Sánchez Bautista, poeta
Me llega por fin el libro que recoge la obra poética del escritor Francisco Sánchez Bautista, editada por la Real Academia Alfonso X el Sabio. En la misma sede la Academia me lo firma el autor, con quien coincido en sesión de fin de curso de la institución. El libro que recoge en portada todas las idem de los sucesivos libros del autor, es un grueso ejemplar bien encuadernado y con camisa, que supone el completo de todo aquello que editado ha sido hasta el momento, buena parte de ello en las mismas instancias académicas.
Francisco Javier Díez de Revenga prologa la edición, y resume de un plumazo enumerativo las cuatro etapas del autor: social, metafísica, ética y satírica. Así es, siempre que todo ello vaya, como va, enguantado por el toque poético, por la cadencia versal de metro y rima de talante clásico. Estamos, no se olvide, ante un poeta, no ante un antropólogo que se expresa en verso. Sin ninguna duda, Sánchez Bautista es uno de los cuatro o cinco grandes poetas que a España ha dado la Región de Murcia. Y, no nos cabe duda, más versos hay de Paco, en su poder y en el de otros, que todavía no han visto la luz. El tiempo nos irá diciendo.
Como homenaje a Paco, al poeta, les transcribo aquí uno de sus poemas, especialmente querido por mí. Se trata de una elegía a su perro, que murió en lastimosas condiciones, y que despertó en su amo hermosas reminiscencias clásicas. Aún recuerdo cuando lo escenificara yo, con motivo de un recital poético ofrecido en el Insituto donde yo prestaba servicio docente como Profesor de Literatura. Helo aquí:
MUERTE DE ARGOS (Elegía por un perro)
Enderezó las orejas y levantó la cabeza, pero la oscuridad de la muerte envolvió al perro Argos al volver a ver a Odisea tras veinte años de ausencia.(Homero. Odiseo. Canto XVII)
Tan fiel recordador bien merecidas / tuvo las tiernas lágrimas de Ulises. / Argos, un día fuerte y zalamero, /yacía entre basura, y su cansado /y dulce corazón no aguantó tanta / sorpresa súbita. Y sus ojos tristes / se le llenaron de la noble imagen / del lejano Odiseo. Y, así, ante / su único dios, fallece emocionado. // Igual tú, perro mío, que, herido a manos / violentas y alevosas, una noche / a casa regresaste moribundo. / Recuerdo la tristeza de tus ojos, / tierno animal caído. Advertías / mi presencia inminente; lo más leve / de mi voz celebrabas como halago, / dulce animal sumiso. Ahora crecen / sobre ti limoneros, yerbas locas; / y pequeños terrones se deshacen / sobre tus pobres y sufridos huesos. /Y el agua que lamías, ya se encumbra / sin que te abruces tú sobre su lámina / de azogada corriente. Silbo en vano, / (pues que tú no me sigues, tierno amigo) / y en vano tiro entre la espesa yerba / engañosos objetos a tu olfato. // Solo en la tarde, mientras piso a solas / el tedioso camino, te recuerdo / y pienso que si existe un paraíso / reservado a los fieles animales, / allí estarás sobre la yerba, alegre / y juguetón, como en tus mansos días, / cariñoso animal sacrificado.
Vale.





