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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Recordando a Miguel Hernández


Llueve en esta tarde, entrado ya Noviembre. Y hace frío. Son un poco, la lluvia y el frío, algo así como heraldos de la muerte. Y me traen mensajes tristes, de gentes que, aunque nunca conocí, sé de ellos por los libros. Cuánto más conocemos por los libros que por nuestra propia experiencia personal… Es así como me viene a la memoria que, en un día como éstos, frío y gris, acaso con lluvia, en el Noviembre de aquel lejano año de 1941, el poeta Miguel Hernández, preso político en la cárcel de Ocaña, contrajera la tuberculosis que le habría de llevar a la muerte, casi seis meses más tarde, en Marzo de 1942, tercer año triunfal de sus enemigos, que también lo eran de la libertad del pueblo español. Fue trasladado a Alicante, donde el germen de la enfermedad se desató imparable hasta conseguir de él el descanso eterno. Quiso ser fiel a la causa a la que había entregado su corazón y permaneció en la militancia que le había dado naturaleza, fuera de la Religión; la cual, una y otra vez, con insistencia aliada con la crueldad, persistía en ofrecerle mejores cuidados si se reconciliaba con la fe activa de su adolescencia y juventud.
Miguel Hernández no hacía versos de narciso, como Luís Cernuda, ni siquiera de claveles, como Alberti; o de rosas como Federico. Sus versos eran de barro y de retama, de higos verdes y de limones en agraz. Por eso, aunque no los escribiera él, esos versos que se le atribuyen como últimos, escritos en la pared de su celda, están escritos con la sangre de su mejor estro poético, y merecen ser de él. La mente y la mano que los compuso, si no las del propio Miguel, sí eran de su barro y de su retama, de su limonero. Recordémoslos: Adiós, camaradas, amigos, / despedidme del sol y de los trigos.
Basado en esos versos técnicamente apócrifos, compuse ha tiempo esta rima larga en su honor que a continuación transcribo:
Cuando ocurrió tu muerte, / ya habrías dejado escrito / sobre el muro de tu celda / aquellos versos: / Adiós camaradas, amigos, / despedidme del sol y de los trigos. / Tendrías vuelta la cabeza / para el otro lado del hilo / de luz del infame ventano / de tu prisión de castigo, / -daña la luz de vida / al moribundo presentido- / y habrías tornado a acordarte / de tu mujer, Josefina, / y quizá también de tu hijo. / No te vendría deseo alguno / de verte arrepentido / por cuanto hiciste / por tu pobre pueblo vencido. // De pronto, nada, un instante, / acaso un suspiro, / y acabó todo en un instante / casi sin haberlo sentido. / Adiós, Miguel, compañero / del alma, amigo. / Que la tierra te sea leve, / como el vuelo de un pajarillo, / como la brisa que viene / del campo los domingos, / como las miradas de amor / de los novios primerizos. / Adiós, Miguel, / Poeta del Pueblo, amigo, / sean tuyos por siempre / la rosa del huerto florido / y la espiga del campo de trigo.
Vale.

 
Comentario:
Adorado poeta Miguel Hernández; amor y odio vivenciales, no gimnasias literarias.
 
Comentario:
Entrañable el artículo de Santiago Delgado, por la sinceridad de su afecto hacia el poeta que no conoció y cuya cercanía espiritual transciende el tiempo, sin embargo. La lluvia, tan necesaria pero tan poco acostumbrada por tierras surestinas, traen a S. Delgado sentimientos melancólicos que se encarnan en el recuerdo del poeta oriolano. Uno de sus poetas del alma, sin duda, como demuestra en sus propios versos, colofón de un artículo emotivo y testimonial.
No