La Poesía, de nuevo
Doy una segunda vuelta al último libro de Eloy Sánchez Rosillo, ahora con el lápiz en la mano, anotando en los márgenes las lucubraciones que su lectura me produce, y veo que ya está bien para dar mi comentario a esta columna periodística que sustento día a día. Bien sé que no es éste sitio para decir cosas definitivas acerca de lo leído. No es, ciertamente, el papel, o el destello virtual de una pantalla de plasma, sustituto del mármol o el pórfido; pero tengo ya la costumbre adquirida, y por seguirla una vez más no se van a romper las puertas del séptimo sello. Por otra parte, lo escrito es siempre asaz misterioso y bien pudiera ser que algún adverbio mío esclareciese a alguien qué sé yo qué cosas de la poesía de Eloy. Ningún sabio, siempre lejos de mí, se verá empecido por la lectura que a partir del renglón siguiente se va a hacer en esta prosa, que, en el mejor de los casos, tendrá la vida efímera de un par de días perdidos en un anónimo mes de Noviembre de un año con muchos ceros entre sus guarismos.
Anotemos para empezar que el libro se llama La Certeza. Ello invita a pensar si es que acaso todo lo anterior no era sino formas de la duda. Y, en efecto, encontramos motivos para afirmarlo así, aunque bien conocemos el relativismo inherente a todo comentario sobre textos poéticos o simplemente creativos. Hay una lectura inmediata, que resalta la novedad del Optimismo antropológico que, tras saltar aquí y allá, esporádico, en el libro, se afirma como mensaje al final de la colección. Ese Optimismo sería la certeza aludida, mientras que el tono elegíaco del resto de su obra, y muy presente aún en este libro, sería la Duda.
El poeta, tras insistir, variando los matices, sobre sus topica: el verano, la infancia, el recuerdo inasible pero inefable, la felicidad climática, la narratividad del suceso categorizado, la metapoética, etc., asciende hasta una cierta ascética del dolor metafísico; un dolor basado en la imposibilidad de asumir intelectualmente la paradoja de la unidad de los contrarios. El poeta proclama su creencia en ella, mas deja testimonio de que se trata de una asunción dolorosa. Es una paradoja resuelta en varias formas: principio y fin, bien y mal, tiempo ido y tiempo presente, alegría y dolor, lo fugaz y lo eterno, etc.
Eloy acierta a presentarnos ese dolor mediante unos razonamientos que, si bien van envueltos en esa expresividad tan suya de la fluidez oracional, basada en los encabalgamientos continuos y en la cuidada estructura levemente envolvente de sus periodos, logran emocionar primero y llegan a hacer vibrar nuestro ser después.
Creo que sí, en efecto, si todo lo anterior en la obra de Eloy se puede englobar como los hitos de un proceso de decantación, de depuración en lo elegíaco; este libro se aparta, no con ruptura, pero sí con decisión centrífuga firme y gradual, de dicha línea. No tanto por ese Optimismo hímnico, muy rastreable en La Certeza, como por testimoniar ese nuevo dolor que no convoca ya a la melancolía, sino a la perplejidad de saberse, como humano, campo de batalla de lo paradojal. Vale.





