Hagamos un trato:
28 de julio de un año impar, en Cádiz, Denver, Melbourne, Sian, Dákar o Ypacaraí:
No me dejan entrar porque soy moderno. No me permiten la entrada porque soy clásico, culona o musulmán. No puedo entrar por mi camiseta sin mangas, por mi camiseta con mangas; porque llevo corbata, porque no la llevo. Porque soy gay, porque soy hetero. Porque siendo gay no soy oso, o gatita. Porque no soy mujer (porque soy hombre). Porque hablo polaco, rumano, o con acento ecuatoriano. Por mis ojos rasgados, que son más bonitos que los tuyos. Porque soy negro, mas no soy negro americano, con dinero americano y cool trémens. Chino con china, gitano con gitana, vagabundo con vagabunda. Y, siendo iguales, no nos entendemos...
Un joven brasileño tiroteado porque tiene aspecto paquistaní. Su aspecto paquistaní, de hecho, parece una excusa liberadora para la policía del Reino U-n-i-d-o. Que los paquistaníes estén alerta, en otras palabras. Y entonces surgió una pregunta: "¿es cierto Sir que Charles Clark - ministro del interior británico - está de vacaciones?". Tony Blair al periodista (en un inglés perfecto): "Sí, como yo la semana que viene y como usted en no mucho tiempo, ¿me equivoco?". El periodista a Blair (en un perfecto inglés): "No, no se equivoca, me voy el viernes, pero usted debe saber que yo no soy el responsable máximo de las fuerzas de seguridad de Gran Bretaña".
Llevamos milenios buscando excusas para la convivencia, sin comprender absolutamente nada. Sin tratar de empatizar con nosotros mismos, como la abeja y la margarita, que hablan el mismo idioma y son simbióticamente antagónicos. Ya lo dijo M. L. K., un hombre negro asesinado por un hombre blanco: "Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos".
Y es que siendo iguales, repito, no nos entendemos.

Mi amigo negro
1
Baba Hossein es negro. Y disfruta en mi casa del verano de un año impar. Con mi familia. Colaborando en el proyecto solidario que un junio tras otro llena España de miles de niños, muchos niños, saharauis. Pero el pasado de Baba, mi amigo negro, está desordenado. Desde 1975. "Él era un joven aplicado, y bueno en la escuela, el menor de cuatro hermanos", me dice mi madre, "y cuando tenía trece años llegó un día a su casa un primo con malas noticias. Los españoles iban a abandonar el Sahara Occidental y existía la certeza de que los marroquíes intentarían entonces una invasión". Mi amigo negro lleva tres décadas lejos de su casa, añado.
Musía, la madre de Baba, preparó las maletas para la más que probable huída, por orden del Aleyen, su primo, que vendría a buscarlos con su coche cuando las cosas se pusieran feas. Esa fue la última noche que Baba vio a su mamá, tenía trece años, repito.
La madre de mi amigo negro murió algo después; de mayor, dijeron. De pena, tal vez. Porque de la misma manera que Baba se alejó de su tierra, Musía vivió siempre esperando, con la maleta cerrada, a que viniera su hijo, con el primo, a rescatarla.
2
Aleyen fue a alertar esa noche a su familia; había noticias de una posible invasión marroquí. Ya de vuelta, se trajo consigo a Baba, su primo, para que pasara, casualmente, la noche con él. Al poco escucharon, justo detrás de su propio silencio, una piara de truenos, disparos, ¡bombas!. "¡¡Ya están aquí los marroquíes!!", predijo el primo de mi amigo negro.
Bajaron por las escaleras en dirección a la calle. Sobre el asfalto aún caliente se arrastraban tres varones, llorando como si ya estuvieran muertos. "Ya vienen", confirmó uno de ellos, "están matando a todos los hombres; llévanos en tu coche, por lo que más quieras".
Esa misma noche huyeron hacia la zona del desierto argelino donde hoy sobreviven, tras treinta años de invasión ilegítima, muchos saharauis, demasiadas personas. Casi al principio de su cruzada, a lo lejos en la penumbra, intuyeron un puesto de control de los invasores marroquíes, sobre el asfalto frío. Los matarían, seguro, los matarían. Baba tenía trece años, repito. Entonces, entre suspiros sordos, Aleyen apagó las luces de su Land Rover, y apretó sus manos contra el volante; todos se agacharon...
"...y hasta hoy", concluye Baba; mi amigo negro.
Mujer de rostro febril
No quiero ser un hombre feliz. Ni siquiera deseo ser un hombre. Me conformo con ser alveolo o cepillo de dientes. Porque prefiero ser esa parte de mí que vaga por el mundo en una parte de ti que vaga por el mundo. No sé si me entiendes. No me entiendes, no me entiendo. ¡¡Y nos entendemos!!. Es precisamente eso. Que te quiero a ti. Que me quedo contigo. Contigo y contigo.
A partes iguales.

