LA ENVIDIA DE ZEUS
Aquel día, uno de los últimos del otoño, Zeus se despertó en el Olimpo algo tarde. Se asomó displicente por la galería columnada de su palacio, y contempló las nubes que, por debajo de él, ocultaban su divinidad a los mortales.
Entonces fue cuando bostezó.
El impulso nacido en sus entrañas salió hacia lo alto, alejándose hacia occidente, si bien, buscando el sur. Cuando cayó, abrió un hueco en la vasta nubosidad. A través del círculo provocado en los blanquecinos nimbos, pudo comprobar el padre de los dioses que un barco navegaba desde el golfo de Corinto hacia la Magna Grecia. En un rayo de pensamiento ordenó a Hermes, el de los alados tobillos, que bajara a enterarse quiénes y por qué viajaban tan fuera de estación propicia. Al momento, el mensajero del Olimpo, se zambulló desnudo en la espesa capa del nublamiento.
Cuando arribó al barco observado por Zeus, adoptó enseguida, como era dios y podía hacerlo, las formas y vestimentas de uno de los marineros que dormía. Así, observó la carga, y se enteró de las intenciones de los nautas. Enseguida, desapareció, volviendo a ganar las nubes del primer invierno que tapaban toda la Hélade.
-Padre Zeus, son helenos que llevan a algún lugar de la Magna Grecia doce estatuas de bronce –le comunicó a su amo, Hermes, el mensajero.
-¿Son estatuas de dioses? –tornó a preguntar Zeus.
-No, son hombres, guerreros en diversas posturas.
-¿Son bellas? –inquirió de nuevo el padre de los Dioses.
-Son bellas como si fueran de dioses; pero son hombres. Más aún, dioses hay no tan bellos como esas estatuas pregonan de los hombres.
-Sin duda serán de Fidias, agraciado en exceso por Apolo. No quiero que los hombres piensen que la Belleza es predicable de ellos. Las estatuas que participan de la Belleza han de ser tan sólo de los dioses. Cuando vean nuestra Belleza en sus cuerpos, dejarán de creer en los Olímpicos.
Hermes calló, dejando pensar a Zeus; como esperando que de un momento a otro, le enviaría con nuevo recado a la Tierra. Al cabo de un rato, tornó a hablar el Crónida:
-Quiero que le lleves a Poseidón la orden de que haga naufragar ese barco. Esas estatuas deben de desaparecer de la vista de los hombres. Sólo los dioses pueden ser representados con tanta Belleza.
En un momento Hermes se vio en la costa africana, en una playa, frente al mar, donde empezó a llamar a voces al dios del piélago. Cuando lo tuvo frente a sí, le dijo.
-Zeus ordena que provoques fuertes tormentas sobre el Mar de Jonia, para hundir un barco que osa navegar por tus aguas, lejos del verano y de la costa. Ha zarpado de Corinto, y pretende llegar a la Magna Grecia.
-No puedo obedecer esa orden, enviado de Zeus –dijo el dios del tridente.
-¿Vas a desobedecer? –le preguntó extrañado el casquialado dios.
-Hay una razón mayor. Los nautas de ese barco, sabiendo las inclemencias del invierno, me han ofrecido al salir un magnífico taurobolio como ofrenda para amparar su periplo. Un dios no debe abandonar a sus fieles –dijo Poseidón, que añadió- ¿Por qué razón quiere Zeus hundir ese barco?
-Lleva unas estatuas de Fidias, que, representando hombres, son más bellas que los mismos dioses. Eso es una impiedad a los ojos del Crónida.
-Mayor impiedad es no aceptar sus sacrificios.
Quedóse pensativo el dios marino, y Hermes, conociendo el suceso, aguardó a que decidiese qué mensaje habría de llevar de vuelta al Olimpo. Enseguida se oyó la voz del señor del piélago:
- Zeus no quiere que el barco se hunda, sino que las estatuas no sean vistas de los hombres por más tiempo, ¿no? Entonces bastará mandar una marejada algo fuerte, de tal manera que los nautas se asusten, y arrojen esas estatuas por la borda. Al pesar menos su navío, el peligro de zozobrar disminuirá. Luego ordenaré a los tritones que, ayudados por los pulpos y cangrejos de la zona, entierren con la arena del fondo las estatuas impías, de manera que nunca puedan volver a ser vistas de los mortales. De esa manera, Zeus habrá sido obedecido, y yo habré cumplido mi deber de amparo a quien se me ha encomendado.
Oyó estas palabras Hermes, y saltó hacia el cielo, buscando el Olimpo. Cuando llegó, Zeus no estaba. Nadie sabía a dónde había ido. Todos respondían con la mirada cómplice de quien conoce las andanzas metamófico-amatorias del padre de los dioses.
El asunto había sido olvidado.
