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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El agua de todos se la dan al mar




Miro el mapa del tiempo, y por segunda vez en este invierno, una lengua de nieve se alarga desde las profundas gargantas del Ártico, hasta los mismos confines de la costa sur del Mediterráneo. Ello quiere decir que tanto los Pirineos, como el Sistema Ibérico y la Cordillera Cantábrica van a estar repletas de nieve hasta la primavera. Y ello quiere decir también que los ríos que en tales montañas nacen, y sus afluentes, van a estar deshelando durante bastante tiempo. Y, en consecuencia, las cuencas correspondientes tirarán al mar unas cantidades de agua para cuya medición ya no sirven los tradicionales Hm cúbicos. Hay que medirlas en trasvases. ¿Cuántos trasvases van a salir al mar, para mayor gloria de la insolidaridad, infantil, perversa y retrógrada de quienes no consienten compartir nada que pueda servir a los demás, una vez satisfechas todas sus necesidades? Y, si como parece inevitable, jamás se lleva a cabo esta obra de beneficio mutuo que es el Trasvase, ¿cuánta agua va a ir al mar, a salarse, a inutilizarse, a perder su capacidad de convertirse en salarios para inmigrantes, en riqueza de mercados abastecidos, en solidaridad en una palabra, de aquí a que todo acabe?

‘El agua para donde llueve’, reza la frase de batalla de estas gentes que hacen de su egoísmo bandera de progresía y razón de ser. No cabe mayor pensamiento pequeñoburgués, que encima quieren hacer pasar por colmo del ecologismo. Y es que han raptado la razón científica, como las religiones antiguas raptaban la razón, subordinándola a la Teología. Lo mismo que hay que compartir los adelantos científicos y la cultura, hay que repartir el agua. Y para eso están los trasvases. Si algo del agua de Centro-África pudiera desviarse hacia el Sahara, siquiera al Sahara Sur, se abriría una esperanza muy fuerte para toda esa región del planeta. La distribución del agua es azarosa, y el ser humano debe corregir esa imperfecta regulación de las aguas dulces. No con el capricho, sino con la ciencia y con la solidaridad.

El Trasvase, que es tan sólo una pieza de un plan más amplio, el PHN, sólo contempla las aguas sobrantes, y de ellas se lleva una mínima parte: el 5%. Negar esa cantidad relativa de agua sólo es defendible desde el sectarismo, no desde la razón. Así, sin trasavase, los Pirineos se hacen provincianos, como el campanario de la aldea, que se cree lo más alto del mundo, y el río Ebro, que dio nombre a toda la península (Ibérica), se hace arroyo privativo, sin esta grandeza de la solidaridad entre cuencas.

Hay una izquierda que arremete contra todo lo que huela a riqueza, porque ello demuestra que el Capitalismo puede resolver los problemas económicos de la gente. Hay que negar validez a cualquier solución proveniente de la técnica y de todo entorno social de la libre empresa, porque hay que demostrar su fracaso, para que pueda volver a aparecer la idea colectivista como la única posible. No han aceptado todavía su derrota en el Guerra Fría. Ni la aceptarán nunca. Por eso se han apoderado de Ciencia Ecológica, y la han sometido a dogma, que es como funciona su manera de ser y de actuar. A esa Ciencia Ecológica le han mandado la consigna: trasvases no, que propagan riqueza. Su fin último: pobreza para todos –menos para el politburó del partido- no puede verse entorpecido por soluciones ‘capitalistas’, como la del reparto del agua mediante trasvases. Vale.

No