Boda de los pequeños inmigrantes

La cosa ha ocurrido apenas una hora antes de que yo escriba esto. Ha sucedido en la Plaza Mayor, aquí, en Murcia. Pero, a buen seguro, se habrá repetido por toda la Región. Y aun por toda España. Dos parejas, mínimamente reconocible su indumentaria de boda, apenas distinta de la de diario. Supongo que la diferencia estaba en la luz de los ojos de los contrayentes. Han preferido un fondo de cipreses, con la piedra de la de San Nicolás entreverada tras ellos. Él, muy formal, con su camisa blanca de chorreras, apenas diferenciadas del liso general de la misma. Ella, con falda roja, con un algo de vuelo por el lado y detrás. No soy modisto, ni entiendo de ropas de gala, pero había intención de estilo en ambos. Igualmente en los que deberían ser los padrinos, junto al fotógrafo, asimismo semiengalanado. Por cierto, era fotógrafa. Cambiaron de pose, pero no de fondo. Acaso lo hicieran cuando yo terminé de pasar por allí.
Eran cinco para celebrar la boda. Pero su callado gozo valía por quinientos. Los pocos transeúntes que transitábamos la plaza nos hemos mirado con ternura cómplice, y un algo de su felicidad, cierta hoy, quién sabe si también mañana, nos ha llegado. Creo que todos nos hemos alegrado que esa nueva vida que, como inmigrantes, han venido a buscar a España, a Murcia, haya comenzado con tanta fuerza como para autoimponerse una unión matrimonial, que en su cultura y en la nuestra, nace con vocación de perpetuidad, realidad aparte.
Y eran pequeños de estatura, como los de su raza, natural y orgullosamente pequeños, y eran pequeños socioeconómicamente hablando, qué duda cabe; pero eran grandes en felicidad. La formalidad antigua de pose para fotografía del novio, su sonrisa no forzada, pero sí propia de quien no tiene la costumbre de sonreír, archicaracterística de todos los novios del mundo, y la desenvoltura de ella, feliz y radiante, natural y encantadoramente nerviosa, han constituido un gratificante espectáculo urbano, sencillo y amable, que ha iluminado de luz interior esta plaza de mi ciudad esta mañana de viernes.
Pienso en que esta tarde iniciarán un corto viaje de novios, acaso a la costa. Seguramente, el próximo lunes tengan que volver a ese trabajo precario o sumergido que les alimenta, y alimenta asimismo a quién sabe cuántos más en su país de origen, supongamos, que en Ecuador. Mentalmente les he deseado feliz casorio, y casi, casi desdigo de mi rubor en ofrecer mis servicios de fotógrafo para que pudieran tener un recuerdo los cinco juntos, celebrantes, padrinos y amiga fotógrafa.
Ellos no lo saben, pero han traído a España esa energía necesaria para extraer ese tipo de sonrisa, más interior que exterior, que es ver la felicidad ajena, inocente y pura, una mañana luminosa sí, pero gris en tanto que metida en esa maraña informe que el clásico tituló con aquello de las horas y los días. No sé si se la estaremos pagando, o es una energía que, o se da gratis, o no existe. En todo caso, se la debemos.
Bodas habrá más con más fasto e invitados, pródigo es el español que en tal trance se halla. Ya lo contó Cervantes en las de Camacho; pero yo os lo aseguro: boda con más galanura que esta de la mañana del 30 de septiembre, no la habrá; como ella, jamás. Vale.





