Espadañas y campaniles
Una espadaña es un lienzo de fachada, superior al resto, en el que unos huecos diseñados a propósito, albergan las campanas, siempre varias, con que el templo en cuestión llamaba o avisaba al pueblo de distintos mensajes y avisos. Las horas canónicas, los rebatos, las cruces de Mayo y Septiembre, los duelos, las glorias, etc, etc, etc.
Un campanil es otra cosa; es una pequeña torre acabada en cuádruple hueco en el que, si se podía, disponíanse las campanas, una por nota musical de grave a aguda. O bien las que la disponibilidad económica de la comunidad cristiana podía costearse.
En Murcia pueden ustedes ver una espadaña en el convento de las Agustinas, en la Plaza, precisamente llamada de Las Agustinas, frente al Museo de la Ciudad. Un campanil lo tienen bien cerca, en la Plaza de San Miguel. Es el que corresponde a la antigua Iglesia de San Esteban, hoy convertida en salón de actos del Palacio Regional, sede de la presidencia de la Comunidad Autónoma.
Y ahí quería yo llegar. En ese campanil conviven dos épocas de la comunicación: una campana, en el hueco sur, y una antena de televisión, especial para comunicaciones, en el hueco occidental. La campana lanzaba mensajes, la antena los recibe. La campana llegaba a algún centenar escaso de metros, el ámbito de la parroquia. La antena recibe señales electromagnéticas, que vienen desde el último repetidor o satélite, pero cuyo primer emisor se halla a centenares de kilómetros. Y allí conviven, pues, la Edad Media y el siglo XXI. Forman una curiosa pareja de hecho, antena y campana. Ondas acústicas y ondas electromagnéticas, en maridaje perfecto y complementario.
Seguramente que la campanita, pequeña y humilde, tiempo hace que no voltea; puede incluso que no tenga cuerda de la que tirar, y hoy su misión sea la figurar y dar ornato al campanil, vestirlo, quizá como sudario más que como traje o mono de faena. A su lado, la antena, de morfología absolutamente distinta, parrillas que salen al exterior como palmípedos tentáculos, prestos a atrapar las invisibles ondas de arcanas frecuencias que el oído humano no percibe, parece cómoda en ese nicho antiguo, ancestro suyo en el mundo de la comunicación.
Hoy, el campanil escucha, recepciona; no emite, no comunica nueva alguna a la población. Antaño, el envío era indefectiblemente religioso; hogaño, lo llegado es múltiple, civil, incluso laico y hasta pecaminoso. Desde la aldea hasta lo global, el campanil alberga ese secreto secular de la comunicación, que, si varia de formas, no cambió, por lo menos aquí, de ubículo receptor. Fue la campana lengua, y es la antena oreja. Es, pues, el campanil cuasi rostro al que le faltan los ojos y la nariz. Algún campanil famoso sí que tuvo mirada. Fue aquél de La Regenta, desde el que Don Fermín de Pas espiaba con su anteojo a la población de la heroica ciudad de Vetusta. Se me ocurre entonces que los campaniles o las espadañas vienen a ser como la faz de esa criatura de piedra o ladrillo que es el templo, surgida bien a la misma altura del cuerpo, las espadañas, bien luego de una alto cuello erguido, los campaniles. Vale.
Comentario:
En esa vorágine estúpida que nos ha llevado a prestigiar de forma desenfrenada la dejadez y la ignorancia, nos viene muy bien que, de vez en cuando, sin prisa y sin pedantería, pero con diligencia y firmeza, se nos aclaren expresiones tan hermosas y biensonantes como "espadaña" y "campanil". El retorno a las palabras, la utilización precisa de los términos, el encanto de sus resonancias musicales y la belleza de sus ecos connotativos, nos ponen en contacto con la realidad nombrada y nos hacen apreciar las diferencias y los matices en el "continuum" de la vida. Y es que, en muchas ocasiones, el desconocimiento de la palabra o la impericia en la denominación, nos sume en un abismo de confusión, nos precipita en un barullo de ruido y desconcierto significativo. Qué duda cabe que la sencillez expresiva resulta siempre elegante y precisa, pero ello no quiere decir que, por vagancia, desidia o simple desconocimiento, haya que renunciar a esos vocablos que, con el mérito otorgado por la filtración del tiempo, sestean en el diccionario esperando el beso amoroso que les saque de su letargo y les otorgue sentido. Es evidente que podríamos hablar de la pared de las Claras, de su fachada, de su frontón e incluso de su frontispicio, y, todo ello, matizado por referencias a sus vanos y huecos para campanas, aclaraciones todas muy apropiadas, pero sometidas al rodeo impreciso, al circunloquio divagante. Sin embargo, una sola palabra, rematada en "piñón" (gráfico y reconcentrado vocablo arquitectónico), es "espadaña", una expresión que asume su diferencial semántico, incorporando aspectos particulares y funciones muy precisas. El término va íntimamente ligado a ermitas, monasterios, paisajes rurales, premios literarios y, cómo no, a una revista que, allá por el año 1951, fue puerta abierta y bocanada fresca de aire poético. En una pared cuajada de vanos y campanas se abrió con intensidad renovada el nuevo camino de la poesía española y social. Fue la Espadaña de la rehumanización poética, la espadaña de la denuncia y del compromiso, la espadaña preocupada por la gente y su latido. Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, González de Lama y todos los influidos posteriores tuvieron en su mente las limpias resonancias de una sobria y aireada espadaña. Por su parte, un término como "campanil" me lleva, inevitablemente, a asociarlo a su hermano "campanile", ambas expresiones sinónimas del término campanario; pero si éste suena a pueblo, a aldea, a villorrio, a lugar alto castellano y mediterráneo, aquéllos tienen las resonancias del propio bronce campano, acarician los sones del badajo y se orean en el vaivén de sus metales. Un arriba y un abajo, un ayer y un hoy, una antena y una campana, son situaciones e imágenes que pueden muy bien generar comparaciones y metáforas, pero, al mismo tiempo, y de forma obligada, afincan la corporeidad del concepto, perfilan y asientan la cadena sonora, ese cuerpo sutil que se hospeda en la memoria y que nos justifica como seres pensantes. Gracias, amigo Santiago, por esas palabras que recobras en tu artículo.





