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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Regnum Coeli


No sé por qué se han privado de llamar así, como en el título de mi crónica, a la película de Ridley Scott. Tendría mucha más prosapia, y se hubiera dado una lección de latinidad, tan necesaria, a la masa. Supongo que el marketing lo hubiera impedido. Una pena. Bueno, al grano. El film me ha entretenido, que es el único objetivo del Séptimo Arte hoy en día. La Épica la prefiero sacada de la tradición y no de ninguna otra parte, fabricada, además, en los departamentos sociológicos de las grandes corporaciones multinacionales. Hablo de la estulticia epicoide de La Guerra de las Galaxias, por ejemplo, aclaro.
El guión obedece a dos grandes determinantes de la narrativa fílmica del momento: aparatosidad y realismo virtual. Troya, la cosa de Brad Pitt era lo mismo. La realidad virtual es la sucesora legítima del cartón piedra. La Gran Jerusalén virtual que avistan los ejércitos de Saladino, para mí, no es algo esencialmente distinto de las grandes construcciones de carpintería de Espartaco o Cleopatra. En ambos casos me llega la bella mentira del arte fílmico; cada una en su época. No me seduce más, ni mucho menos, la multiplicación modular de la imagen por ordenador. Me seduce lo mismo, digo; no menos. En cuanto a la aparatosidad, en esta de Las Cruzadas, se ve, como en Troya, en el exceso de lucha, cuerpo a cuerpo y en panorámica, entre los contendientes. El significado profundo que a mí me llegaba mientras salpicaba la sangre por aquí y por allá, era el mismo que cuando veo una persecución de coches por las calles de San Francisco o por el desierto de Arizona: tremebundez y demasía. O sea, la obediencia estricta a una maniera, a un tópico fílmico sin el cual no hay credencial de modernidad en el entorno artístico este del cine.
Vamos con los personajes. Ahí, el espectador norteamericano no acepta novedades. Puede haber mezclas, pero los módulos de partida han de ser conocidos. Así, Reinaldo de Chatillon y Guy de Lusignan son Frank Nitti y Al Capone, casi calcados. Balian de Ibelin, el muchacho, es una mezcla de Tintín y Asterix, enviado como delegado mixto de Amnistía Internacional y Médicos sin Fronteras a Oriente Medio. Por cierto, allí adopta un doble perfil moral: por un lado es Mahatma Ghandi y por otro es Von Clausewitz, el estratega militar por antonomasia. Qué acronológica emoción cuando dice aquello de:
-Por la libertad y por el pueblo.
Parecía mismamente Danton o Marat cuando Francia en el 89 del settecento.
Sibila, la Reina Hermana, es Mata Hari en primer lugar y la perfecta casada luego. Una esquizofrenia difícil de aceptar aunque sea en consecutividad.
Balduino IV, el rey leproso, es trasunto innovado de Quasimodo, el jorobado de Notre Dame, de Victor Hugo: un corazón de oro en un cuerpo lamentable. Para qué aclarar que a Balduino IV lo sucedió Balduino V, hijo del primer matrimonio de Sibila, que no es ni mencionado en escena. Tampoco hay por qué aclarar que los Templarios no eran los malos de la película verdadera, como por no sé qué venganzas milenarias tratan de hacernos ver en el guión.
En fin, buena película, que no destroza mucho la historia, salvo en lo tocante a los tópicos de modernidad. Otro de los tales es hacernos creer que las catapultas lanzaban bombas incendiarias de napalm y de tnt, como ya había ocurrido en Gladiador. Pero al cine no se va, no se debe ir a aprender historia. ¿No? Vale.
 
 
Comentario:
simpático tu comentario de la película y sin duda en el cine no se aprende historia, poque los directores no saben de ella, pero por las reflauta como entretienen. Sin duda los templario de esta película deben ser de otro planeta, porque eran unos delincuentes y no una orden militar. Chaoss
No