Memoria de San Beda, el Venerable
Cuando ya España, Spania que decían o escribían visigodos, estaba dominada por el Islam, merced a la traición de los hijos de Witiza, de cuyos arteros designios fuera brazo ejecutor el Conde Don Julián de Ceuta, hacia el 735 de nuestra era, moría en la Inglaterra del Norte, en Northumbria, antes de ingresar en las montañas escocesas, el Venerable Monje Beda. Lo hizo un día de estos últimos de Mayo, cuando ya el calor impera y es el frío casi un olvido. Notable escritor, intérprete de las Sagradas Escrituras, poeta e historiador, Beda, según nos cuenta él mismo no salíó jamás de aquella su tierra anglosajona y cristiana.
"Nací –nos dejó escrito- en el territorio del monasterio ya mencionado, y a la edad de siete años fui dado, por el interés de mis familiares, al reverendísimo abad benedictino Biscop, y después a Ceolfrid, para recibir educación. Desde entonces he permanecido toda mi vida en dicho monasterio, dedicando todas mis penas al estudio de las Escrituras, a observar la disciplina monástica y a cantar diariamente en la iglesia, siendo siempre mi deleite el aprender, enseñar o escribir".
Sí salió en cambio su espíritu, que fue libre como el viento mismo que va de acá para allá, visitándolo todo; su espíritu, que en el carro mágico de la lectura, conoció todos los mundos accesibles para su conocimiento, escritos en la lengua franca del tiempo: el latín bajomedieval, al que su prosa dignificó más que nadie.
Canten otros las glorias de sus escritos, que fueron muchas y meritorias como ellas solas, quede para mí el privilegio de contar dos leyendas de milagros que en su persona ocurrieron, y que me place versionar. Vaya la primera:
Habiendo salido Beda con un compañero de monasterio a predicar la Palabra a las gentes, y siendo así que se hallaba ya ciego, debido tanto a la edad como a la enfermedad que lo habría de llevar a la tumba, detúvose el lazarillo, cansado, en un recodo del camino, en el que unas rocas, desperdigadas por la ladera del monte, daban fácil asiento al fatigado. Quiso el demonio tentar al joven monje acompañante, y tomando su lengua le hizo decir:
-Podéis empezar a predicar, Padre… está el lugar lleno de gentes que os escucharán.
Hízolo así, como se le indicaba, el anciano, y al acabar pronunció el ritual: "Por todos los siglos de los siglos…". Y entonces todas las piedras respondieron:
-Amén.
El segundo milagro acaeció después de su muerte. El fraile encargado de redactar su epitafio había compuesto tan sólo un fragmento, y, encontrándose cansado, se fue a dormir. El fragmento tenía un hueco laudatorio, que el amanuense no acertaba a descubrir. Lo escrito decía: Hac sunt in fossa Bedae … ossa (Yacen aquí los resto de… Beda). A la mañana siguiente, y con la caligrafía que sólo un Ángel podría conseguir, el hueco en el pergamino apareció rellenado con la palabra Venerabilis. O sea, Venerable, digno de veneración, de respeto sumo. Tal es el origen del apelativo que ya desde entonces acompañó a su nombre. Vale.
Comentario:
¿Cuántas personas, como Beda, pueden tener el derecho de que se les califique con el incienso de "Venerables"? Pues sí, es venerable quien merece la dignidad, el respeto y la alabanza por su reconocida virtud; es venerable quien es digno, incorruptible y respetable por el conjunto de sus acciones. Los budas y los santos son venerables, y su veneración hace que todos y cada uno de nosotros encuentre un lugar en donde ubicarse, que todos podamos optar a una cierta medida a través de su comparación y a través de su referencia. Hay venerables altos y bajos, gruesos y delgados, simpáticos y serios, campechanos y sobrios, eruditos e iletrados; los hay de todas las clases y tipologías, lo que permite que su proyección modélica se ajuste milimétricamente a las necesidades de toda clase de personas. Las gentes buenas, afables, compasivas, justas, sanas, bienhechoras, generosas e indulgentes, merecen ese título que nunca buscaron, la medalla que no pudieron imaginar o el diploma que, deseado por humana vanidad, fue rechazado por renuncia y humildad, haciendo gala de una anónima y austera sencillez. Estamos tan saturados de listos y listillos, de golfos triunfadores y truhanes victoriosos, que adoramos, que es un grado superior a la veneración, al primer cantamañanas que se nos pone delante, ya sea nimbado por el éxito fácil o por la popularidad otorgada en los medios de comunicación. Pues no, eso no debiera ser así, tanto por el descrédito en el que incurrimos como por la pérdida de referentes sustanciales y trascendentes. A veces somos injustos con los demás y con nosotros mismos: ser una persona íntegra, qué hermosa palabra, es algo que requiere dedicación, esfuerzo y sacrificio, una abnegación continuada frente a la estupidez, la estulticia, el abandono, la molicie, la sinvergonzonería, la fatuidad y otras tentaciones de siempre y de la vida moderna; por ello, el reconocimiento a quien lo merece, la veneración al hermano, no supone un canto a la perfección y a la prepotencia, sino un arrullo al caminante, un aúpa al que se cae, un recordatorio esperanzado a nuestra fragilidad, un beso cálido al ansia de mejora. Si podamos el ramaje de nuestra soberbia y nos despojamos de las anteojeras de nuestro orgullo, es posible que veamos caer el velo y reconozcamos en nuestro vecino a Beda, el Venerable, un miembro más de la especie con el que compartir ideales, aspiraciones y metas, muchas veces inalcanzables por utópicas, pero siempre sustentadas en el vigor de los valores, en la consistencia de la integridad, auténticos motores de ese prototipo de proyecto que es el ser humano.





