Jacarandas taladas
En mi ciudad, en el espacio público y peatonal, que no sé si llamar Parque o Jardín, que hay aledaño al Ayuntamiento, y que se llama Glorieta de España, se alzaban, hasta hace bien poco, unas hermosas jacarandas, altas como torres de castillo airoso, que, llegado este mes de Mayo, dejaban caer, en helicoidal y verticalísimo vuelo, las moradas campánulas múltiples de sus eflorescencias. Las cuales, llegadas al suelo, componían una aterciopelada alfombra de diminutos calicillos, que, al ser pisados, liberaban un sutil aroma, feliz contrapunto del calor pre-estival de la temporada.
Ya no están.
Dicen las malas lenguas que, habiendo sido repintada la Casa Consistorial, con un almagre furioso, enmarcado por las cintas pajizas de las separaciones de cuerpos arquitéctónicos del edificio, alguien, con poder para decidirlo, sentenció a las jacarandas a muerte, por causa de impedir la perspectiva del recién pintado Consistorio. Tribute con su muerte lo natural, las jacarandas, a lo artificial, la obra del Ayuntamiento, dicen que dijo... Pero, ¿quién sabe la verdad? El caso es que ahora se aprecia muy bien la mediocre arquitectura de la institución municipal, y las jacarandas no están.
En fin, algún día hablaremos de los árboles ajusticiados por el hacha municipal, en esta mi ciudad barroca y mediterránea, que no son pocos. Entre tanto, les transcribo lo que me inspiró un día la flor de la jacaranda, en verso, por si les sirve para amar más a estos singulares árboles que celebran el Mayo, regalándonos el vuelo de su flor y la alfombra de honor de sus pétalos:
Lágrimas violeta de la jacaranda, / que por el suelo yacéis derramadas; / alfombra de mayo, espumas lloradas. / Decidme de quién estáis enamoradas / que no os atiende, que no os llama. / Hermosas crecéis en lo alto y no hay galán / que amor os traiga. // Y año tras año, primavera tras primavera, / caéis de las altas ramas, / púberes vírgenes suicidas / que buscáis morir, / hermosas e intocadas, / antes de convertiros / en añosas dueñas de tez ajada. // Lágrimas violeta de la jacaranda, / eterno llorar de cuaresma pálida, / decidme de quién / estáis enamoradas, / que no os atiende, / que no os llama, / y os deja morir / así, por los suelos, / entre olores que son esencia pura / de vuestras lágrimas.
Leo que las jacarandas son brasileñas de oriundez, y, por tanto, portuguesas antes que españolas. Quizá por eso, me salió, por ventura, la letra de un fado. Qué bien, es perfecto. Hay un amor llorado en las débiles cuaresmas de la jacaranda. Un amor escrito en su genoma y habido en algún momento de la cruel selección de las especies. Tienen los árboles su vida secreta, sin duda. La de las jacarandas no puede ser sino la de un amor traicionado por el olvido, como el de Doña Rosita de Lorca. Acaso sea el viento, cuando, luego en verano, mueva las ya melenadas frondas, quien sepa traducir la rima de sus penas. A su sombra me pondré a escuchar por si entiendo algo. Prometo contárselo, Vale.
Comentario:
Hola amigo, me encantó tu poema:
Y año tras año, primavera tras primavera, / caéis de las altas ramas, / púberes vírgenes suicidas / que buscáis morir, / hermosas e intocadas, / antes de convertiros / en añosas dueñas de tez ajada.
Un palcer leerte.
Te invito a visitar mi blog,
http://blogs.ya.com/lomejordeescribir/
Y año tras año, primavera tras primavera, / caéis de las altas ramas, / púberes vírgenes suicidas / que buscáis morir, / hermosas e intocadas, / antes de convertiros / en añosas dueñas de tez ajada.
Un palcer leerte.
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