La batalla de Archivel, 48 a.JC.
Casi a punto de amanecer, con el campo iluminado todavía por las antorchas e incendios de los estragos, el centurión procedió a reclutar tres cuadrillas de velites auxiliares. Habrían de continuar camino hacia la Hispania Ulterior, y había que hacerlo recién salido el sol, según había decidido Cneo Pompeyo, Imperator desde su desembarco en Cartago-Nova. La primera cuadrilla habría de pasar dando la piedad de la muerte a los moribundos, a veces debajo de un amasijo de cadáveres. La segunda desvalijándolos. En ella iría el propio centurión, con un saco, para recolectar el ajuar del saqueo. Algunos de esta segunda cuadrilla irían recopilando armas en uso. Para la tercera cuadrilla habría de ser el trabajo de ir recogiendo cadáveres en la carreta confiscada a los lugareños. Luego, con los restos de una de las torres de asalto improvisadas con la leña de pino de los alrededores, harían una pira para incinerar los cuerpos. Nunca hay tiempo para enterrar a los muertos en las batallas. Los buitres, sin tiempo para picotear la carne muerta la noche anterior, esperando estaban en las cumbres aledañas. El castellum de Archivel había caído antes del ocaso. Los cesarianos que custodiaban el paso, frontera de las dos Hispanias, habían muerto todos, las dos torres de su enclave, semiderruidas, emanaban luminoso humo, producto de las brasas aún ardidas.
Eran los finales del verano del año 48 a J.C. Pompeyo ya ha muerto asesinado en Alejandría, ante la llegada del César victorioso. Cneo, el vástago pompeyano acude a Hispania para poner en pie de guerra a la clientela que su padre ha sabido organizar y fortalecer durante su imperio en la península occidental. El hijo de Pompeyo el Grande se ha hecho conferir el Imperium en Cartago-Nova, y busca a los aliados de su progenitor por los campos interiores de la Bética. Sube por el río Theodoros, el nombre del Segura de entonces, y enlaza con el Quipar y con el Argos. Arriba hasta los Villaricos, cabe la actual Ermita de la Encarnación en Caravaca, y asedia la ciudad. Se resisten sus habitantes, y el Emperador decide seguir adelante. Apenas ha marchado media jornada cuando advertidos es por los oteadores de que hay dos castella que guarnecen el paso a la cabecera de la Bética. Furioso el vástago pompeyano ordena el asalto y destrucción. De poco valen unos cuantos iberos reluctantes a sus espaldas, pero toda una guarnición de legionarios en castellum mucho es para dejar tras de sí. Pompeyo comprueba una vez más que la costa no le es favorable. No obstante, de sus puertos no podrán salir naves cargadas de garum, trigo o vino para el Lazio, mientras él controle las tierras del interior que lo producen.
Tres años después, será ejecutado, tras ser derrotado en batalla, en Munda, Córdoba. César habrá derrotado a su enemigo, y será el único Emperador. Sus historiadores, prestos sólo a gloriar al vencedor, no harán mención jamás de la derrota de sus castella en lo que hoy llamamos Archivel.
Es una efeméride de la tierra de esta Región, debida al trabajo de los arqueólogos, que saben leer el libro del subsuelo. Vale.