Qué cosas

En España los niños nacen y engordan como cerdos. Lloran por las noches. Lloran por el día. Lloran cuando se cagan, cuando tienen hambre y cuando se cansan de llorar. Lloran cuando les sale su primer diente. Y cuando les sale el quinto y el décimosegundo, pero menos. Algunos lloran cuando tienen que llorar, cuando van al médico (que es un señor con jeringuilla) o cuando se caen de la cama. Lloran según se hacen mayores: el primer día de guardería, el primer día de colegio, con el primer desamor o con el primer orgasmo. Lloran con su última oportunidad de ser niños (que nacen y engordan como cerdos); pero esa es otra historia.
Los niños, en España, deciden si quieren ser buenas o malas personas según lloran. Porque después se van haciendo mayores, y lloran por otro tipo de cosas. Por la hipoteca, por el poema, por los sueños, por las frustraciones, por la telebasura, por la custodia, por el estrés postraumático, por el amor, por la infelicidad o por todo a la vez. En España se llora mucho, y bien. Conforme envejecemos y nos hacemos inservibles, por ejemplo. Lloramos, en otras palabras, por no sentirnos productivos en un mundo insolidario. En España, con el tiempo, nos acostumbramos a llorar por dentro, a sabiendas de que no debemos exteriorizar el temor a nuestra propia muerte. Luego dejamos de llorar cuando, entre lágrimas, morimos.
En Níger los niños nacen. Los niños en Níger mueren.
Y no lloran.
Trincheras
No me digas que me quieres. Ni me digas doce veces que me quieres. Ni siquiera te consiento que comentes nada que tenga importancia. Di lo que quieras. Algo insustancial mientras meto la cabeza en la basura. Dame tiempo. Ya está. A veces te enviaría a Kenia por correo certificado. Allí se portan muy bien con las personas como tú. También puedo enviarte a la India de una patada en los riñones. Piénsatelo. Allí veneran a las vacas. Podría ser tu lugar, nunca se sabe. Aunque insisto, no me intentes convencer de que el amor es necesario. No me quieres. No me lo digas. Y un consejo, bonita: nunca intentes mentir a un mentiroso
que te quiere.
Feedback
El hijo, secuestrado por el lado oscuro de la fuerza. La madre, extramotivada, daría por la vida de su hijo su propia vida. El hijo advierte la presencia de la madre y, poseído por un sentimiento irrefrenable, corre hacia ella con cara de John Malkovich enfadado. La madre enciende su espada láser y, temerosa, sólo piensa en la salud del niño. El hijo, entre tanto, se ha orinado encima de puro miedo, pero algún poder desconocido continúa obligándole a correr. La madre, desconcertada, empuña con fuerza su poderoso rayo de luz y, temiendo por su vida, destripa al retoño. "Ella nunca lo superó", confiesa Abel, su otro hijo. Mercedes Cabello, la madre, ha muerto esta mañana.
De peritonitis.
Abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz
Son veintisiete letras que se juntan para formar fonemas, que se juntan para formar morfemas, que se juntan para formar palabras, que se juntan para formar historias. Si unes bien esas veintisiete manchitas puedes conseguir cualquier cosa. Porque todo lo posible (e imposible) se construye a partir de veintisiete borrones. Con veintisiete caracteres nació el Quijote, murió el silencio y cambiaron los muertos de lugar. Con apenas una veintena de caprichos se escribe mi nombre o tu destino. Nuestro destino, aunque no quieras. Porque, por lo pronto, me estoy entrenando. Pero tiempo al tiempo, preciosa. En no mucho, pongamos que después de cultivarme con Tolstoi y Benedetti, podré hacer contigo lo que me salga de la polla.

