Los bronces de Riace que yo vi
La joya artística de la Calabria son, sin duda, estas dos estatuas del siglo de Pericles, que se encontraron a ocho metros bajo el nivel del mar, en Riace, en la costa sur de Italia, frente a Sicilia. He tenido la oportunidad de verlas, en el museo de Reggio Calabria, y, la verdad, es que impresionan. Ambas logran ese milagro del idealismo que se apoya en el realismo, de tal manera que quien lo desee, puede admirar el conocido mimetismo con la realidad que tanto alaban las miradas poco formadas estéticamente. Pero, si quien los contempla mira bien, más con los ojos del cerebro, debidamente formado e informado, que con los del rostro, servidores tan sólo de los sentidos, puede apreciar entonces los cánones del más exigente idealismo, tanto en el conjunto como en los detalles.
Son dos cuerpos desnudos perfectos, masculinos, en bronce; dos guerreros, que se explican por su debida disposición permanente para la batalla, su apostura y fortaleza muscular, que no cede ni una sola oportunidad al exceso de masa corporal.
Se sabe que Pericles encargó a Fidias doce estatuas de guerreros; pero no se ha podido documentar que estos bronces formen parte de ese encargo. Se supone que la tripulación del barco que transportaba ambas piezas las echó por la borda, descargando así de peso al navío, seguramente en trance de zozobrar por causa de alguna marejada que amenazaba con echarlo a pique. Aliviada la embarcación, elevado de nuevo el bordo sobre las aguas, pudieron continuar singladura fuera donde fuera que fuesen.
Parece que no gusta en el entorno museístico que se hable del guerrero joven y el guerrero viejo. Prefieren hablar del guerrero prevenido y del guerrero en relajo. El primero, con menos cobre y más estaño en la aleación de su bronce, es más oscuro, y su pose la de un centinela en alerta o en revista. La del otro, más que de relajamiento, transmite una sensación de antesala de la decadencia, cuando aún la apostura es visible, pero no arrolladora. Entre uno y otro han transcurrido veinticinco años. La tecnología del bronce ha avanzado, y la sensación de plenitud del primero ha pasado al sentimiento propio de quien, o bien ha conocido ya alguna derrota, o, mejor, ha conocido el precio de la victoria. En el primero encontramos un mensaje más cercano a la divinidad; en el segundo, una expresión más humana. Este distinto mensaje es observable, desde mi punto de vista, más que en ningún otro detalle, en el acabado de las respectivas nobles partes viriles de ambos; precisamente, en el distinto ángulo de caída: buscando la ortogonalidad con el eje anatómico el centinela, y aproximándose al paralelismo respecto de la misma referencia su compañero de sala museística así como de dos mil quinientos años bajo el fondo del mar en la costa calabresa.
Con todo, conviene, como siempre, evitar que los árboles no nos dejen ver el bosque. Los árboles serían en este caso, la condición guerrera, creciente en el primero, estacionaria en el segundo. Estos árboles hablarían del culto militar de un pueblo que endiosa a sus defensores. El bosque, el verdadero significado de la metáfora, no es otro que el que habla de un pueblo, el griego, de Atenas o de Siracusa, que amaba el arte, y que lo utilizaba además para expresar dos sentimientos humanos: la confianza en la victoria y la experiencia de la victoria, acaso no tan dulce como quizás pudiera pensar alguien a priori. Vale.





