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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Un toro con grandeza

a MJGB

Era el segundo toro de la tarde. Martes y trece, Romería de la Fuensanta en Murcia. Negro zaino, el único en toda la corrida. Bravo y noble, buen cumplidor de su papel en la fiesta de la víspera taurina. Pendenciero era su nombre, puesto acaso por algún mayoral que advirtiera el aire de reto del macho, cuando pastara libre por la dehesa. Rivera Ordóñez lo mató de dos estocadas. Mala la primera, certera y fatal la segunda. Sucedió casi en los centros del ruedo.
-Donde mueren los toros bravos de verdad - Se oyó decir a los entendidos.
Rodeó con la vista la plaza, girando su potente testuz, y reconoció la puerta de mulillas, por la que habría de salir cuando todo acabara y por la había entrado cuando todo empezó. Pudo ser la querencia del campo libre, ya perdido para siempre. O acaso vislumbrase un campo eterno, más libre y más suyo que nunca, que le aguardaba al otro lado de la tarde, luego de la corrida. O pudo ser la casualidad, que gusta de jugar a las coincidencias trascendentes, justo como un torero con el engaño, frente al astado. El caso es que el bravo toro, algo más que un toro bravo, se encaminó cansino hacia su salida natural, con evidentes signos de conocer, por fin, y de aceptar con dignidad, su destino. Detrás, como acompañándole, trágicamente cariñoso, el matador, escoltado por su cuadrilla.
Las sombras del crepúsculo se alargaban hacia el reducido óvalo del albero, lindante con la grada, que aún recibía los fuertes rayos del astro rey. Exactamente hacia donde caminaban toro y torero. Era como una metáfora del final. Las sombras de ambos ganaron el almagre alzado de las barreras, y se irguieron verticales en un imposible revivir del noble bruto, cuya sombra compañía era en el enmaderado de la de Rivera Ordóñez.
Llegado a las puertas, buscó la siniestra mano, la del corazón. Anduvo breve rato eterno, y se detuvo. Trastabilló sin remedio, tratando de mantenerse altivo, como un torero fuera de la plaza; pero no pudo conseguirlo. Al cabo, dobló los cuartos y cayó, aun manteniendo alta la imponente y cornada cabeza. Una estruendosa ovación llenó la plaza, para que fuera compartida por los dos triunfadores. El subalterno apuntilló con eficacia al nobilísimo bruto, que, al fin, rindió su testuz. El resto de la gloria fue para el matador.
El duende de la tarde, ausente antes y después de Pendenciero, había cogido barrera entre los cuernos del bravo animal. De vez en cuando saltaba al burladero de los hombros de Rivera Ordóñez, pero enseguida volvía a su lugar. Como todo duende surgía de la posibilidad de muerte, pero, al jugar con ella, lograba la llama del arte en esa colaboración de hombre y bestia que llamamos lidia. Al final, escogió la nobleza animal, la ignorancia sublime del toro que desconoce qué cosa quieren de él en el ruedo. Y, como funesto designio de Tánatos para el cornado, desapareció caprichoso como siempre, dejándole inerme ante su final.
La ovación final, a él solo dedicada, surgida cuando era arrastrado, en brevísimo trayecto, por las mulillas, pudo oírla acaso en el paraíso de los buenos toros cinqueños, a cuyos chiqueros arribaba ya, de seguro, su bravura de toro de lidia. Vale.
No