El celibato subvertido, novelado
Cae en mis manos una novela, casi misteriosamente titulada "Aura". Su autora es una mujer, Rosa Cáceres. Por los datos de solapas y contraportada, me entero del tema: el adulterio entre sacerdote y vecina acomodada en la carpetovetónica Mancha de los cuarenta. Hoy no es tema de actualidad el celibato de los sacerdotes católicos. La sexualidad libre ha logrado una meta impensable hasta hace muy poco: las uniones entre homosexuales, legalmente bautizadas como matrimonio. Pero, sin embargo, nadie se ha acordado de este problema que, de seguro, más extensión tiene que la que preconiza el silencio sobre el caso.
Rosa Cáceres, en la edad del verdadero novelista, recordemos la biografía de Cervantes, afronta el problema con las muy robustas armas del realismo novelístico más genuino. Cuida los entornos de la novela, con primor de investigadora o documentalista, y maneja el lenguaje con la maestría y el savoir faire de quien ha estudiado los secretos de las Letras en el ámbito universitario, y los ha continuado luego en la dura trinchera del aula, como docente. Así, vemos pasar por la novela, como si fuera por la pantalla de un cine, contextos maravillosamente logrados como la Minadanao de 1943, primer destino como misionero del protagonista, la economía del arroz en Las Filipinas, la malaria, la vocación sacerdotal fuerte y vigorosa… de parte del elemento pasional masculino de la novela. Por la otra, la femenina, la correspondiente a Aura, apócope de Aurelia, nos es presentada, en toda su crudeza rural, Zafranera, un lugar inventado, mítico, literario, compendio de todos los atrasos y todos los prejuicios de una sociedad cerrada, sin contacto con el exterior. La autora vuelve a hacer gala de la creación de ambientes: el costumbrismo del azafrán, la sociedad estamental, la zafiedad de los lugareños, la liturgia nacional-católica, etc.
Cuando todos los contextos están logrados, la novela se centra en la atracción irresistible de los dos personajes. La autora se introduce en las mentes de ambos, y nos lleva de la mano por sus sufrimientos, por sus componendas morales, y la atracción fatal que los involucra. Sin ahorrar texto a los momentos pasionales y escatológicos, se nos va narrando cómo poco a poco se cierra el cerco en torno a los castos amantes, castos a pesar de su pasión realizada. En un difícil escorzo moral, la novelista defiende a capa y espada el puro amor de los protagonistas, frente al farisaísmo de la totalidad del pueblo, que, aquí, representa a una España paupérrima en lo moral y fundamental cristiano. Pero, no nos confundamos, la lectura de la obra no busca el acomodo fácil en una moral posterior al tiempo de autos. La solución viene en el hecho de que la autora no concluye su obra, al clásico modo, en el desastre penal en que acaba el adulterio. No. Nos lleva, en vertiginosa velocidad literaria, hasta la ancianidad de los amantes, esposos ante ellos mismos, en cuyo espacio temporal asistimos a las muertes naturales de ambos, lejanas una de otra, en un ambiente moral más lúcido y humano, en el que ambos son, no sólo inocentes, sino mártires.
Las páginas finales, de clave ciertamente poética, buscan escapar del reducto de la novela, y saltar al espacio estelar de la poesía, como una guirnalda de honor para los dos mártires de un amor ciertamente prohibido… aun hoy. Vale.
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