Diario de una locura:
Malos Aires, 31 de febrero de un año impar (y capicúa);
Me he levantado y nada está en su sitio, hija de puta. No había agua fría y me he tenido que duchar con agua caliente. He desayunado una asquerosa tostada de pan recién hecho y el coche ha arrancado a la primera, precisamente hoy, que tenía que llegar pronto a la oficina. He sido ineficazmente productivo, he disfrutado tristemente con mi trabajo y me he marchado a casa a mi hora, como hacen los infelices jefes de sección. He llegado al dormitorio y hemos tenido que besarnos delicadamente durante veinticuatro minutos y cuarentaisiete segundos. Después hemos follado diabólicamente mientras contemplábamos un doloroso y bello amanecer, soportando a duras penas las cálidas y oscuras leyes del deseo. Todo sigue del revés, cabrona. Y si tú me quieres;
yo tampoco.

Tu culo sabe a cebolla. Me lo ha dicho hoy el vecino del cuarto. Y no es por joder, querida, pero deberías ser menos descuidada. Ya sabes que, aunque un poco maniático, siempre he sido comprensivo. Y más contigo. Sólo espero que lo medites y que, a partir de ahora, amor mío, no vuelvas a darme problemas con el vecindario.
Tu marido que te quiere.
Sin métrica ni ritmo
...pa' una mujer que está sola.
Que los notarios se dejen de bromas
y firmen de una vez contra el olvido;
que los obispos conquisten Sodoma
y encuentren, casualmente, un buen marido.
Que las promesas parezcan mentira
que las verdades no valgan la pena,
y que ni queme el sol por Algeciras,
ni cumplas en la luna tu condena.
Y que los necios no pasen por tontos
y que las musas no bajen del cielo
y que tus besos le llenen de pronto
el corazón al nieto de mi abuelo.
Que no coman por un mes los tiburones
que ni tosas al amor, ni disimules...
Que se lancen porque sí de los balcones
los nones de tus príncipes azules.
Que amanezca un miércoles cualquiera,
que no te quite el sueño el mediodía,
y que sigas caminando por mi acera
a la espera de algún tren de cercanías...
Y que los mancos estrechen sus manos
y que el gitano se desgarre la camisa,
y que escriban las canciones del verano,
Don Quique, Don Joaquín o tu sonrisa.
Que los cuentos no terminen para mal,
que los cuentistas no cuenten para sí;
que no busques entre líneas un final,
porque estos versos no tienen. Fin.
Verano del 2005, Los Barrios
Que los notarios se dejen de bromas
y firmen de una vez contra el olvido;
que los obispos conquisten Sodoma
y encuentren, casualmente, un buen marido.
Que las promesas parezcan mentira
que las verdades no valgan la pena,
y que ni queme el sol por Algeciras,
ni cumplas en la luna tu condena.
Y que los necios no pasen por tontos
y que las musas no bajen del cielo
y que tus besos le llenen de pronto
el corazón al nieto de mi abuelo.
Que no coman por un mes los tiburones
que ni tosas al amor, ni disimules...
Que se lancen porque sí de los balcones
los nones de tus príncipes azules.
Que amanezca un miércoles cualquiera,
que no te quite el sueño el mediodía,
y que sigas caminando por mi acera
a la espera de algún tren de cercanías...
Y que los mancos estrechen sus manos
y que el gitano se desgarre la camisa,
y que escriban las canciones del verano,
Don Quique, Don Joaquín o tu sonrisa.
Que los cuentos no terminen para mal,
que los cuentistas no cuenten para sí;
que no busques entre líneas un final,
porque estos versos no tienen. Fin.
Verano del 2005, Los Barrios
Destino
"No sé por dónde empezar" es una gran frase para el comienzo de un poema (que aún no he acabado). Porque yo, entre otras cosas, no soy dueño de mi destino. Lo he decidido hoy, después de pensarlo un rato. He hablado conmigo mismo, tras unos días en los que no he tenido apenas tiempo, y me he caído bien. Pero mi destino no me pertenece; se comporta de forma imprevisible, como las cantantes semidesnudas de la MTV. Aunque, (precisamente mientras escribía 'aunque'), mi destino ha comenzado a importarme un pimiento. Ciertamente, prefiero jugar con tu destino. Que tampoco es tuyo,
por otra parte.
Ser un macho dominante es cansado. De hecho, estoy agotado. Vigilar a la manada estresa al más pintado. Prefería, sin duda, la vida de corderito masturbador. En mi época de adolescente pajillero, yo era un soñador de esos que parecen tontos en las películas americanas. Quizá como lo soy ahora, pajas inclusive, pero con más granos. Antes era libertino conmigo mismo, y jugaba a escribir mi propia historia, como ahora, pero con mayor imaginación. Un mundo de fantasía y hormonas. Un gran mundo. El adolescente pajillero se dormía enamorado de Maribel Verdú, y se levantaba atemorizado, empalmado en muchos casos. Antes era nervioso, tranquilo, dócil y salvaje. Y sigo siendo algo parecido; un soñador con sentimientos. La diferencia es que ahora, sapito, los sueños no los elijo yo.
Patitos
El mundo de la restauración occidental está en peligro. Y no es que yo esté con miedo, ni nada de eso. Me la suda, realmente. Pero es un hecho que me apetecía apostillar. Porque es cierto que el mercado asiático está que se rompe. Desde los restaurantes japoneses, que no me atraen lo más mínimo, a los vietnamitas, pasando por los chinos, que son ya como algo nuestro. Un chino, de tantos que hay, ya no es un chino; es como el restaurante de un primo hermano que, por un casual, nació con los ojillos de aquella manera. Y como todos son iguales, pues es como si tuvieras un primo en cada restaurante chino. Un lujo, vaya.
A lo que iba. El mundo de la restauración occidental está en serio peligro, porque los orientales vienen pegando fuerte. Y no es que ofrezcan variedad, la verdad, que todos los chinos son como una comuna multinacional. Para que nos entendamos: si el McDonals tiene el Mac Pollo, los chinos tienen el rollito de primavera; pero los chinorris tienen más gracia. Dónde va a parar. El otro día fui a un chino a cenar y, caray, de puro alegres que están todos, cuanto menos, te dan ganas de levantarte de la silla para estamparle un beso en los morros al camarero. Con su sonrisita china, sus ojitos chinos y su delicadeza a la hora de hacerse el gilipollas.
Y con lo listos que son estos tipos, seguramente, ya habrán maquinado cómo hacer para exterminar a todos los que somos normales, y así quedarse con el planeta para ellos solos. Primero fueron los restaurantes, después las tiendas de 24 horas y media... Que no es tontería. Que ellos son así. Cuidadín, cuidadín. Cuando se quiten la máscara os acordaréis de mí, corderitos. Porque sí, mucho chino, que yo el primero, pero me jode que desaparezcan misteriosamente los patos del Manzanares. Ojú. Pobre mamá pato. Los chinos no tienen corazón (benditos sean).
¿Un chupito?

