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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Nostalgia de los solares

Hay dos edades para la nostalgia, que yo sepa por ahora. La primera es la de los treintañeros, cuando ven, escandalizados, que hay veniteañeros ya por el mundo, que han surgido sin pedirles permiso a ellos. Las oportunidades para jóvenes les excluyen, y empiezan a ver deportistas de su misma edad retirados. La segunda es la de los cincuentones. Esta no se la cuento porque la estoy aprendiendo y a lo mejor se la cuento mal y parcialmente. Otra década, si acaso.
Ocurre que, de pronto, me llega la nostalgia de los solares. Hoy la palabra suena a especulación, y casi, casi, queda antigua y caduca. Hoy tenemos parcelas, y el regusto inmobiliario de su fonética arrincona cualquier otro. En los 50 y los 60 del siglo pasado, la palabra solar tenía gusto a deporte. Las tahullas de huerta abandonadas, a la espera de la llegada de la expansión urbanística, servían de campo de fútbol para la chiquillería afortunada que contaba entre sus componentes con el feliz dueño de un balón.
En Murcia, eran los terrenos aledaños a la Puerta de Orihuela, detrás de La Condomina, los de la lado de la Cárcel Vieja, alguno por los laterales urbanos del Malecón, y tantos otros. Supongo que en Cartagena, en Lorca y donde fuere, en el resto de la Región, antes provincia, serían otras la ubicaciones de aquellas tardes gloriosas de sábados, luego de toda una mañana de clase, de dar pie, de elegir, de disputar los componentes de cada equipo, de sacar… y de construir las porterías con dos piedras que no sé qué providencia laica abandonaba siempre en los solares.
Y luego era el chupón recateador que no le pasaba a nadie la pelota, la discusión sobre si fue poste o gol aquel tiro que no paró el portero, la patada del defensa y los lloros, el cabreo del dueño del balón, si perdía, y un largo etcétera que es, precisamente, lo que me ha traído este recado de nostalgia. Llegaba la noche, y, tras recoger los jerseys, si era invierno, de su ubicación sobre las piedras que hacían de postes, tocaba marcharse, con las rodillas sangrantes y sucias, y el sudor en la ropa y el balón en las manos, con cuidado de no botarlo no fuera a ser que algún municipal te viera y te lo confiscara, celoso de cumplir con su deber de no dejar que la chiquillería disfrutara. Ello, esto último del balón, si no se lo había llevado la inevitable acequia aledaña al solar, que siempre, antaño, había sido huerta.
Allá quedaba el solar, en el tendido crepúsculo, acaso guardando la leve épica de un penalti parado o un recateo sucesivo de alguno de nosotros, celebrado por todos. La marcha recogía las quejas de los vencidos acerca de que no se había elegido bien, y que Fulano jugó mal porque quería ir con vosotros, y no con nosotros. Y que qué chupón eres, que yo estaba solo y no me la pasaste, cabrón. Y eso. No había atuendo deportivo, ni vestuarios, ni duchas, ni camisetas. Cuando alguno empezó a venir con botas de fútbol comenzó a acabarse todo.
Luego, los solares y nosotros nos hicimos mayores. Los solares devinieron, ya dije, parcelas; nosotros, chicazos con pelos en las piernas. Llegó el desarrollo, luego la prosperidad, y hoy la globalización.
De vez en cuando, algunas de las veces que voy a alguna de las superficies comerciales que hoy se levantan donde entonces, aguzo el oído, y vuelvo a oír las voces:
-¡Pásamela, pásamela… ¡
-¡Era orsay, era orsay…!
Y así. Vale.



 
Comentario:
siempre habrá solares... eh?
Pío Baroja...
No