logotipo

img_google
"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Lloran las moreras


Es Primavera mediada, y lloran las moreras de mi ciudad, ya rendidas al calor y a la condena canicular que no cesará hasta los amenes de Octubre. Es Primavera mediada y es el tiempo de las moradas flores de la jacarandá y de la caída de las bayas de las moreras, que, dispersas por el suelo, alrededor de los alcorques, pisadas son por los viandantes que pasan. Es como si las dulces y carnosas moras no fueran sino frutales lágrimas que caen por no sé qué pena oculta que tienen las moreras. Y son moradas, como el color del luto divino, católicamente sentido; de ahí su nombre.
Ya no veo moras en los mercados populares, a tanto el kilo. La pequeña y jugosa baya ha sido desterrada del paladar de los consumidores. Antes, cuando no eran sino compradores, bien que gustaban de ellas. Su cuerpo de tamaño uva, pero más abollonado y menos protegido por piel alguna, prometía sabor directamente al paladar. Hoy, tan sólo unas cuantas de ellas sirven para destilar un mosto de suave dulzor y delicada coloración que garantiza el buen saber de quien lo solicita.
Pero tal final para dichas bayas no es sino residual, como dicho queda. La mayoría acaban como éstas que ahora gloso, por el suelo, pisadas acaso por quien nunca las probó. Y veo las verdes frondas; breves como corresponde a la tala brutal que recibieran en pleno Otoño, como preparación para esperar la lluvia sátira que hace a sus troncos posar desnudos, lúbricamente, con una suavidad de lascivo torneado, que ya cantamos en su tiempo, cuando mediaba el Otoño, que no la Primavera.
Son lágrimas negras, como el lamento de Bebe y Cigala, derramadas y estalladas por las aceras de mi ciudad, secas ya cuando se las percibe desde la altura de nuestros ojos, a la sombra de sus grandes hojas. Hay quien las considera suciedad, y se avergüenza en secreto de ellas. Yo no. Yo las siento expresión personal de esa pena que tiene la morera como destino de árbol al que le fue negada la gracia del naranjo cargado de hesperidios o la belleza del almendro florecido, la alegría del cerezo en flor… La morera se retuerce en el placer de la lluvia autumnal, mostrando sus ramas y tronco deslizantes como la piel de una musa de eterna juventud, pero ahora en el preámbulo estival, llora lágrimas de penitencia, que buscan en el corto suicidio de su caída, la redención de algún pecado escrito en su genoma, para el que no hay bautizo salvador.
Ay, si la morera pudiese hablar. Es un árbol que sabe de arrepentimientos y de renuncias. Da, o daba, alimento al milagroso gusano de la seda, que fabrica la más hermosa fibra textil del mundo, concediendo esa gracia dorada que él no tiene. Quizá, por tener ese principio inmediato del oro, mas únicamente para que otro destile tal milagro, y no poder ella misma granar sus bayas con semejante belleza, sea por lo que ha de conformarse con ese color apenado, cuyas entrañas vemos pisadas, estalladas en informe perfil, en las aceras, por fuera de los alcorques.
Ay de las moreras, ay. Vale.


 
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo. Cuesta aceptar nuestra ceguera ante un tipo de belleza, que se escribe con mayúsculas y que se enmarca con una música de fondo sentida, profunda y, muchas veces, dramática. Y esto sólo puede ser debido a que esta ceguera, normalmente hermanada a una profunda sordera, nos hace incapaces de percibir aquello que nos sobrepasa, aquello que por su propia naturaleza desborda las capacidades de nuestra comprensión o ningunea nuestra propia consideración y autoestima. La caída de las moras, auténticas perlas de amatista abollada, cápsulas barrocas fugitivas y desorbitadas, frutos amables condenados al estallido de la pisada inadvertida, nos trae a la memoria una imagen comparativa, tan plural y diversa como las propias bayas escalfadas ("esclafadas" que dirían por aquí), arrastradas, estrujadas, abusadas y olvidadas en el jugo de su propio luto, en la tristura del desconocimiento, del desprecio y del olvido. Porque sí, cuántas almas encarnadas, investidas de morado, circulan por las aceras de nuestras ciudades, por las avenidas de nuestro cotidiano vivir, y se caen de continuo, se desprenden de sus seguridades, de los troncos madres que le dieron sentido a su existencia, para terminar aherrojadas, yuguladas, vejadas y despreciadas. Son hijas bastardas de las exigencias modernas, frutos espurios, fáciles, abundosos y poco valorados por su esclava disposición y el sencillo alcance. Están ahí, son compañeros de viaje casi invisibles, no se ajustan a los cánones de las modas, tienen unas medidas extrañas y abultadas, son números especiales de secciones especiales de especiales almacenes, no aspiran al triunfo social, ni siquiera se venden en el escaparate de una vitrina televisiva, pasean sus incapacidades de forma ruborosa, y esconden sus virtudes con mayor bochorno, no vaya a ser que molesten a los otros, a los canónicos, a los aceptados, a los triunfadores. Se desmayan a nuestro paso, los pisamos, unas veces inconsciente y otras conscientemente, los arrastramos sin pudicia y dejamos largas estelas de dolor callado, morado, renegrido por el tormento del sinsentido. Sí, amigo Santiago, cuando llega el calor, cuando todo se viste de fiesta, cuando el éxito de la vida desborda sus más exquisitos néctares, surge con más intensidad el contrapunto de la injusticia, de la desgracia, de la grisura. Se cogen los frutos queridos del árbol, pero se caen los olvidados y los despreciados, los condenados a ser mancha e incordio, aquellos que, vistos con otros ojos, oídos de otra manera, pueden descubrir su valía y el sentido de su peculiar belleza. Cuántas veces, abriendo adecuadamente los ojos y afinando nuestros sentidos, aquello que nos parecía paño negro o fruto desechable, nos sorprende con su revelación de forro aterciopelado, sustento y alma de fina hilatura, soporte humilde, pero resistente, de las más exitosas y delicadas sedas. Es evidente, cuando esto sucede, el milagro enseñorea y, como en un proceso alquímico, el arrepentimiento y la renuncia sileciosa se tornan en aleluya vital, y vemos, aunque sea durante un breve lapso de tiempo, las realidades de vida en su justa dimensión o, por lo menos, en una dimensión más ajustada a la dignidad y grandeza humanas. Después, olvidados, sumidos de nuevo en la carrera, deslumbrados por el sol del verano, seguimos pisando las moras y silenciando su llanto.

No