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Te estoy acariciando

La mitología me excita. Me excita mucho. Y ayer, que era noche de luna llena, me convertí en hombre lobo, básicamente, para ver que se sentía. No es que tenga mucha relación una cosa con la otra, pero bien es cierto que, como hombre lobo que he sido, no miento cuando te digo que me gusta la mitología. Y es que me adelanto a los tiempos. De aquí a poco todo el mundo se apuntará al carro de los mitológicos como yo, que somos más heavy que los neoexpresionistas, por ejemplo.

La resaca de un hombre lobo se resume en dos palabras. Me quieres. Te las grito, pero bajito. ¡Me quieres! No es que sea redundante, pero es que me eres recurrente. Al menos si es amor la complicidad y la confianza que siento cuando, después de volver de mi escapadita, me pongo a escribir sobre algo que no eres tú. Porque en el mundo, aunque parezca mentira, pasan cosas mundanas; en China le han cortado los dedos a un periodista por escribir sobre la Triada y en Afganistán han asesinado de un disparo en la cabeza, en su propia casa, a una presentadora de televisión.

La asesinada se llamaba Shaima Rezayee, y vestía pantalones vaqueros y camisetas. La tía bailaba demasiado, e incluso se reía en su programa mientras presentaba vídeos de Madonna o Jennifer López. Vaya. Dan ganas de estudiar periodismo. Pero prefiero convertirme en hombre lobo y encomendarme a la mitología. El Banquete de Platón es un conocido mito greco-erótico que me deja los pelos de lobo como escarpias de pescado. Según este pasaje mitológico los humanos eran antes hermafroditas y Dios, que está en todos los fregaos, los dividió en dos mitades que desde entonces vagan por el mundo. Gratis pre Dei, el amor es el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos.

Y yo, que soy mitofílico y hombre lobo a partes iguales, no sé por donde empezar a buscar. Más que nada porque sé exactamente donde te encuentras. Un pelín lejos, eso sí. Pero tú no te muevas. Es lo más sencillo que puedes hacer para conseguir que una parte de ti, tan importante como tú misma, se reencuentre contigo. Soy tú y eres yo, debemos actuar en consonancia, tú-yo-yo-tú. No es un consejo, te lo repito, somos uno. Y yo te estoy acariciando, a duras penas, mientras me acaricio.
 
Besos (que caen por su peso)

    Te echaré de menos desde el primer beso
    porque en los besos se asienta nuestro amor,
    y así va todo cayendo por su peso
    sobre huesos que se llaman como yo.

    Y como yo, que no tengo más que huesos,
    te recojo justo antes de caer,
    añoro tus labios desde el primer beso
    hasta que te beso mil besos después;

    pero no te quiero mil besos después
    porque en cualquier caso te quiero querer
    ahora que el vaso se ve medio lleno,

    ahora que encargas siempre para ayer,
    que regreso justo antes de volver
    y en el primer beso ya te echo de menos.

 
No quiero ser el mítico...

No quiero ser el mítico romanticón que suelta la lágrima en el momento preciso, ni aquel mítico personaje que encuentra el instante adecuado para acecharte sin remedio. No quiero ser el mítico traductor de las palabras que nunca me dices, ni el mítico lector de historias que no alcanzo a comprender. Porque yo también juzgo a la gente por la ropa, pero no recuerdo haberme drogado. Es más, no quiero ser el mítico andalú que te imagina entre setas de colores, entre fashion victims y botellas gigantes de sangría. No quiero ser el mítico tonto. Ni el mítico amigo de una amiga que, con palabras míticas, desea hacerse amigo de otra amiga. No quiero huir de una mítica cotarrada, ni deseo ver morir a mi Tamagochi al cuarto día. Tampoco quiero vestir de marrón, dejar de masturbarme o admitir que no sueño por las noches. Porque no quiero ser el mítico tipo normal que se aferra a lo cotidiano. Quiero ser como ;

a mi manera.

Es un tulipán (www.chromasia.com) Copyright
 
El negro

Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".

Rosa Montero (EL País, 17-05-05)
 
Suena cursi lo que siento

Paseando contigo me siento feliz. La gente se cruza con nosotros y sólo yo sé que eres tú la mejor mujer del Universo. Miro a cada uno de los sujetos que ni siquiera pierden el tiempo en mirarte, y me siento bien. Más que bien. Se podría decir que me siento todo lo bien que uno se puede sentir. Porque todo está en su sitio; tú respiras cada vez más rápido, y yo quiero que me quieras como si la vida fuera una carrera. Hemos encontrado el equilibrio entre dos vidas que se necesitan.

Un equilibrio suficiente para olvidar las lágrimas. Porque no merecen tu tristeza ninguno de los que te hacen soltar una lagrimita de rabia o de desilusión; y aquél que merezca tus lágrimas jamás te hará llorar. Jamás. Te lo prometo. Y cuando los sueños encuentren su momento, nosotros despertaremos, y volaremos entre nubes violetas y dragones diminutos que, a pesar de tu brillo, seguirán sin mirarte. No es broma, de veras. Hoy, ojeando en casa una enciclopedia, te he visto. Con la palabra 'mujer' sale tu foto.

...como si la vida fuera una carrera...
 
