Un anfitrión de lujo
Hace ya más de un mes viajé a Calabria. No importa ahora por qué ni para qué. Quedan las categorías, pasan las anécdotas finalistas u originarias. Formaba parte de un grupo de tres franceses, Martine, Alain y Nicolas; una lituana, Dalia, y un austriaco, Herwig. Determinado día de nuestra estancia, fuimos invitados al llamado Palazzo del Capo, situado a la vera del mar, en Bonifati, al norte de la costa tirrena. La silueta del Stromboli, cónica y volcánica, se perfilaba imponente en el horizonte, al sur de aquel día azul y hermoso del primer otoño.
El Palazzo, una fortificación de defensa costera, mayor y de más consideración que las demás, había sido convertido en hotel de lujo por su dueño, un descendiente de los Duques de Anjou, aristónimo sin par en la zona; aunque el título había ido a parar a otros miembros de la familia. Anjou, por mor del gasto que las gentes hacen en las palabras, había devenido Aloe, vocablo más aéreo y evocativo.
Su pelo era canoso como el de un senador romano del Imperio; su porte, el de un gentleman del Imperio Británico en viaje por cualquier parte exótica, lejos de los territorios de Su Majestad. Todo el entorno del Palazzo-Hotel tresmanaba clase, estilo y buen gusto por doquier. Sus ideas me recordaron aquellas de Lampedusa en El Gatopardo: “Es necesario que algo cambie para que nada cambie”. Era contrario a la industrialización de Calabria, aduciendo la falta de materias primas, en un tiempo en que lo que cunde económicamente es la plusvalía de la manufacturación. Y era partidario de que prosiguiera la emigración en aquella tierra, si bien disfrazada de “exportación de la inteligencia”. Por supuesto, también era contrario al Gran Puente entre el Continente y Sicilia.
No obstante, su hospedaje rezumaba concesión de privilegio por todos sus poros. Sacó su mejor vajilla, su cristalería de Murano, su cubertería de plata y nos obsequió con un menú preparado especialmente para aquella visita nuestra europea. Todo ello, con un trato perfectamente ambiguo, entre la familiaridad y el rigor del protocolo.
En su honor, compuse este poema, respecto del cual, ni yo mismo sé si va en serio o no. Júzguenlo los tiempos por llegar. Yo no alcanzo a tanto:
PALAZZO DEL CAPO, BONIFATI: Cuando fui un muerto / me llevaron enseguida / ante el Gran Jurado Divino. // Y no sabían si darme el último / lugar del Purgatorio o condenarme. // Entonces, se levantó mi abogado defensor, y dijo: // -Esta alma fue invitada un día, a su mesa, / por el Gran Duque de Aloe, en su Palazzo del Capo, / en Bonifati de Calabria. // Y el Buen Dios, que todo lo oye, / ordenó al punto que el caso fuera sobreseído. // Por eso ahora, os escribo desde el Cielo. // No obstante, debo añadiros, / sigo añorando la hospitalidad del Duque.
Vale.





