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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El palacete de la Seda

Pocos deben ser, si es que aún queda alguno, los murcianos que no conocen, ni siquiera de oídas, qué cosa sea el Palacete de la Seda. Sin lugar a dudas es uno de los máximos orgullos de la hostelería regional. Allá, en el camino que lleva desde Murcia a la raya con Alicante, en medio de la huertana llanura, en la Pedanía de Santa Cruz, se alza este emblemático caserón noble, en una de tantas encrucijadas de la Vega. Una Vega que va dejando atrás su sobrenombre de Media, para tomar el de Baja.
En varias ocasiones he tenido el honor de sentirme huésped de tan acogedor y elegante enclave. La última, el pasado sábado con motivo de la boda de la hija mayor de un mi amigo, con quien comparto tanto amor a las Letras y a la Cultura. La penúltima, fue más acto cultural que gastronómico, sin que éste desmereciera en nada del primero: la presentación de una imagen de Santa Teresa de la escuela de Salzillo, restaurada con primor y con rigor. Tiempo tuve, ya digo que el pasado sábado, de extasiarme, en la visita guiada, dirigida por el feliz dueño del lugar, con las cerradas volutas doradas del delicado borceguí de la santa, asomando entre los barrocos pliegues de la túnica…
Y sucede que, desde hacía meses, tenía yo abierta la composición de un soneto, que si bien no iniciada su escritura con la inspiración y el arrebato, sí desde luego lo estaba con toda la dedicación y el oficio de que soy dueño. Soneto que había decidido, asimismo, dedicar a expandir la mayor honra de esta institución que aúna hostelería, Arte y acogimiento impar. Loor a Francisco Fuentes, a quien creo su hacedor.
Sucede, digo, que esta última estancia entre sus nobles muros, tan repletos de arte y nobleza me hizo acelerar su terminación. Hélo aquí:
"Llamadlo Palacete de la Seda / y pensad un caserón barroco / en medio de la Huerta, con un poco / de aquella dignidad que ya no queda / de clara construcción que nunca enreda // los estilos, como palacio loco. / Pensad cómo de noche alumbra un foco. / O, cuándo el extraviado halla vereda. /// Veréislo entonces, en la Vega alzado, / ladrillo humilde en entraña noble // del gran pacto inmortal que allí han sellado // con una alianza felizmente doble / la hostelería del mejor cuidado / y el Arte, ambos cual único mandoble // con espada certera, /por la muy justa causa asestado, / del más sereno goce imaginado. ".
Al final, salió con estrambote, como el mejor poeta que había en Cervantes quiso hacer aquel inolvidable soneto al Túmulo de Felipe II en Sevilla. El Palacete, leo en la prosa memorialista de la invitación, fue Estación Sericícola en el XVII, casi a punto de concluir la Casa de Austria su monarquía en España. Siempre, tuvo, pues, en sus entrañas, belleza: la natural que laboraban a la par los huertanos y la blanca mariposa, y la creada por la mano y el talento del ser humano, artistas y empresario aunados, como creo haber dejado escrito en los endecasílabos de arriba. Vale.

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