27 de octubre, 300 días del 2005
No les voy a decir cómo lo he sabido, porque existiendo Internet, nada hay ya extraño en las cosas del saber, o de su sucedáneo el aparentar saber. De todas maneras, para los aficionados al cálculo la cuenta no es muy difícil. Los dos meses que faltan para las campanas y un poco más, de días, claro, y ya está la cuenta. Trescientos amaneceres con el de esta mañana, y trescientos atardeceres con el de esta víspera. Lo que queda es un rabo, calculado por los astrónomos desde los caldeos hasta los científicos de la NASA, que miden el tiempo con bisturí diamantino, llegando hasta las cifras postdecimales últimas, que, a lo peor, son virtuales y no existen sino en montón. La Física, desde Einstein, el amante de Marylin.
Trescientos es cifra cabalística que da mucho de sí, por lo menos, por lo menos, para llenar una artículo de página y cabo, medido por el cuentapalabras de word, que pasa de las quinientas, según la gana y el ímpetu del cronista. En un día trescientos hay que hacer cosas grandes, como declararse a la mujer amada, si es que eso se hace todavía, que no lo sé. Eso, si no es que ahora se hace al revés, los pájaros a las escopetas, que decía un refrán machista de antaño. Es un día fasto para las declaraciones, pero no de la renta. Pruébelo y me lo dice.
Así, este veintisiete travestido de trescientos se nos presenta como heraldo de lluvia, según todos los mapas de tiempo. Un viento sur, que llevará los 25 grados Celsius de temperatura hasta el norte peninsular. Cuando el viento sur da en el norte, se vuelven un poco locas aquellas gentes del norte, tan hechas a la bruma y al viento del septentrión, en vuelo directo desde Islandia. Después de la dilatación de los mercurios, llegará la borrasca atlántica, que dejará agüica de lluvia en todas partes menos en Murcia, aunque dirán que llovió en toda España. Pero eso será ya a partir del día trescientos uno.
En realidad, caigo en la cuenta, si siguiéramos la numeración sucesiva no diríamos hoy es tantos del mes cuanto, sino hoy es 245, por ejemplo, u hoy es 157. Sería mejor, nos obligaría a hacer cuentas mentales, y el cacumen se agilizaría. Los alumnos irían mejor en Matemáticas. Sería como si la Literatura y la Historia dejaran hueco a las Matemáticas, y sustityérmos a Julio César o el dios Marte por una cifra de una, dos o tres cifras. A lo mejor se dividía la sociedad, como antaño, en gentes de ciencias y gentes de letras. Los de letras serían cíclicos, repitiendo cada treintena de jornadas. Los de ciencias serían sucesivos, siempre adelante, marcando con cada centena las estaciones del año. El Eterno Retorno, letras, contra la Sucesividad. Parmenides contra Heráclito. Siempre los griegos al fondo de todo cuanto pretende ser nuevo. El círculo comtra la línea. Geometría pura. Nadie que no sepa Geometría entre aquí, dicen que puso Platon en su Academia. Y todos se afanaban en conocer el teorema de Pitágoras y las proyecciones de Euclides. Hoy, los bachilleres pasan de la Geometría teórica, pero se funden con la Geometría aplicada, y proyectan simetrías y asimetrías, proporciones de segmentos a sus peinados y a sus tatuajes, sin saberlo.
Y acabo, con 555 palabras hasta el punto y aparte anterior. Esto es la coda. Feliz día trescientos. Vale.
Comentario:
Aunque haya sido este texto del trescientos un artículo estricto y puntual, por cierto muy bien escrito y con unas dosis muy finas de humor, y aunque no lo haya mandado hacer Violante, ni Santiago se haya visto en tal aprieto, me detengo en él para llevar a acabo un escarceo con sus referencias geométricas. Porque más allá de Pitágoras, que a fin de cuentas no fue más que un mago con una inteligencia preclara, de Euclides y de las aplicaciones geométricas de los jóvenes, está esa otra visión del mundo sometida a la imaginación creativa (redundante adjetivo que desvela la función primaria de la imaginación), que facilita una aproximación mucho más realista de las formas y estructuras del mundo al tiempo que las representa con un auténtico derroche de belleza en estado puro: se trata de la denominada geometría fractal. No cabe duda de que la imaginación es el lujo de la inteligencia y Benoît Mandelbrot ha llevado este lujo a límites de verdadero virtuosismo creativo, quizá sibaritismo. Basándose en la algoritmia como medio de representación y utilizando el ordenador como herramienta, los principios abstractos de Koch, Cantor, Cesaro, Peano, Hilbert, Hausdorff y Sierpinski adquieren corporeidad geométrica y se materializan en unas imágenes con especial encanto poético. Los comportamientos caóticos imprevisibles, propios de la climatología, de la geología, de la medicina, de la botánica, de la economía y de las ciencias sociales, son un laboratorio idóneo para la aplicación de los programas fractales. Un fractal consta de fragmentos geométricos de orientación y tamaño variable, pero de aspecto siempre similar, por lo que si lo ampliamos podemos constatar la autosimilitud repetitiva de las formas, siendo las coloraciones cíclicas y las representaciones gráficas hasta el infinito un reservorio insospechado de nuevas perspectivas matemáticas, así como una fuente continua de interpretaciones sobre la complejidad de la naturaleza. Frente al reduccionismo cartesiano, Mandelbrot ha generado un instrumento que pone en evidencia y contradice muchos de los principios tradicionalmente aceptados. No hay duda de que se trata de una verdadera alternativa para nutrir la imaginación científica. La imaginación se alimenta de remover las ideas y éstas, vengan de donde vengan, siempre están dispuestas a ser agitadas, retorcidas, deformadas y vueltas a formar, adquiriendo después nuevos aspectos, nuevas estructuras y nuevas funcionalidades prácticas y estéticas. Así, de la misma manera, se renuevan las personas, los ciclos y hasta los contenidos de un texto literario que, al exprimirlo, retorcerlo y descomponerlo, nos puede regalar con una formulación distinta y novedosa, a la que sólo es exigible una correspondencia de dignidad y de elegancia expositiva. No sé por qué, pero terminando este comentario, me viene a la cabeza, de forma reiterativa e insistente, quizá geométricamente fractal, un cruce numérico que da cabida a los cien mil hijos de San Luis, a la Anábasis y retirada de los diez mil, a las doce Órdenes de los Espíritus Benditos, a los seiscientos hombres de Cortés, a los diez mil átomos máximos de los viroides... y, ante tamaño dislate, pongo freno a la memoria con una piadosa y generosa interpretación, queriendo creer que entre el uno y el infinito, siempre en continua repetición y reformulación, se mueven las ideas, los fenómenos, las decisiones y las acciones, los hombres y sus pasiones, los temas y los remas, los meritorios escritos y humildes comentarios de 555 palabras.