Sin pensarlo dos veces, el poseedor del caduceo acudió nueva vez junto al barco. La tormenta ganaba en intensidad. Vio cómo arrojaban dos de las estatuas por la borda, en medio de la tempestad. Hermes procedió entonces a llamar a Eolo, que habitaba la isla de Stromboli, y era hijo del mismo Poseidón, al que recordó un viejo favor: un encargo de tercería amatoria acerca de la ninfa Lao, que moraba en la vecina costa tirrena.
Eolo, favorable a los designios de Hermes, lanzó tan gran viento que el barco salió de las ondas del mar, atravesó las nubes de la Hélade, y arribó al mismo Olimpo, donde Hermes, aprovechando la ausencia de Zeus, hizo llevar las diez estatuas restantes, a sus aposentos, para poder gozarlas él solo para siempre.
A continuación, el mismo Eolo tornó a llevar el barco a la costa Jonia, donde los nautas que lo gobernaban creyeron despertar de un sueño.
Comentario:
Comentario:
¡Cómo me gustaría saber expresarme como tú, para poder transmitirte cuánto me ha gustado!
Comentario:
¡Me ha encantado el cuento! Y también las reflexiones de Juan Pedro sobre esas dos palabras tan sonoramente significativas.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Hay expresiones que no constan en nuestro diccionario, que no están oficializadas, y que, unas veces de forma fraudulenta, otras de forma estúpida e indolente, y otras con descarada patente de corso, suelen filtrarse en nuestra lengua para designar de forma redundante, para provocar transcodificaciones antieconómicas o inútiles y, las más de las veces, para producir la confusión no sólo de los hablantes sino también de una serie de profesionales, como periodistas, traductores, escritores, etc., que no pueden quedarse indiferentes ante tal desaguisado. Sin embargo, hay ocasiones en las que la aparición epentética de un vocablo es especialmente gratificante, y esto sucede, sobre todo, cuando se trata de un texto artístico, creativo, con dosis muy medidas y calculadas de novedad significativa y no meramente ornamentales o fruto del esnobismo más ramplón. Es este el caso que podemos encontrar en el magnífico texto con el que Santiago Delgado nos regala a su vuelta de Calabria: "La envidia de Zeus"; un texto precioso, que nos recrea un pasaje mitológico con tanta sencillez como belleza, lo que hace que desaparezca totalmente la voz del autor, incluido ese punto final o cierre textual de "Vale" con el que nos tiene acostumbrados. Pero, volviendo al punto de interés de mi pequeña reflexión, me llaman la atención dos vocablos cargados de resonancias semánticas. Se trata de "casquialado" y "taurobolio". Al respecto, y antes de seguir escribiendo, me gustaría consultar la última versión del diccionario de la Real Academia (DRAE), pero me resisto a ello por lo pernicioso que pudiera resultar, ya que en la misma, y por razones que no alcanzo a comprender, o sí, los destrozos lingüísticos, las contradicciones con las propias normas académicas y las irregularidades respecto a la gramática y a la ortografía de la lengua española son altamente significativas. Pero en fin, desisto actuar sobre el particular y sigo opinando sobre la base de mi conocimiento previo, y subrayo que no se trata aquí de términos arbitrarios ni de extranjerismos más o menos calcados o inducidos por las modas, sino que son términos de aglutinación, ennoblecidos en la caldera de nuestra cultura lingüística grecorromana. En el estilo del texto se contempla también la musicalidad de las palabras, el ritmo y la cadencia clásica. Y es verdad que una expresión como "casquialado", aplicada en forma de epíteto al Hermes del caduceo resulta especialmente aclaratoria. El heraldo de los dioses, este dios secundario, copero y mensajero, versátil y sagaz, consigue una estimación superior a la de otras muchas divinidades de primer orden, y esto va ligado a su movilidad, a su capacidad de representación y a su muy intensa y diferenciada iconicidad. Si "el de los pies ligeros" es el pélida Aquiles, si cazadora es Artemisa, si bella es Helena, si átrida es Agamenón, si protector es Héctor, si conductor es Odiseo..., es evidente, ya en su externa manifestación, que casquialado es Hermes. Se trata por tanto de un vocablo lógico, construido según cánones, sonoro, connotativo y muy visual. Por su parte, la expresión sustantiva "taurobolio" es más culta, menos visual y menos previsible, si bien no está demasiado alejada de sus componentes léxicos. Poseidón se siente comprometido por el sacrificio que los nautas le han hecho antes de lanzarse al peligroso piélago y no puede tomar la decisión de hacer naufragar la nave, aunque el mandato le venga del mismísimo Zeus. El sacrificio de un toro, el pago y la inversión demandan protección y compromiso, la fidelidad de los hombres exige correspondencia por parte de los dioses. En definitiva, tan sólo son dos palabras, dos vocablos construidos en la estricta exigencia del texto, con lógica, con armonía, con buen sentido; dos vocablos que reconcilian la historia con el presente, dos vocablos que enfatizan el aire, la atmósfera y musicalidad de un relato de corte clásico enfundado en una lengua heredera, realzada e ilustrada por el buen hacer de usuarios y artífices como Santiago Delgado.





