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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Ocho dragones cupulares, ocho


Ocho dragones celestes, ocho, se han descubierto pintados alrededor del ojo de la cúpula de la Capilla de San Antonio en la Catedral de Murcia, partiendo del mismo centro, en los gajos limitados por las nervaduras. Habían sido colocados en aquel amén de siglo, cuando alboreaba el último medio milenio, cuando América y cuando La Celestina y cuando la Imprenta. También cuando la Gramática de Nebrija, la mayor herejía de todas, pues daba crédito a la lengua franca del vulgo. Eran como una despedida del Gótico, como un vade retro Modernidad, pintado en la feroz pose de los endriagos. Vade retro Herejía, vade retro Clasicismo, vade retro tiempo nuevo del Heliocentrismo galileico… Luego, dicen expertos, en el XVIII taparon con argamasa de ilustración, seguramente tardía y vergonzante, a los fieros guardianes celestes.
La Cúpula, toda cúpula, señala un agujero blanco para entrar al Cielo; un Cielo que se sostiene por el secreto de la misma cúpula, que, dicen, concediera el demonio a los constructores de Catedrales, luego del Románico, junto con la nueva soberbia de querer hacer templos que igualaran al mismo Cielo, nuevas Torres de Babel, gérmenes de altivez que con la misma divinidad querían compararse. Por aquel Agujero Blanco podían las buenas plegarias llegar al mismo corazón de la Virgen, Gran Intermediaria, y lograr sus píos propósitos. Mas, para poder escapar por aquel Sacro Punto, umbilical Cordón entre Cielo y Tierra, hacía falta atravesar la selva de los ocho dragones. Subiera la plegaria por la nervadura que subiera, allí había un Dragón Custodio. Uno por cada uno de los pecados capitales: la avaricia, la soberbia, la gula, la lujuria, la pereza, la envidia, y la ira. Y un octavo Dragón que no obedecía sino a la Gracia de Dios, por cuya pechina se elevaban las preces de los simples de alma y limpios de corazón, que hallaban gracia a los ojos del Altísimo. Mas, ay, cómo saber cuál Dragón era, cúya era la nervadura de la Gracia, el acceso al perdón y a la clemencia. Siete Dragones, siete, hacían justicia, y ningún pecador pasaba entre ellos. Pero en un octavo, habitaba la misericordia, para los arrepentidos y penitenciados.
Las ocho nervaduras creaban círculo, que no es sino trasunto del Cielo, de las siete esferas celestes, broncíneos diámetros de las esferas armilares. Siete esferas, y la octava que no es sino el Punto Alfa, o Aleph Universal, donde mora el Absoluto. En aquella Cúpula catedralicia escapaba el mundo material de los siete días del Génesis al trasmundo increado y etéreo, anterior a la transgresión de Luzbel. Durante un cuarto de milenio, el último transcurrido, descreídas gentes lo ocultaron a los fieles, más obedientes al método y a la luz de la razón, que a la llama de amor viva que mora en los rincones oscuros de la sangre, presta a la penitencia y al arrepentimiento. Ahora vuelven los dragones a su tarea de célicos aduaneros. Las cosas ocurren, y creen los humanos que son por azar, nombre de la nueva deidad baálica de los impacientes que desatienden su deber de esperanza. Anuncian nuevos tiempos viejos estos dragones, rescatados energúmenos del curvado techo de la Cúpula de la Capilla de San Antonio. Estemos preparados, que siempre es buena conseja, ¿no? Vale.

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