Naranjas
Naranjas
Están recogiendo las naranjas bordes de los jardines de Murcia. Ayer se hallaban todas las plazas de la ciudad con sus naranjos cuajados del oro quemado de tales cítricos. A primera hora de la mañana, cuadrillas de operarios municipales procedían a descargar de su dulce peso a estos emblemáticos árboles, tan mediterráneos. La naturaleza dio en juntar ese color, al que da nombre el fruto, con el verde oscuro de las hojas. Los frutales nunca son grandes árboles, desvían todo su poderío hacia la excelencia del fruto, en vez de hacerlo hacia la robustez del tronco o de la fronda. La poda de estas naranjas marca para mí el primer aviso de que el invierno ya ha oído clarines. Hoy, las hojas de los naranjos han quedado viudas. No hay esa múltiple nota cromática, redonda y rotunda, familiar y amable, que orna, por contraste, la exigua fronda, tupida y espesa, de las hojas.
Un naranjo cuajado de frutos es una sabia agregación de la naturaleza. En él se juntan la seriedad y la alegría, componiendo un todo perfectamente complementado, trasunto de riqueza. La abundancia de naranjas colgadas de las ramas, diseñadas para la altura humana, es palanca de optimismo y solaz para la vista. Ay, cómo quisiera uno que siempre estuvieran así los naranjos, como ayer mismo, con su colorido complementario y adusto, que lleva en sí ese sabor ácido que sólo puede venir del sol. Acaso las naranjas sean rayos de sol concentrados, corporizados por la acción de esas hojas-novias, que, con su verde adusto, han sido las únicas que lograron convencer al astro rey de su excelencia como esposas de los rayos de sol, sus hijos. Por eso, cuando ingerimos naranja, encarnamos sol puro del Mediterráneo, que es el mejor del mundo.
Leí cuando pequeño que las naranjas bordes se exportan a Inglaterra para hacer mermelada de naranja, de la que ellos, los ingleses, gustan mucho en el desayuno, y a la hora del te. El sol de las naranjas en mermelada, es un sol tibio, de invierno, bueno para los hijos de la rubia Albión, que apenas ven el sol remontar torpemente los más altos edificios. Son los ingleses desterrados del sol, por eso vienen aquí cuando jubilados, a saciarse de luz y calor.
Pero, escrito lo dejo ya: hasta ayer o antes de ayer, las ramas de los naranjos en Murcia se combaban, levemente alabeadas bajo la dulcísima, y ácida a un tiempo, gravedad de los hesperidios segureños. Mas hoy, lloran savia sobrante por los muñones de la poda, sabiendo, empero, que es preciso morir para renacer, para seguir viviendo. Otras naranjas vendrán el invierno próximo, y nosotros, que cuando vemos naranjas en el árbol apenas somos algo más que nuestros ojos, seguiremos siendo los mismos, como el naranjo, sólo que un poco más viejos.
Es un mensaje de despedida de la belleza urbana invernal, de la que por sobreabundancia, no somos muy conscientes aquí en Murcia, como tampoco lo serán en Palermo, Haifa o Tánger. Nuestra perspectiva de paisaje cotidiano nos impide apreciar, incluido lo efímero del suceso, la familiar hermosura de los naranjos de las plazas de nuestra ciudad, repletos de redondos frutos, como dije, del color que tiene el oro quemado. Vale.
Están recogiendo las naranjas bordes de los jardines de Murcia. Ayer se hallaban todas las plazas de la ciudad con sus naranjos cuajados del oro quemado de tales cítricos. A primera hora de la mañana, cuadrillas de operarios municipales procedían a descargar de su dulce peso a estos emblemáticos árboles, tan mediterráneos. La naturaleza dio en juntar ese color, al que da nombre el fruto, con el verde oscuro de las hojas. Los frutales nunca son grandes árboles, desvían todo su poderío hacia la excelencia del fruto, en vez de hacerlo hacia la robustez del tronco o de la fronda. La poda de estas naranjas marca para mí el primer aviso de que el invierno ya ha oído clarines. Hoy, las hojas de los naranjos han quedado viudas. No hay esa múltiple nota cromática, redonda y rotunda, familiar y amable, que orna, por contraste, la exigua fronda, tupida y espesa, de las hojas.
Un naranjo cuajado de frutos es una sabia agregación de la naturaleza. En él se juntan la seriedad y la alegría, componiendo un todo perfectamente complementado, trasunto de riqueza. La abundancia de naranjas colgadas de las ramas, diseñadas para la altura humana, es palanca de optimismo y solaz para la vista. Ay, cómo quisiera uno que siempre estuvieran así los naranjos, como ayer mismo, con su colorido complementario y adusto, que lleva en sí ese sabor ácido que sólo puede venir del sol. Acaso las naranjas sean rayos de sol concentrados, corporizados por la acción de esas hojas-novias, que, con su verde adusto, han sido las únicas que lograron convencer al astro rey de su excelencia como esposas de los rayos de sol, sus hijos. Por eso, cuando ingerimos naranja, encarnamos sol puro del Mediterráneo, que es el mejor del mundo.
Leí cuando pequeño que las naranjas bordes se exportan a Inglaterra para hacer mermelada de naranja, de la que ellos, los ingleses, gustan mucho en el desayuno, y a la hora del te. El sol de las naranjas en mermelada, es un sol tibio, de invierno, bueno para los hijos de la rubia Albión, que apenas ven el sol remontar torpemente los más altos edificios. Son los ingleses desterrados del sol, por eso vienen aquí cuando jubilados, a saciarse de luz y calor.
Pero, escrito lo dejo ya: hasta ayer o antes de ayer, las ramas de los naranjos en Murcia se combaban, levemente alabeadas bajo la dulcísima, y ácida a un tiempo, gravedad de los hesperidios segureños. Mas hoy, lloran savia sobrante por los muñones de la poda, sabiendo, empero, que es preciso morir para renacer, para seguir viviendo. Otras naranjas vendrán el invierno próximo, y nosotros, que cuando vemos naranjas en el árbol apenas somos algo más que nuestros ojos, seguiremos siendo los mismos, como el naranjo, sólo que un poco más viejos.
Es un mensaje de despedida de la belleza urbana invernal, de la que por sobreabundancia, no somos muy conscientes aquí en Murcia, como tampoco lo serán en Palermo, Haifa o Tánger. Nuestra perspectiva de paisaje cotidiano nos impide apreciar, incluido lo efímero del suceso, la familiar hermosura de los naranjos de las plazas de nuestra ciudad, repletos de redondos frutos, como dije, del color que tiene el oro quemado. Vale.





