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Buscando a Alicia (la isla)

Cuando te encuentre, Alicia, los pájaros harán sonidos tan complejos que será imposible diferenciarlos del martilleo de tus alas o de la incesante amenaza de la soledad. Todo parecerá incomprensible y yo seré feliz, y te querré cada millonésima parte de nuestros segundos. No comprenderemos nada, pero encontraré la manera de amarte, para que tú me entiendas.

Cuando te encuentre, Alicia, los sueños serán otra cosa. El viento soplará de otras maneras que ni yo mismo podré comprender. El agua será agua, pero contigo. Todo será más difícil o muy sencillo. 'Nada' será cada vez menos 'nada', o más 'todo'. Y viceversa.

Hoy me han dicho que el vértigo no es ese miedo que algunos tenemos a tropezarnos, sin remedio, en el abismo; sino el profundo deseo de caer que compartimos los bípedos y vertebrados. ¿Me tiro? Y lo llamamos vértigo. Pero no es más que ese temor a no contenernos al responder la dichosa pregunta: ¿y si me tiro?

Te quiero, para que tú me entiendas.
 
La culpa es tuya, porque yo lo valgo...

Venía en el coche (dirección Facultad de Ciencias de la Información) para mirar el correo y me he cruzado en un semáforo con una chica rubia, joven y deliciosamente atractiva que estaba vendiendo La Farola. Rápidamente me ha sobrevenido un oscuro sentimiento de culpa. Yo dentro del coche yendo a mirar el correo, por no encontrar algo mejor en lo que ocupar mi tiempo. Y ella helada de frío, empapada de aguanieve y vendiendo La Farola; que viene a ser algo así como comprar el pan que ayer nos dejamos en la cena.

Lo único que no me quedó meridianamente claro tras el cruce de miradas fue el motivo de mi sentida culpa. Pero el tiempo siempre me da motivos para la reflexión. Según miraba mi correo lo he tenido claro. Mientras mi pesar se desvanecía he caído en el error de sacar una conclusión sobre la estéril situación de este mundo desigual. Desde su esfera, desigual por lo ovalado de su geometría, hasta mi necesidad de escribir estas estúpidas palabras después de mirar que no tengo ni un e-mail que me haga un poco más feliz.

Simplemente he comprendido que mi sentimiento de culpa, del que ya no me queda lo más mínimo, me sobrevino por dos cosas: 1. Porque yo, que vengo a mi facultad a leer el correo, tengo esta dichosa oportunidad de redimir mis culpas (regalándome una conclusión banal y misericordiosa). 2. Porque en otra situación (llamémosla X) no podría gritar al ciberespacio: "Ningún gilipollas me compra esta mierda de periódico, estoy muerta de frío y un españolito estúpido, que irá a mirar su correo, acaba de sentir pena por mí."
 
Siendo yo; y por los pelos...

Esperanza llora casualmente. Porque la vida en sí es un conjunto de casualidades. De la casualidad ya habló Milan Kundera antes que yo, así como tantos otros hablaron de lo accidental de la existencia antes de La insoportable levedad del ser. De la propia existencia de la manera en que uno mismo la conoce y de la única forma en la que se podría conocer.

Es una casualidad que una célula minúscula, entre millones de células tal como ella, reaccione con otra célula distinta con el objeto eventual de producir un organismo multicelular. No por el milagro de la vida, sino por la casualidad de ser lo que somos pudiendo haber sido, con la misma probabilidad efímera, algo completamente diferente.

Desde lo casual de la reproducción humana, donde dos personas se entrelazan después de un indescifrable mapa de casualidades, hasta la milagrosa tarea de la génesis del individuo. De hecho, mi padre podría haber sido el progenitor de cualquier otro animal vertebrado de no haber vivido su existencia como la vivió pues, extrapolando el razonamiento secuencialmente, mi padre es mi padre debido a lo accidental de toda su existencia anterior. Sin Cristóbal Colón, Cervantes o John Lennon tal vez yo no estaría aquí. Y mi padre, cumpliéndose ciertas casualidades, sería entonces el progenitor de otra criatura de Dios, con los ojos de su madre y ateo como yo.