Deseo
Hay libros que se llaman como se tienen que llamar. 'La historia interminable', por ejemplo, se me está haciendo interminable. Pero ayer encontré en un rinconcito una frase de las que marcan época: "Lo que no deseas te resulta inalcanzable". Y yo pensando...
El deseo es una cosa de puta madre. Puedes ser un infeliz, pero con algo de deseo tienes medio mundo ganado. Los que se deben al deseo tienen en los ojos ese puntito de amargura que los hace superiores al resto. Porque el deseo es un sentimiento cabrón en ocasiones. Pero otras veces, simplemente, es una llave sin puerta. O una puerta sin llave.
En resumen: a veces deseo violentamente que seas feliz. Y te llamo. Y tú me dices: "soy feliz".
Y soy feliz.
Donde yo vivo Bukowsky no existe.
Existe Eduardo Galeano.
Y yo le miro; y él me mira.
Nos miramos.
Este buen hombre,
una vez me dijo, enérgicamente:
"Si intentas
contar las estrellas,
sólo
conseguirás dormirte".
Desde entonces duermo
plácidamente.
Por eso sueño.
Y por eso
cuento estrellas
contigo.
Esta es la primera carta que te escribo con la cabeza. Y es que ya puedo ser una persona como las demás, a pesar de ti. Será el olvido o la vida. No sé, el caso es que ya podemos hablar sin que se me atraviese una mujer en la garganta. Una mujer como tú, con tu sonrisita, con tus sueños, con tus ojos verdes (pero marrones). Es un placer tenerte conmigo de nuevo, niña. Aunque la indiferencia nos haya separado, y aunque las palabras, dichosas palabras, ya no me broten del corazón.

