100 años del Potenkim
Hace cien años ahora, el acorazado de la flota imperial rusa, bautizado con el nombre del mayor sinvergüenza de toda la historia de la Rusia zarista, el amante de Catalina II, Gregory Potenkim, se rebelaba en aguas del Mar Negro. La marinería, harta de ingerir comida agusanada y de soportar castigos tan crueles como caprichosos, ejecutó a los oficiales y puso rumbo al puerto de Odessa con el fin de enterrar al cabecilla de la rebelión contra el estado opresor en forma de disciplina inhumana que las ordenanzas navales imponían. Allí, la población los recibió como a héroes, y les aprovisionó de víveres. Pero el poder central no tardó en hacer su aparición. Las tropas militares encargadas de sofocar el intento de revolución centraron su lucha en la represión de los civiles que habían recibido y agasajado al barco. Fue, claro queda, un primer intento de liberación de la cochambre zarista.
Para muchos, tales hechos no son sino el motivo argumental de la que dicen una de las mejores películas de la Historia, y la escena del carrito de bebé rodando escaleras abajo del palacio masacrado por el plomo represivo de las tropas enviadas al efecto por la Reacción, una de las más memorables. Serguei Eisenstein fue el director del film, cuando tenía tan sólo 26 años, más o menos los mismos que tenía Orson Welles cuando Kane. También los mismos que cumplía Quevedo con su Buscón, si se me permite la digresión.
Creo importante rescatar a los hechos de esa jaula de oro que es el factor artístico que los han divulgado. En tiempos como los actuales en que lo principal es el envoltorio, el procedimiento, la forma, y no el fondo, el contenido o el significado, bien está recordar que no es el hecho narrado importante porque se haya hecho película de él, o novela u obra de teatro; sino por lo que significa en sí para la Historia del Ser Humano. El acorazado Potenkim se hizo famoso por significar la primera rebelión contra la mayor opresión, medievalista y criminal de Europa, la de los zares imperiales de Moscú. Sépase lo tal, y no se achaque su gloria al acierto de un guión o a la maestría de un director, cuyos méritos, indudables y no negados por esta crónica, pertenecen a otro registro.
Los marineros del Potenkim fueron héroes por actuar en defensa propia en una situación extrema, cuando ya habían agotado toda su paciencia de oprimidos. El eco y simpatía que tuvieron en Odessa extiende su hazaña a la población civil y nos hace ver y oír los primeros vagidos de un pueblo de ciudadanos que quiere enterrar su pasado, y doloroso presente, de súbditos. Hoy, a cien años en este Junio de 2005, bien está que algunos de mis lectores lancen un recuerdo solidario y admirativo por todos los que, en aquel entonces de hace un siglo, se aprestaron a dar su vida por la libertad, porque así lo había decidido el orden natural de las cosas, y no ningún guión previo diseñado por nadie. La heroicidad es siempre, debe ser siempre, natural, no programada. Como lo fue aquel Junio de 1905. Loor a los héroes. Vale.
Comentario:
Sí, sí y sí. Estoy completamente de acuerdo con todo lo anteriormente expuesto y hago un gran esfuerzo en esta ocasión, los que me conocen lo saben, para no hablar de cine y ceñirme sólo a lo que Roland Barthes llamaba "el sentido obvio de la imagen". "El Acorazado Potemkin", "Bronenosec Potemkin" (me gusta mucho como suena en ruso) fue una película del año 25 que trascendió los mecanismos del llamado montaje de atracciones para profundizar en el simbolismo de los hechos significativos. Y son precisamente estos hechos significativos, los ocurridos en 48 horas y seleccionados descarnadamente por Eisenstein, los que se manifiestan más allá del medio artístico como un auténtico grito. Un cosaco golpea con un golpe de culata el rostro de una señora, la mujer se ve muerta en el suelo con un niño en los brazos: masacre... un hombre abandonado en el suelo, el pelotón de fusilamiento se aleja: masacre... una fila de guardias blancos baja unas escaleras, los guardias disparan sobre la multitud: masacre... Sequedad, rigor, intensidad, expresividad, precisión y denuncia, todo se resuelve en un estallido de angustia y de terror cuajado en sangre. A cien años de distancia, vaya también mi grito más desgarrado, lanzado sin ningún tipo de ambages y como si de una barrera de asco y de repulsa se tratara, contra al dominio autoritario, contra la vampirización social, contra el parasitismo económico, contra la anulación ideológica, contra la sumisión del pensamiento, contra la inhabilitación de libertades personales. Sirva el recordatorio estético y dramático de este filme extraordinario como una llamada de atención contra todo lo que pueda significar avasallamiento reglado y contra sus múltiples manifestaciones investidas de legitimidad. Al margen de la propaganda y al margen del magisterio cinematográfico está el sentido obvio, el significado profundo de significante inmediato, la denuncia y la legítima sublevación. ¡Basta! Basta ya de carne podrida, basta ya de migajas, todos tenemos un Vakulinchuk muerto dentro de nosotros que clama venganza. Sin embargo, con toda la serenidad y la dignidad que nos regala el tiempo, la historia, el cristianismo y Europa, hoy hacemos ahorro del desagravio y esgrimimos sólo la grandeza de la palabra, de una palabra noble, magnánima y expiadora.
Comentario:
Sí, sí y sí. Estoy completamente de acuerdo con todo lo anteriormente expuesto y hago un gran esfuerzo en esta ocasión, los que me conocen lo saben, para no hablar de cine y ceñirme sólo a lo que Roland Barthes llamaba "el sentido obvio de la imagen". "El Acorazado Potemkin", "Bronenosec Potemkin" (me gusta mucho como suena en ruso) fue una película del año 25 que trascendió los mecanismos del llamado montaje de atracciones para profundizar en el simbolismo de los hechos significativos. Y son precisamente estos hechos significativos, los ocurridos en 48 horas y seleccionados descarnadamente por Eisenstein, los que se manifiestan más allá del medio artístico como un auténtico grito. Un cosaco golpea con un golpe de culata el rostro de una señora, la mujer se ve muerta en el suelo con un niño en los brazos: masacre... un hombre abandonado en el suelo, el pelotón de fusilamiento se aleja: masacre... una fila de guardias blancos baja unas escaleras, los guardias disparan sobre la multitud: masacre... Sequedad, rigor, intensidad, expresividad, precisión y denuncia, todo se resuelve en un estallido de angustia y de terror cuajado en sangre. A cien años de distancia, vaya también mi grito más desgarrado, lanzado sin ningún tipo de ambages y como si de una barrera de asco y de repulsa se tratara, contra al dominio autoritario, contra la vampirización social, contra el parasitismo económico, contra la anulación ideológica, contra la sumisión del pensamiento, contra la inhabilitación de libertades personales. Sirva el recordatorio estético y dramático de este filme extraordinario como una llamada de atención contra todo lo que pueda significar avasallamiento reglado y contra sus múltiples manifestaciones investidas de legitimidad. Al margen de la propaganda y al margen del magisterio cinematográfico está el sentido obvio, el significado profundo de significante inmediato, la denuncia y la legítima sublevación. ¡Basta! Basta ya de carne podrida, basta ya de migajas, todos tenemos un Vakulinchuk muerto dentro de nosotros que clama venganza. Sin embargo, con toda la serenidad y la dignidad que nos regala el tiempo, la historia, el cristianismo y Europa, hoy hacemos ahorro del desagravio y esgrimimos sólo la grandeza de la palabra, de una palabra noble, magnánima y expiadora.





