France" de Trenet, "Le chant des Partisans" de Montand, "Et Maintenant" de Becaud, y, por qué no, "Ma solitud" de Moustaki , "La vie en rose"y "Sous le ciel de Paris", de Piaf; canciones todas que, junto a otras muchas más, fueron y siguen siendo, a pesar del paso del tiempo, un homenaje continuo e incansable a ese París siempre vivo y en continuo compromiso de revolución, de arte y de amor. Y allí, en ese París eterno, siempre hay "Deux coeurs qui se sourient / Tout ça parce quìls s’aiment a Paris". Porque sí, porque en París el beso se convierte en testimonio, y los amantes sellan su amor en un gesto imperdurable, en una expresión compartida de comunión de identidades. Nada tiene de extraño que fuera precisamente en París donde François Auguste Rodin, un escultor nacido y formado en la tierra del Sena, pero alimentado con la fuerza toscana de un Miguel Ángel, llevara a cabo su célebre obra "El beso", encargada por el Estado para enriquecer la Exposición Universal de 1889. Mármol en torsión, todo un destino enlazado, un momento de confianza, un instante de cesión de voluntades, y las masas corpóreas, las tensiones musculares, la belleza impresionante de las anatomías, se ponen al servicio del más sutil de los arrumacos, del más apasionado preludio de la aventura amorosa: el beso, los besos; dulce miel entre pétalos de rosas, caricias compartidas de Paolo y Francesca... Ah Paris, París violento, París rebelde, París inconformista, París de viejo, París sensible, París de bohemia, pero siempre París de amor. Podemos estar absolutamente seguros de que, cuando todo se haya perdido, cuando las horas pesen en nuestro recuerdo y las lágrimas dejen de fluir, cuando el silencio sea nuestro mejor discurso, siempre, siempre, siempre nos quedará París.