Un embarazo se rige por una innumerable cantidad de principios científicos. Si tan sólo uno de esos principios no es respetado, todo lo que rodea al desarrollo intrauterino, incluido ese pseudo-yo que todos fuimos, terminaría en la basura o en el incinerador de un hospital universitario. Por eso llora Esperanza.

Creo que nadie jamás estudió qué porcentaje de agua hay en una lágrima de felicidad. Así como jamás se hizo una comparativa optimista entre la cantidad porcentual de agua que albergan los diferentes tipos de lágrima. Pero Esperanza llora sin más. Y su llanto es el fruto de una gota de orín que, al mezclarse con un instrumento de venta en farmacias, produce un cambio de color en el instrumento de venta en farmacias.

La urea se convierte entonces en la mensajera de la vida futura. Así como la sangre venía siendo, cada mes, el soliloquio de la muerte y el antagonismo casual de un pseudo-yo que comenzó hace días, entre accidentes impredecibles, una experiencia pre-vital que se convertirá en Jesús de Nazaret, Hitler o Chomsky; en Marlon Brando, Ana Aznar o, por casualidad, en alguien verdaderamente feliz.

Esperanza solloza de felicidad un 19 de febrero a las 19:19, bañada en orina junto a un libro de Oriana Fallaci y escuchando en la radio la versión del Bridge over troubled water de Eva Cassidy, Shirley Bassey o Diana Krall. Casualmente.
 
Las cadenas de nadie


Ésta boca es mía
   ...y el    lunes al café del desayuno
   vuelve la guerra fría;
   y al cielo de tu boca el purgatorio
   y al dormitorio
   el pan de cada día.




Nada sobrevive entre cadenas. Nada me sugiere que deba cambiar un ápice de lo que desconozco; y mucho menos de lo que, en la salud o en la enfermedad, tengo la suerte de conocer. Es evidente que la vida pasa, que el agua corre y que el amor araña; así como los sueños engañan, los cuerpos envejecen, los amigos caen y los enemigos sobreviven; tal cual las lágrimas se hacen fuertes, las sonrisas cambian de boca y tu persona revolotea, inmortal, en mi pensamiento.

 
Troposfera y carnaval

Recuerdo las alas que tienes
tatuadas en la espalda.
Y las horas de vuelo que perdimos
buscando la nube más alta...
Recuerdo la mitad de mis ganas
de no recordarte
y como gobiernas el final
de cada instante.

Recuerdo que te quiero besar
cuando podría matar
por un beso.
Recuerdo que te quiero olvidar
y sin dejar de olvidar,
te recuerdo.

Quieras que no, mis paranoias
son fruto de tu piel
cuando tu piel
es mi caldo de cultivo.
Quieras que no, soy poca cosa
y ni cosa llego a ser,
cuando estoy sin ti,
pero contigo.

Por tu culpa quizá,
por la mía tal vez;
por el sueño que no compartimos
cuando tocó despertar
y yo no supe cantarte al oído.
Por la vida que nunca tendremos,
por la suerte que tuve
entre manos
antes de ser el que ya
no se despierta
a tu lado.
 
Efectos especiales

No sé por qué motivo me sigo acordando de ti. Cuando me cepillo los dientes, mientras leo el periódico y según escribo estas palabras. No hay razón para el olvido, ni más para el recuerdo. Porque no te conozco, y apenas te conocí. Fueron días de dudosa duración, de amor explícito, casi verdadero. Y a pesar de nada, sigues siendo la dueña de mi vida, aunque tú no lo sepas.

No sé cómo uno llega a ser invisible. Aunque de veras comprendo que, desde la indiferencia que me regalas, es sencillo desaparecer. Basta con respirar y con tratar de fusionar el aire con la nueva condición de individuo incorpóreo. Primero te sientes muerto, luego vuelves a comprender que estás vivo. Todo se llena de cosas sin importancia, nada parece mentira; y dejas de pensar, de sentir, de soñar. Es sólo entonces cuando eres realmente consciente de tu invisibilidad. Yo lo he probado.

Y me considero una parte de ti, a pesar de tu silencio. Porque cada vez que imagino tu cuerpo, mi existencia se convierte en algo que, de alguna manera, te pertenece. Y no es que me moleste compartir mi vida contigo, pero no ahora. Ahora que soy invisible, simplemente, estoy encantado de no haberte conocido.
 
