Querido diario,
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no siempre los días empiezan bien. Yo prefiero el final de la madrugada, cuando me voy con ella a la cama, y ella me sonríe; o cuando me voy con ella a la cama, y apenas sonríe, pero respira, y me mira, y hace como que habla por dentro, en la oscuridad de la habitación y bajo unas sábanas frías, calientes y viceversa. Somos una buena pareja: una hortera y un daltónico llegarán lejos. Muy lejos. Casi hasta donde queramos. Pero no te enfades conmigo. Yo daría la vida por morir en tus brazos. A veces. Sobre todo cuando ella emigra a su lado del colchón, al otro extremo del Universo conocido. Cuando se enfada, y finge que está enfadada. Es entonces. Justo entonces. Cuando me convierto en el culpable del fracaso, de la derrota, del reggaetón y del cambio climático. Todo. Por mi culpa. //. Por favor. Abre los ojos. Desde tu lado, vacío, de la cama. Y. Sonríe. Y. Tápame, que me muero. De frío. De calor, y viceversa. Querido. Diario,
Likirbá
Engüachinnao se vive mejor, empapado en tu saliva radioactiva, que me aporta fuerzas radiactivas para ser querido, en pasiva. El likirbá de tus labios nos da para sobrevivir de aquí a dos años. Después supongo que viviremos del aire, como las amapolas de París... Y es que llevo al liquindoi cuatro meses, analizando tu perfección a diez centímetros de ti, desde donde todo es asquerosamente bello. Y sigo ordenando el pastiso de tu melena, y desordenando el brillo de tus cabellos. Porque todo es muy sencillo aquí arriba, y porque de un tiempo a esta parte escribo tan sólo para que tú me entiendas. Como si sólo estuvieras tú entre el gentío. Como si comprendiéramos que lo hermoso del cielo es compartir las estrellas. Como cuando te hablo tan bajito, tan bajito, que tú me entiendes con los ojos, así, como si las cosas no fueran siempre blancas o negras, y definitivamente existieran los colores.