San Isidoro, una leyenda
La fecha en que, tradicionalmente, la Iglesia celebraba a San Isidoro, era, todos lo saben, el 4 de Abril Ahora se ha pasado al 26 del mismo mes. O sea, más o menos, uno de estos días, cuando esta prosa sale a la luz. La Historia le conoce como San Isidoro de Sevilla, pero para nosotros, no es sino San Isidoro de Cartagena, santo entre cuatro hermanos santos, los mismos que atalayan hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales desde las esquina del antepenúltimo cuerpo de la Catedral de Murcia, como vigilantes de la fe.
San Isidoro es una figura clave en el paso de la Edad Antigua hacia la Edad Media. Su concepción de los reinos nacionales como sucesores del Imperio Romano, no como continuadores, es decisiva para entender que se abre en tales fechas una etapa nueva. Etapa interrumpida por la irrupción del nuevo imperio islámico. Imperio islámico que en Murcia se asentó durante unos 200.000 días.
Hay una leyenda hagiográfica muy hermosa sobre San Isidoro. Cuenta tal conseja que, siendo niño, aún en cuna, dormía plácidamente cuando un enjambre de abejas vino a revolotear sobre él. Y hacíalo sin escándalo, con orden y concierto, comedidamente. Su runruneo era sosegado, susurrante, emanaba serenidad, paz, tranquilidad. Quienes lo vieron apenas movieron músculo alguno, pues señal era cierta de ser algo maravilloso. Las abejas venían directamente de la orilla del gran río de la Bética, que a la capital hispalense regaba. Habían libado en las más hermosas flores que, pues era Abril, habíanse abierto en los migajones de ubérrima grama cabe la corriente de agua. Particularmente, su hermano Leandro, ya casi un hombre maduro, aquietó a todos con su gesto. Mientras las abejas mantenían su vuelo, estáticas sobre la cuna de Isidoro, Leandro postróse de hinojos y comenzó a orar. Una a una, lentamente, y en tanto que iban cesando en su rumoroso aleteo, causa de su leve y sonoro retumbo, acudían a posarse en la boca del niño, que, con todo, seguía durmiendo con quietud perfecta. Y ocurrió que, así como de una en una se habían ido posando en los labios del niño Isidoro, también de una en una fueron levantando el vuelo. En haciendo esto, todo fue una que dieron en salir por la ventana, según se alzaban de la cuna. Cuando marchó la última, Leandro, tembloroso, levantóse y acudió a contemplar el resultado. Lo que pudo ver fue una gran bola de miel que, desecha por momentos, era engullida por la boca del durmiente, sin apenas percibirlo él mismo. Cerró los ojos Leandro, terminó de orar, y les dijo a todos:
-Este niño, Isidoro, regalo de Dios para todos nosotros, ha recibido el don de la elocuencia de lo Alto, pues no otra cosa significa la miel en sus labios. Sus palabras serán hermosas y convincentes, tendrán el don sagrado de la sabiduría.
Con la palabra hablada de Isidoro se extasiaron sus contemporáneos, con su palabra escrita, sobre todo en sus Etimologías, se abasteció de Ciencia Europa entera hasta Santo Tomás, justo, más o menos, cuando Murcia era reconquistada, sin sangre, para el Cristianismo hispánico. Vale.





