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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Comiendo nísperos


Es lo que estoy haciendo ahora mismo, comer nísperos, sentado frente al Ordenador, esperando que me caiga la breva del cielo, la breva del tema del artículo, digo.
-Las brevas y los nísperos, es que salen al mismo tiempo, maestro.
A mí, me gustan más los nísperos, con su piel dura por fuera y ácida por dentro, con esa suavidad de las semillas, tan característica, casi erótica para la lengua. Luego, muerdes la pulpa, que se trae un algo de caribeña color, y ya te has montado el gran teatro de la fruta estival de todos los años.
-Las cerezas, tampoco están mal, ¿eh?
Siento debilidad por las picotas, gorditas, lustrosas, y con su piel de sin igual lisura. Además, eso de que siempre vengan muchas juntas, bien con sus rabitos proverbialmente entrelazados, bien con nuestra mano pecadoramente llena, no deja nunca de dar mucho vicio, sí.
El ser humano, antes llamado hombre, a secas, debió inventar la lujuria observando y probando la fruta de Junio en latitudes como la nuestra.
-Como la nuestra, pero con agua, ¿no, jefe?
Sí, con agua. La fruta, lo que tiene es que si no hay agua, no se da, ni se conoce, ni nada, ni nada. En cambio, si hay sol y agua, aparece el melocotón de Cieza.
-Maestro, para decir Malacatón é Cieza hay que ponerse de pie.
Ya me pongo, ya me pongo. En pie, y con la boca hecha agua, rezumante saliva acogedora de la carnosidad jugosa y amielada del susodicho malacatón. Una gloria española, oiga.
Pienso que las frutas han sufrido una injusticia poética muy grave. Todo lo que se han llevado las flores de buena poesía y metáfora, deberían de haberlo compartido con las frutas. Ambas, frutas y flores, tienen el cromatismo que exigen los cánones de belleza. Luego, las flores aportan el perfume, que al afectar a un sentido más etéreo, consiguieron la excelencia en la calidad poética, que ya digo. En cambio, las frutas estivales, tal cual las que he glosado arriba, al entrar por el gusto, se hundieron en el abismo de la necesidad satisfecha, y los poetas descreyeron de sus cualidades para versificar. Ah, qué prejuicio, qué error… Por eso, durante siglos, las frutas apartadas fueron del plato de los versos mejores de la poesía universal. Tuvieron que conformarse con ser materia de bodegón. Los pintores sí que apreciaron su textura, sus brillos, sus formas, que les incitaron a descubrir sus esencias en lienzos y en otros formatos.
Y, bueno, ahora, junto al teclado, un poco más allá para que no derramaran el juguillo sobrante sobre la delicada electrónica del Ordenador, yacen unos cuantos huesos de nísperos. Como no creo en el azar, matemática inalcanzable, pero matemática al fin, leo que su perfecta disposición no otra cosa me quieren decir sino : Gracias por habernos hecho tema literario.
De nada. Vale.
No