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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Cien años de Rubén


Hace cien años, mágico número diría él, que Rubén Darío publicó Cantos de Vida y Esperanza. Fue en 1905. La poesía volvió a vestirse de gala, de la gala del ritmo y de la rima, de la elegancia, del buen sonar, y volvió a ser una poesía de contenido poético. Gloria a Rubén. Barrió a la poesía realista de tren expreso y costumbrismo pequeñoburgués de emoción perfectamente descriptible, municipal y espesa. Rubén traía la belleza y la música, y forzaba al idioma a ritmos clásicos de tiempos de oro, anteriores a la barbarie medieval. Maridaba el hexámetro y el endecasílabo, y nos dejó un idioma a punto para que el 27 lo vistiera de definitiva modernidad, con Juan Ramón a la cabeza; Juan Ramón, que ahijado fue del nicaragüense. Sin él, sin Darío, el español jamás hubiera podido vestir las galas de encaje y puntilla, brocados y sedas, tules y celofanes que él supo cortar para el harapiento maniquí que era el lenguaje poético de los Núñez de Arce o Campoamor, retomando al inmortal Bécquer. Rubén dejaba escrito en el prefacio de su obra: <>. Ese no es el sino de Rubén; es el de todo poeta. No él, como persona, su obra que no es sino su otro yo.

Rubén era bohemio y universal, ciudadano del mundo, que hizo sus particulares Españas en un Madrid miserable y polvoriento. Valle lo hizo personaje de teatro en Luces de Bohemia, y nos lo presentó como un observador, el único posible, de aquel Madrid de la Restauración, canallesco de cochambre y cutrez.

Ya viene el Cortejo, Ya viene el cortejo! / Ya se oyen los claros clarines. / La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. Decía el poeta en aquel libro, y escuchábamos el sonar de los cuernos y los atambores, y nos hacíamos todos bajomedievales espectadores que veíamos regresar al triunfador como posando para un grabado de Gustavo Doré o un cuadro imposible de Sorolla. Ínclitas razas ubérrimas, decía en otro verso inmarcesible, gloriando a la América hispana, en una optimista salutación. El idioma era rescatado del desván de lo vetusto y gastado, y retomaba nuevos bríos para incitar a jóvenes rebeldes a derribarlo. Agradecer deberían todos los que derriban gigantes a quien generó tales gigantes. Hay hazaña porque hay gigante derribado. Y ese gigante era Rubén, y su verso de campanillas celestiales, sonoras y mostradoras directas de la belleza.

El idioma español hace cien años que conoció qué cosa era belleza. Había conocido qué cosa era sentimiento, de muerte, con Manrique, de desamor con Garcilaso, de hondura humana con Quevedo, de enamoramiento con Bécquer… El nicaragüense nos trajo un puñado de rosas de edénico perfume, que aún transita el aire de la lengua, a pesar de la sublime trivialización que hicieron quienes detrás de él vinieron.

Cien años de Rubén: escritores todos en lengua española, poneos en pie y honradlo. Vale.

 
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo; cuesta aceptar, querido Santiago, que hagas un legítimo homenaje a Rubén Darío y el comentario pudiera quedar huérfano de apoyos. Así que, aunque no estoy muy sobrado de tiempo, fuerzo un paréntesis para servir de tímido eco a tu muy lograda página. Cuántas falacias han esgrimido los que del nicaragüense sólo destacan lo huero de su música y lo ampuloso de su colorido, cosa que, aunque así fuera, no restringiría la grandeza de hacer de la música palabra y de la palabra un verdadero arco iris. Y, aunque llegara a estar mudo el teclado de su clave sonoro, los cielos de Oriente y las perlas de Ormuz siempre llevarían a cabo el rapto apasionado de todos y cada uno de los componentes del espectro. El verso rubeniano es música poiética y cromática poiética, del más puro y griego poietikós, una excelsitud de las formas recreadas en infinitas y sensibles connotaciones. Como Víctor Horta, arquitecto modernista belga, aconsejaba a su discípulo el joven francés Héctor Guimard, no importan tanto las flores como la lógica constructiva del tallo, la intrincada razón de las raíces, las uniones, la textura de la corteza, las contracciones y dilataciones. Y de esa contradicción nace el sentimiento autoconsciente y complementario de los ritmos y las formas ondulantes. "Pues no hay mayor dolor que el dolor de ser vivo,/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente" nos dirá el mismo Darío de la Sonatina y de La Marcha Triunfal. Y se renovará el verso romántico para trascender una formalización poética. El modernismo de Rubén Darío es, ante todo, una explosión de entusiasmo, una actitud de libertad para el logro de la belleza. La huida de la grisura cotidiana, la negación de la vulgaridad y de la ramplonería, conduce al exotismo de las formas, a la búsqueda intensa de todo aquello que remueve la imaginación hacia una revolucionaria expresión de la belleza. Por otra parte, el cosmopolitismo de Rubén, así como su mirada al pasado prehispánico frente al añejo y desfasado casticismo, responde a toda una estética bien fundamentada, es un enfrentamiento entre dos visiones del hombre y del mundo, dos visiones que estaban perfectamente representadas por la América latina y la América anglosajona: "Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/ que aún reza a Jesucristo y aún habla en español". Y en otro lugar, entre cisnes errantes y soñadores, deja Rubén su grito y denuncia: "¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?/ ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?/ ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?/ ¿Callaremos ahora para llorar después?". Al respecto, podría ser iluminadora la opinión reiterada de Octavio Paz que, en unión a la de Valera, otorgaría sentido a la trascendencia, al universalismo y a las motivaciones profundas de los pueblos, todo ello en una amalgama de convicciones frente a los destinos limitados, ya fueran de carácter individual o social. El mito clásico, la fantasía exótica y la belleza formal no son en Darío más que instrumentos de la libertad al servicio de un pensamiento lúcido y de un arte comprometido con su tiempo. La misión profética de Rubén Darío lo eleva a la categoría de auténtico gigante. Honra al poeta.
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