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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Tierra sin Mal, buena novela


Tenemos todos la costumbre de recomendar aquellas novelas que estimamos buenas, que nos han hecho pasar un buen rato. En el caso de las novelas históricas, además, tenemos la ocasión de aprender. No es difícil, teniendo un mínimo de formación, deslindar lo anecdótico de lo categórico en esta narrativa tan en boga hoy en día. Jesús Sánchez Adalid es uno de los novelistas históricos españoles actuales más sobresalientes. Escribe novelas largas, bien documentadas, y fuertemente basadas en las secuencias de tiempo real, que dan gran impronta de verismo.
En Tierra sin Mal, Adalid desarrolla la peripecia paralela de dos extremeños del siglo de Oro, Tomás Llera, hidalgo rural, con el ansia de poder, riqueza y aventura en su ser, y Enrique Madrigal, jesuita platónico y utopista. La novela nos sitúa en la España del Quijote, y tiene por objeto narrar cómo marcharon a hacer las Américas dos tipos de españoles: aquellos que fueron responsables de que la llamada Leyenda Negra tuviese base sobre la que afirmarse, y aquellos que no lograron sino ser carne de erudición de letra pequeña en las crónicas de la Conquista.
Nos situamos en la Corona unificada para toda la península ibérica. Tomás Llera es alejado de su Zafra natal para evitar mayores males a la familia, dada su condición de pendenciero, descarado y atrevido. Luego de vagabundear por Madrid, logar integrarse en los tercios españoles, y hacerse ayudante de un sargento cínico y ambicioso, que integra una trama mafiosa, dirigida por portugueses, que tiene por objeto evitar el traslado a las tierras limítrofes de Brasil y Paraguay, de las órdenes humanitarias que ha dado el rey. Casi protagonista de esas órdenes civilizadoras, es Enrique Madrigal, trujillano, sacerdote de la Compañía, que habrá de hacerse cargo de una de las famosas reducción jesuíticas del Paraguay, donde la Orden pudo hacer realidad las utopías de Moro y Campanella.
El territorio era tierra de promisión para los jesuitas, españoles e italianos, y tierra de cacería de esclavos para los portugueses de Sao Paulo: los malvados de la novela, que también lo fueron verdaderamente en la Historia. Los fundamentos económicos de la urbe actual, en Brasil, no a otra causa deben su prosperidad, sino a las cacerías de esclavos, que los bandeirantes como el Clemente Alvares de la novela, hacían en territorio español gobernado por los jesuitas. Pero los portugueses no nos han descargado nada de nuestra leyenda negra.
Viene a ser como aquella película “La Misión”, pero con más verdad y minuciosidad. Con más precisión y esclarecimiento. Una novela que relata una historia de buenos y malos, y que, por una vez, no difiere de la realidad. En las tierras aledañas al Iguazú, había unos malos: los bandeirantes portugueses cazaesclavos. Y unos buenos, los jesuitas españoles, que luchaban por conferir la dignidad humana a las tribus indígenas. Un siglo más tarde de esta historia, conseguían ganar los malos. A veces, el maniqueísmo acierta. Vale
 
Comentario:
No es apropiado hablar aquí y ahora de la certeza histórica de "Tierra sin Mal" porque ya lo haces tú, y, por cierto, muy atinadamente, amigo Santiago. Y tampoco es oportuna la intromisión en su análisis estético, que no es este el sitio ni es tampoco mi espacio, pero sí me voy a permitir, en lo que el blog me tolera, una apretada reflexión histórica sobre la lucha de los jesuitas españoles por conferir la dignidad humana a las tribus indígenas. La acción de los esclavistas y la situación religiosa, política y social de Brasil se repite, con sus más y sus menos y con sus peculiaridades territoriales, en otras áreas de la América recién inaugurada. Será en Nueva España, según palabras autorizadas de Bartolomé Frías de Albornoz, a la sazón catedrático de la Universidad de México en la segunda mitad del siglo XVI, en donde los encomenderos sustituirán a los caciques, oprimiendo mucho menos que ellos a los indios, ya que la encomienda era un sistema tributario de indios libres y no de esclavos. Antes de la llegada de los españoles, los indios eran allí "maceguales" o bestias de carga, "pilis" o hidalgos, y "tlotouani" o grandes señores; pero la libertad absoluta sólo era conocida por Moctezuma. Realmente, y, a veces al margen de su intencionalidad, los españoles liberaron al indio, con las limitaciones obvias de la encomienda. Y la Nueva Roma, que un día fue diseñada, querida y fraguada en la piel de Hispania, como renovadora del Imperio y defensora a ultranza de la Cruz, volvió a repetir la tendencia o propensión de su destino histórico en las tierras americanas. Tras los franciscanos, mercedarios, dominicos y agustinos, los jesuitas, misionarios tardíos, se sumergen en una formación de excelencia y calidad para emerger después completamente renovados y reflotar, a su vez, a cristianos viejos y cristianizados nuevos. Las reducciones jesuíticas persiguen una clara mejora de las encomiendas, pretenden una auténtica liberación del indio, que en muchos casos se encuentran en situaciones no muy deseables bajo el régimen de yaconas y mitayos. El realismo jesuítico, a la vez de conciliador resulta tremendamente moderno en el acto de aunar los intereses materiales y espirituales. El aprendizaje de un oficio, la cualificación profesional del indio, el ejercicio administrativo e incluso la organización de una defensa real frente a los esclavistas que bajan de Brasil para saquear las reducciones y arrasar las propiedades comunes (tupambaé) y los pequeños huertos (amambaé) son acciones prioritarias de la Societas Iesu. El celo bien fundamentado, la lealtad, el conocimiento y la eficiencia son motores constantes en las reducciones de Paraguay, Llanos, Orinoco, Nueva Granada y México. Pese a los tópicos fáciles e intencionados y a las leyendas más o menos oscuras, resulta evidente que la Cruz no es portada ni por bobos ni por diablos. La realidad es que cruz, pluma, imprenta y espada empujan a aztecas, mayas, incas, araucanos, guaraníes y demás pueblos indígenas a un salto cultural de más de tres mil años. La brutalidad, el exceso, la ambición, el crimen y otras lindezas no son inventadas por los conquistadores ni por los colonizadores, sino que van con ellos, como lastres naturales de la condición humana. En todo caso, es la autocrítica una aportación de gran valor, una postura auténtica, valiente y novedosa, sobre todo en los representantes de la Cruz, lo que lamentablemente no consigue evitar el enfrentamiento entre facciones religiosas con un tono sobrecargado de áspera tozudez. Los conflictos entre gobernadores y obispos, entre obispos y la Compañía de Jesús ocasionan desavenencias que degeneran en luchas sangrientas. Y es allá por el año 1750 que el rey Fernando VI, movido por la influencia de su esposa, doña Bárbara de Braganza, firma un desastroso pacto con Portugal que pone en situación complicada a las reducciones jesuíticas españolas, perjudicando seriamente a los neófitos guaraníes. La interacción de Choiseul en Francia, Pombal en Portugal y Aranda en España hace que en 1773 se disuelva la Orden, perdiéndose el sistema de colectivismo, la utopía razonada, el estímulo de la propiedad individual y el auténtico progreso que, en definitiva, se había iniciado "ad maiorem Dei gloriam" en las tierras americanas.
No