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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Zuloaga


Voy a ver el otro día la exposición de Zuloaga, en Cajamurcia, y me reencuentro con la pintura que no juega a ser genial, con la pintura que hace del mérito un valor, y de la investigación de la realidad, una forma de existencia. Entre el levantino Sorolla y el muy castellano Solana, Zuloaga se enmarca en una suerte de tierra de en medio muy veraz y de alcance. No tiene ni la adoración a la luz del valenciano, ni los tenebrismos del cántabro. Son tres maneras de entender los inicios del XX, ya lejanos los amenes del XIX. Sorolla se entiende con los últimos modernistas, mas no con el degollador de tales últimos modernistas: Juan Ramón Jiménez, que a partir de 1916, desidealiza su estro poético, haciéndolo empírico y voluntarista. Juan Ramón aleja el bonitismo de las musas decadentes y crespusculares, y le da una oportunidad al propio ego expresivo. Sorolla, no. Exprime las lecciones de la vibración lumínica del Impresionismo, y aún hoy deslumbra con su maestría que hace competencia al mismo sol. Juan Ramón, Solana y Zuloaga ya sabían que el pasmo verdadero no ha de venir por el preciosismo perfeccionista, sino por una hondura que no tiene receta, y que las más de las veces se escapa. A Sorolla no se le diluía ninguna última ratio de las por él buscadas. Por eso, su pintura está pasada, como el tiempo de las certezas.
Zuloaga, fuera siempre del preciosismo sorollesco, no se decide a dar el paso de ruptura hacia la modernidad, dejando libre a su pincel. Es un realista que, en tanto que vislumbra la modernidad, da paso al psicologismo de retrato. Ahí está Valle Inclán, con ese medio frente que no ocupa más que si fuese un perfil. Y esa familia del pintor, en donde no puede dejar de hacer competencia, aunque sea testimonialmente, a la fotografía. Las castellanías segovianas de Zuloaga son más reales que las negras pinceladas, más espirituales que materiales, de Solana. El cántabro pinta con el cerebro, el vasco deja al alimón a su cerebro y a sus ojos el manejo del pincel.
Hay un bodegón, constituido por ocho manzanas, sobre fondo informe en la exposición. Están alineadas, en una fila absolutamente espontánea, como en un ejercicio admirable de sapiencia zen. En la piel de las manzanas se ven las pinceladas, sin disimular. Y poseen, sin embargo, la textura de manzanas. Ahí está la modernidad de Zuloaga. La pintura, su cocina, sabe asomar junto a la realidad aparente del objeto referido.
Vi la exposición con mi amigo, el Profesor Santiago Arellano, un navarro que venía a hablar sobre el Quijote a los profesores de Lengua de la Región. Por la noche, y luego de haber triunfado ante casi cien docentes con su idea sobre el Quijote, me llamó, y me dijo:
-Santiago, comunica a los profesores que me han escuchado, que bajen a ver la exposición de Zuloaga. Que vean el bodegón de las manzanas. Cuando entiendan el mensaje de sencillez y realidad de esas pomas, habrán adquirido la sabiduría necesaria para entender el Quijote.
A mí me pareció que el mensaje debería extenderse a más gente, y por eso lo traigo aquí. Vale.
 
Comentario:
Sin embargo, la piedra angular de Zuloaga la creo yo entrever en un quicio inestable, en un fulcro o punto de apoyo al que recurren al mismo tiempo la intensidad del realismo prosaico y la sensibilidad de la fabulación poética. Cuánta carne, cuánta potencia y cuánta gracia en el rostro de "Lucienne Breval"; cuánto carácter y cuán refinado tratamiento fotográfico en el "Tipo segoviano"; cuánta expresividad y cuánta exquisitez decorativa en el "Estudio en grises"; qué sobriedad la de "Don Plácido Zuloaga", en representación circunspecta, quijotesca y osada, portando una espada ropera con guarnición de taza en su mano izquierda, auténtico objeto de fragua que acentúa con sutileza el desafío de su mirada. Y qué decir del intimismo parisiense, del tratamiento romántico-modernista, de la "Mujer de Alcalá de Guadaira", o del realismo fotográfico aplicado al rostro de Anna de Noailles, frente al idealizado lujo del ropaje, reflejo inevitable del mito predominante en esos días en la ciudad de la luz, auténtica joya del "gratin", rival inevitable de la hermosa Marthe Bibesco, encuadrada por cortinas sobre un fondo impresionista e intemporal. Toda una larga serie de contrapuntos, de contrapesos incluso, en los que se distribuye inteligentemente lo obvio y lo sutil, lo elemental y lo perspicaz. Como en casi todos los hombres de quehacer consistente, áspero y duro, tras su carácter patente, visible y fácilmente reconocible, aflora la fábula del sentimiento reprimido, la poesía de la emoción ahogada. Luego están los retratos de generación: Ramón Pérez de Ayala, Valle-Inclán, Manuel de Falla, Julio Beovide, Azorín y su propio autorretrato sobre fondo azul. Espiritualización, insinuación, trascendencia, alusión disimulada, perspicacia teatralizada, son efluvios ficticios, aires fingidos que coquetean de continuo con una inmediata y aparente austeridad. El imaginario de Zuloaga se elabora así, siempre inestable, con los pequeños, pequeñísimos desplazamientos de estilo y de representación plástica. Y quizás sea ahí en donde radique el vibrar unísono,la conjunción de dos sentires: la visión del representante con el carácter del representado. "Pinto una España particularmente querida a través de mi elaboración psicológica", declaraba un día. Y no es cosa extraña, ni en él ni en otros muchos artistas. La fidelidad a la realidad exterior tamizada por la visión personal, por el cristal del visor más propio y privado, por la lente deformante o reformadora de todas las realidades que el artista se ve forzado a reformular. Después, están los bodegones. Mucho y bueno has dicho ya, amigo Santiago, de las célebres manzanas, así que, para no desviar la atención sobre lo ya comentado, para que no se diluya el encanto de la referencia y de su interpretación, me reservo mi opinión para otro momento más oportuno. Sin embargo, dado que es un tema importante, y en torno a él has elaborado tu reflexión, no puedo sustraerme a unas mínimas referencias subjetivas, a unas connotaciones iconográficas rompedoras de convencionalismos, que abarcan desde las representaciones didácticas del Instituto Parramón, en sus clásicos y célebres cursos de pintura ("Así se pinta"), con manzanas y otros frutos que nada tienen que envidiar en factura y realismo, hasta las tensiones razonadas de Antonio López, siempre en proceso de verificación y muy bien captadas en "El sol del membrillo", de Víctor Erice. Pero, como ya dije anteriormente, eso es otra historia que dejamos para otro momento.

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