Mi mesa; y esa parte de ti que está conmigo

Tú, dentro de mí. Yo, mis dedos y las teclas de mi portátil. Unos apuntes de Teoría de la Comunicación en constante desequilibrio. Un ratón de ordenador sobre una alfombrilla de ratón de ordenador. Polvo, mucho polvo. Dos altavoces encendidos. Un altavoz estropeado. Otro parloteando. Cables y más cables. Una grabadora digital. Una grabadora analógica. Dos grabadoras. Una radio móvil con forma de refresco de cola; con los colores de una marca de prestigio universal. Un papel con la letra de María. El mando a distancia de la mini cadena y esa parte de ti que está conmigo.

Diez dedos lentos y un puñado de imágenes conmovedoras. Dos bolígrafos azules, dos negros, uno rojo y un marcador de cd's. Cuatro cd's fuera del cartucho de cd's. Un cartucho de cd's con cd's. Una caja de clips. Nunca utilizo clips. Una caja sin abrir, llena de clips. Una tarjeta de felicitación: "hoy es un gran día, por eso... ¡vamos a celebrarlo!". Polvo, mucho polvo. Una libreta pequeña. Una libreta grande. Mi móvil y el teléfono inalámbrico, aún caliente. El afinador de la guitarra. Cables y más cables. La letra de María es redondita: "Dialéctica y Comunicación (temas 8 y 9; 1-2 páginas) Cuestiones con Pablo y Miguel". Tres cartas de Movistar. Una del BSCH y dos de Caixa Cataluña. Seis cartas sin abrir.

Un libro que no es mío: Economía Social y Animación Sociocultural. Un libro mío: El mago de Oz. Cables y más cables. Un lapicero sin bolígrafos. Un lapicero con unas tijeras, una grapadora, un marcador verde, un lápiz y una cosa de metal que no sé como se llama. Una barra de pegamento. Polvo, mucho polvo. Un recuerdo agradable: del Imaginarium; aún hace burbujitas si soplas con fuerza. La entrada de Romance de Lobos; estuve dormido durante diez minutos. Un marca páginas de la última novela de Mendicutti. El teclado y la pantalla de un ordenador faraónico que no enciende desde febrero. Un flexo iluminando mi portátil. Las teclas de un ordenador que está encendido. Mis dedos y yo. Y yo,

contigo.
 
Humor

Estoy harto de que me digas que debo ser un poco más serio. No aguanto que me insinúes que así no llego a ningún sitio. Que si esto, que si lo otro; siempre haciendo el ganso, eres un payaso. No es que me enfade, pero me preocupa que no alcances a entenderme. Te lo diré una vez, no pienso repetirlo: el humor no está reñido con la seriedad sino con el aburrimiento.

el humor no está reñido con la seriedad sino con el aburrimiento
 
De sueño a sueño

Edición de 'Vías del tren de Cremallera en su paso por La Ruira - de Queralbs a Nuria' (www.arte-redes.com/nocturama) Copyright
 
Equilibrio

Mientras pierdo el equilibrio Benasque se derrite; y tú me miras, indecisa. O así quiero imaginarte. Fueron 3 días, 72 horas, 4320 minutos, 259200 segundos. Ya ves, los números grandes no siempre me transmiten demasiada confianza, pero desde que no me miras, 3 días me parecen las milésimas de las centésimas de las décimas del segundo aquel que me faltó, para llevarte conmigo. Y aunque ya es ayer en nuestros corazones, en Benasque, tal vez, continúe el deshielo. Porque, aunque parezca un juego de palabras, mi cuerpo encontró tu cuerpo cerca de Monte Perdido. Y porque siempre queda sitio para una mota de polvo en el centro de un huracán. En uno de esos tornados que vemos en la tele porque un loco se jugó la vida por nosotros. Por el miedo y la adrenalina de los demás.

Miedo y adrenalina (en constante desequilibrio); el miedo es el "temor o la inquietud producida por un peligro, dolor, molestia, etc., real o imaginario": el miedo que sentíamos se resume en el etcétera. Y dejaba de ser real cuando parecía imaginario. La adrenalina, por su parte, es una hormona que segregan las glándulas suprarrenales. Gracias a ella aumentaba nuestra presión sanguínea; y gracias a ella nosotros nos queríamos tanto. No buscábamos más respuestas. Las preguntas, a veces, son una pérdida de tiempo y nosotros así lo entendimos. No debíamos olvidar nuestras milésimas en ningún huracán. Eran 259200 segundos, 4320 minutos y 72 horas. 3 días en los que me mirabas indecisa mientras Benasque se derretía.

Porque el H2O hierve a 100º Centígrados y en primavera, en la sierra de Benasque, el ciclo del agua multiplica sus procesos. Porque tus feromonas no paran de mirarme cuando tú me apartas la mirada, mientras se derrite el hielo de cualquier ladera o unos labios congelados se mueren por encontrar lugar, momento y motivo. Porque el cuerpo tiene un sistema de termorregulación que hace que sigamos respirando, a pesar de la distancia que nos separa. Porque los pájaros viajan de norte a sur anualmente, como computadoras que, mediante impulsos eléctricos, memorizan la dictadura inverosímil de la Naturaleza. Porque mi paragüas no dejará que tu vestido se moje el próximo invierno, porque mi segunda persona del singular será para ti y porque los sueños, sueños son.

Y mientras nos recordemos nada será demasiado importante. Porque nos besaremos en cada parpadeo. Porque apartaremos, con un batir de alas, las nubes que se crucen por el camino y porque hablaremos de cosas menos relevantes que nuestra propia necesidad. Pero, sobre todo, porque un pajarito me ha dicho esta mañana, entre vuelos y piruetas, que el amor es la continua búsqueda del equilibrio entre dos vidas que se necesitan.

Valle de Benasque, entre nubes