Con mal tono y sin acritud (me perdonen)

Unos van y otros vienen, pero siempre con sotana (o con sucedáneos pseudoreligiosos de cualquier naturaleza). He llegado hoy mismo a una conclusión, Dios me salve, gracias a Eduardo Mendoza. En su columna de El País dice algo así como que, para mantenerte en el poder sin perder esa credibilidad maquiavélica que a todos se nos agota, basta con decir muchas gilipolleces.

Véase la clase magistral del señor Fraga Iribarne, también conocido como el dueño de la calle. Ese gilipollismo de la España profunda ya no se encuentra fácilmente, y se agradece que especímenes como Don Manuel nos orienten en como llevar mejor nuestra sexualidad, o nuestras menudencias varias.

Ya sea por la credibilidad ganada a lo largo de años de estupidez, o por esa picaresca que le dan las primaveras, el buen hombre saca a relucir su facundia en beneficio de todos. Y todos tan contentos. A mí, la verdad, no me hace puta la gracia, pero he empezado el párrafo con esta ironía casi graciosa, y por las ramas uno debe de ir siempre con cuidado.

El caso es que me causa especial excitación que unos homo sapiens sapiens con sotana, o con cualquier otro motivo de extravagancia, se sepan el guión de carrerilla. Además de sentirse perseguidos, claro está, después de dos mil años de carrera continua. Y bueno, como no tenía nada mejor para hacer esta tarde, ando presto en el análisis de persecuciones que, por otra parte, es lo que verdaderamente me pone.

A ello...
...no entiendo de qué se quejan, bien es cierto. Porque en Madrid se peca, eso sí, pero en Alicante, for example, se mueren de envidia por la profesionalidad pecaminosa de la capital. Y las culpas no son siempre del pecador, carayo. Porque de ateos está el mundo lleno, gracias a la dichosa manía que tiene el predicador de irse por las nubes, nunca mejor dicho.

Se trata de deshumanizar a la humanidad. Porque ignoro si el ateísmo practicante de los españolistos se debe a los mesecillos de vida del gobierno actual. O a los ocho años del anterior gobierno. O, en contrapartida, a los dos milenios de reinado de la Iglesia Católica (con mayúsculas). Yo no pierdo el tiempo; directamente me miro el ombligo, porque señores, bien sabemos los pecadores que todos los nacidos criamos pelusa.

Por otra parte, me jode que mis condones sean cosa de todos. ¿Acaso la asociación de recolectores de naranjas de Tomelloso opina sobre la incredulidad de sus asociados ante el misterio de la transubstanciación?. Ellos también están muy mal desde que la fe persigue al mundo de la recolección de fruta. Y la conciencia limpita por la gracia de Dios (y por la eficacia de la tintorería Hnos Fernández).

Lo peor es cuando sacan su lado más pintoresco y arde Troya. Porque, ciertamente, mis condones son míos a pesar de Rouco, mas no es problema que la onomástica no sea uno de mis fuertes. Además, el trasvase del Ebro me pilla de lejos y, como buen pecador capitalino, me la suda. Pero es inaguantable la proclama de un tal Mordejai Eliahu que, dejando de ser cristiano, por un casual, es rabino de Israel. Y es que el hijo de su madre se levantó hace días con picor de pubis y, por olvidar su insoportable martirio, prohibió a los creyentes cantar en la bañera.

A lo largo de la noticia, aparecida en El País de hoy, el señor Eliahu admite que sólo se podrán "tararear melodías, pero sin pronunciar palabras si la canción contiene un texto en hebreo". No contento con esto y para hacerlo más surrealista, si cabe, Mordejai termina por sacar su lado más misericordioso y, como buen judío, regala melódicos consejos a todo aquel que no pueda mitigar sus impulsos cantarines basados, eso sí, en el tarareo del afanoso creyente.

"En cuanto a los que deseen tararear una canción bajo la ducha", explica el rabino, "podrán hacerlo, pero sin pensar en las palabras de la composición musical". Amén (que quiere decir que así sea). Porque los Chunguitos han sacado nuevo disco y, la verdad, no lo quiero ni pensar...