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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Un caso aislado de sexismo étnico


Dos magrebíes andan por una calle del Sur de España. Son inmigrantes sin trabajo. Van, o vienen, del INEM hacia ninguna parte. Tienen recién sacado el permiso de trabajo y residencia en el país. Han abandonado el campo, donde cosechaban hortalizas como ilegales. Piensan que en la ciudad tendrán mejore oportunidades laborales. Viven con otros diez en un piso realquilado cerca de la Estación de Autobuses de la urbe. Caminan por la acera. Es una acera estrecha, del barrio viejo; por ella sólo caben dos personas juntas. De pronto, en el horizonte visual de ambos aparece una mujer, vecina del barrio de toda la vida. No es ni vieja, ni joven. Lleva un bolso colgado de un brazo. Camina con las manos cogidas por delante. Va pensando en sus cosas. Los dos parados ni aceleran, ni aminoran el paso. La mujer tampoco. Ninguno de los tres va pensando, conscientemente, en cómo se van a cruzar, cómo van a repartirse la acera.
Ante el asombro de los dos magrebíes, la mujer española sigue caminando hacia ellos, más allá de lo que una mujer marroquí o argelina hubiera hecho, antes de apartarse, respetando su preeminencia de varón. Se miran entre sí, y vuelven a mirar a la mujer, ajena a tal costumbre, sin sensación de culpa, de los africanos. En ese momento, la mujer se da cuenta de que tiene el paso cerrado, y trata de pasar de perfil junto a la pared. La maniobra altera el orgullo de la pareja. Hay que bajar de la acera a la mujer, sea española, cristiana, musulmana o sueca. La acera es de los varones. Consecuentemente con ello, el que marcha por el interior cierra el paso ostensiblemente, pegándose a la pared. En eso, la mujer levanta la vista, y percibe el ceño fruncido en gesto de enfado de los magrebíes. Azorada, deriva hacia la calzada, dejando la acera.
Todo se ha resuelto sin dejar de andar. La mujer aligera el paso, pero no puede evitar que el pie del otro, el va por el borde de la acera, choque, sin violencia, pero con decisión, con el tobillo de la española. Conseguida la expulsión de la acera, se miran levemente ambos varones, y sonríen apenas un instante, olvidando a continuación el asunto.
Yo, que he contemplado todo el proceso desde la otra acera, cruzo y me dirijo a ellos lo más calmado que puedo. Les recrimino, acompañándome de gestos. Se miran, ponen cara de entender nada, y, dando por terminado el encuentro, prosiguen su andadura, dejándome a un lado. Apenas nos hemos separado, cuando uno de ellos, se vuelve, y me grita:
-¡Racista!
Quiero pensar que no representan a la mayoría de los inmigrantes magrebíes, y que la gran parte de ellos, ya ha asimilado que ésas no son formas para andar por las calles de Europa, que algún tiempo más, y no le darán importancia a sucesos como el descrito. Quiero pensar, y pienso, que hay que tener paciencia, sí. Muchos españoles de la Emigración a Alemania, orinaban por las calles teutonas, según hacían en España (yo lo vi), antes de adoptar costumbres más civilizadas. Ojalá que tal paciencia dé algún día sus frutos. Vale.




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