Espinosa y Gaya
He titulado con los nombres de estos dos grandes creadores este artículo que acabo de empezar, y no sé bien si voy a hablar más de mí mismo que de ellos dos. Han sido mis contemporáneos estrictos, también mis coterráneos, y han sido asimismo, sin duda, las dos más grandes figuras en el campo de lo intelectual que esta Región ha dado a la universalidad en el siglo XX. Y yo no he sido lo suficientemente agraciado por el destino como para conocerlos, y entablar conversación con ninguno de los dos, nunca, nada. El caso es que veía llegar y cumplirse este destino, y nunca hice nada por contradecirlo. Siempre me pareció obsceno tratar de vencer a esta inexorabilidad que vi llegar en el caso de Espinosa, y que más que apreciarla, la comprobaba día a día, si hablamos de Gaya.
A los dos los he estudiado, y de los dos he hablado y publicado; pero con ninguno de los dos cruce palabra en vida. Una suerte de leve tristeza, lúcida y de lejano amargor, me invade al saber ya concluso este designio como de desaire que el destino me ha deparado. Recuerdo dos poemas de Borges, que me brindan ese amparo, acaso decadente, que destila la poesía que hace diana en algo muy profundo de tu adentro. Uno es aquél que se titula, creo, Desdicha. No quiero buscar la cita precisa. Prefiero quedarme en la nota de bolsillo de la chaqueta del recuerdo, que me es más grata. Sea la perfección con otros. Los primeros compases del poema decían, más o menos así: “He cometido el mayor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz…”. Bien cortado en endecasílabos, así decía, o dice, el maestro argentino. Aplicado a mi condición, menor o mayor, de hombre de letras, me siento identificado con esa desdicha: viviendo en las mismas calles que Espinosa y Gaya, no tuve el valor, o la osadía, o el atrevimiento, no sé, de dirigirme a ellos. Tampoco hubo nadie que, en caso de coincidencia, hiciera presentación alguna. Sin duda, pecado mío ha sido haber dejado pasar la oportunidad, que el mismo destino me ofrecía, y que el mismo destino me ocultaba.
El segundo poema a que me refiero, también de Borges, es aquel dedicado a un poeta menor de Antología. De dicho poeta, mentado en segunda persona por el autor, se dice en el poema: “Entre los asfódelos de la sombra, tu vana sombra pensará que los dioses han sido avaros… Sobre otros arrojaron los dioses la inexorable luz de la gloria…”. Corten ustedes los endecasílabos, que mi memoria, acaso muerta en una noche de luna en la que era muy hermoso no me acuerdo qué, incapaz se ve para hacerlo. Luego, reduzcan el campo de aplicabilidad a esto que digo, y que pretendo hacer pasar por el meollo del artículo. Sobre otros arrojaron los dioses la oportunidad de hablar y conocer, en otros casos hasta entablar amistad, con los dos genios.
Y eso es todo. En ello pensaba mientras veía las fotos de quienes fueron a la inhumación de Ramón Gaya. Yo no fui. Creí en la estricta intimidad del acto, que decía la nota de prensa. Lo sentí como la firma del destino a pie de documento, sellando como definitiva su decisión de no concederme allegamiento a ellos. Sea como decidido fue. Y acabe aquí todo. Vale.