Conjunto vacío
Vienes siendo mi símbolo. O mi envidia. O mi odio. O mi rencor. Del mismo modo, eres mi destino y mi pasado. Mi orgullo y mi desgana, mi honor y mi credo. Mi religión, mis tradiciones, mi fe, mi metáfora y mi anadiplosis. A veces dueña, a veces viento, a veces suerte y a veces sueño. Pasas de ser mi himno a ser mi rumor, mi eco o mi utopía. Incluso, cuando te pones, eres mi bandera y mi nación, mi patria y mis fronteras. Es cierto, ha pasado el tiempo. Años. Siglos. Milenios. Pero sigues siendo nada. Una absoluta y decrépita nada.
ADM
Las armas de destrucción masiva son, como su propio nombre indica, armas que destruyen masivamente. No es necesario que exploten, ni que propaguen la viruela, ni siquiera es imprescindible que destruyan del mismo modo para todo el mundo. Hay muchas clases de armas de destrucción masiva, bien es cierto, pero si me dieran a elegir lo tendría más que claro: la religión, Bisbal y tu mirada.

Homo (erectus)
¿Puede haber en la naturaleza algo antinatural? Sería absurdo pensar que de la naturaleza puede emanar algo que no sea inherente a la propia naturaleza. Y, puestos a hacer elocubraciones apocalípticas, por qué debes ser tú quién dictamine cuáles son los caminos correctos de toda existencia cuando tú, en resumen, no eres más que un brote del Universo, como lo son el hidrógeno, la anaconda o mi cepillo de dientes.
Piensa que alguien con dos dedos de frente podría levantarse un miércoles de julio y acusarte de ser antinatural, así, con los votos de cien senadores regordetes, o con el indiscutible apoyo de la Naturaleza: de los gases nobles, de la antimateria y de la Conferencia Episcopal.

La historia interminable
Gracias a la vida, gracias a los sueños, gracias a mi madre (y a la tuya), gracias al sol, a la luna, a la cerveza, al fútbol, a las compras y a la casualidad. Gracias al ciberespacio, gracias a MoviStar, gracias a tu voz (y a la mía), gracias a las ganas, a los motivos, al deseo, al deseo y al deseo. Tú tranquila, aún quedan estrellas para repartir. Y gotas de agua en las que poder navegar. Quedan mares por descubrir, y montañas que descender. Lo mejor está por llegar, te lo prometo, y es hermoso que no lo sepamos todavía.
Créeme, nunca engaño a un dragón
de la suerte.
Alter Ego
Hace dos meses estaba tranquilo, lejos del amor (y del desamor). Se podría decir que era un alma neutra. En ese estado de la conciencia uno empieza a plantearse situaciones de las que no puede reflexionar en otro estado. Diríame yo a mí mismo: "debe existir una relación directa entre el fracaso de todas mis historias amorosas y las pérdidas de personalidad que soporto, sin falta, cuando me enamoro. Porque los enamorados, en ocasiones, nos preocupamos menos por lo que somos, que por lo que creemos que la otra persona desea que seamos. En otras palabras: uno se enamora y deja de comportarse como habitualmente hace; el idilio de amor fracasa y, amargamente, comienzas a padecer tu conclusión más acertada: el fracaso se ha debido, tal vez, a esa otra persona que he sido durante el romance. Es una reflexión jodida: si yo hubiera sido yo, princesita, todo hubiera funcionado".
También hace dos meses pensé, por trigesimonovena vez:
no-me-volverá-a-suceder.

Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos.
Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de caracter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestrucuturadas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familas católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruín de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!".
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bién es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor problabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Fuente: http://www.psicobyte.com/

