FRUSTRACIÓN
Cuando comencé a practicar yoga mi propósito era desentumecerme un poco. Me sentía oxidada y con la necesidad de hacer trabajar al cuerpo. Mi trabajo es sedentario y los únicos ejercicios que hago durante el día son subir y bajar escaleras y caminar. Darle a las teclas no cuenta, aunque sea un buen ejercicio para mantener los dedos ágiles.
Después de cuatro meses practicando yoga comienzo a notar sus beneficios. Precisamente, a la salida de la clase de hoy, lo comentábamos R. y yo. Ella me decía que había descubierto que podía doblarse por la cintura y tocar el suelo con las manos, cosa que antes no conseguía.
Y es así, poco a poco te sientes más suelta, más elástica, menos entumecida físicamente. Pero, por otra parte, y debido a uno de mis múltiples defectos (la impaciencia), me siento algunas veces frustrada. Porque yo quisiera… porque quisiera tocar con la frente la rodilla en ciertos ejercicios y no puedo llegar, por ejemplo. O aguantar más cuando hacemos ejercicios donde las abdominales tienen que actuar.
El caso es que la culpa es mía porque el yoga, si algo tiene, es que no es competitivo. No compites con nadie, ni siquiera contigo misma. Te vas superando, cierto, poco a poco, milímetro a milímetro (porque muchas veces lo ganado es eso… un mísero milímetro) pero no tienes que batir ningún record ni hacerlo mejor que nadie. Tú marcas tu ritmo y lo que no debes hacer es forzarte. Si un ejercicio te supera, quizás es momento de deshacer suavemente la postura (las brusquedades pueden pagarse, y no sólo en yoga) y descansar. A veces, lo hago. Y no es que me esté rindiendo porque no puedo más. Es que el ejercicio es demasiado para mi y un respiro me ayuda a retomarlo con renovado vigor.
Hoy hicimos dos ejercicios que me gustan mucho pero que, curiosamente, me resultan bastante dolorosos: ranas y sat-kriya. Las ranas siempre me producen agujetas (¿en el nervio ciático?) y eso que disfruto haciéndolas. Cuando hago sat-kriya, aunque intento mantener la postura correcta, igualmente me duele. Pero después me siento revitalizada y, a pesar del dolor del “mientras” me gusta el bienestar del “después”.
Después de cuatro meses practicando yoga comienzo a notar sus beneficios. Precisamente, a la salida de la clase de hoy, lo comentábamos R. y yo. Ella me decía que había descubierto que podía doblarse por la cintura y tocar el suelo con las manos, cosa que antes no conseguía.
Y es así, poco a poco te sientes más suelta, más elástica, menos entumecida físicamente. Pero, por otra parte, y debido a uno de mis múltiples defectos (la impaciencia), me siento algunas veces frustrada. Porque yo quisiera… porque quisiera tocar con la frente la rodilla en ciertos ejercicios y no puedo llegar, por ejemplo. O aguantar más cuando hacemos ejercicios donde las abdominales tienen que actuar. El caso es que la culpa es mía porque el yoga, si algo tiene, es que no es competitivo. No compites con nadie, ni siquiera contigo misma. Te vas superando, cierto, poco a poco, milímetro a milímetro (porque muchas veces lo ganado es eso… un mísero milímetro) pero no tienes que batir ningún record ni hacerlo mejor que nadie. Tú marcas tu ritmo y lo que no debes hacer es forzarte. Si un ejercicio te supera, quizás es momento de deshacer suavemente la postura (las brusquedades pueden pagarse, y no sólo en yoga) y descansar. A veces, lo hago. Y no es que me esté rindiendo porque no puedo más. Es que el ejercicio es demasiado para mi y un respiro me ayuda a retomarlo con renovado vigor.
Hoy hicimos dos ejercicios que me gustan mucho pero que, curiosamente, me resultan bastante dolorosos: ranas y sat-kriya. Las ranas siempre me producen agujetas (¿en el nervio ciático?) y eso que disfruto haciéndolas. Cuando hago sat-kriya, aunque intento mantener la postura correcta, igualmente me duele. Pero después me siento revitalizada y, a pesar del dolor del “mientras” me gusta el bienestar del “después”.
EL YOGA ES ALGO MÁS...
… que hacer ejercicios gimnásticos, aunque pueda parecerlo. Mientras estás, por ejemplo, haciendo unas “ranas”, ejercitas tus piernas, tu espalda, tu abdomen. Pero trabajas también la coordinación de movimiento y respiración. Marcas el ritmo del ejercicio con tu respiración y, en algunos casos, recitando mentalmente el mantra “Sat nam” (Sat al inhalar, Nam al exhalar).Mi interés por el yoga me ha llevado a leer cosillas sobre el tema. No me considero, en absoluto, una persona espiritual y soy menos mística que una canica. Pero, desde mi punto de vista, muchas de las cosas de las que te habla el yoga, aunque tengan mucho que ver con la espiritualidad, tienen un principio tremendamente práctico. Por ejemplo, los cinco yamas, principios de conducta social que constituyen el primer limbo del yoga. Es decir, los primeros principios que deberíamos cumplir para que el yoga forme parte de nuestra vida de forma diaria.
- La no violencia (ahimsa). No sólo enseña a no causar daño a otra persona, sino que te incluye a ti mismo. Respetando la salud propia, cuidando la alimentación y evitando ejercicios que resulten nocivos, incluidas aquellas posturas de yoga o técnicas de respiración que resulten inadecuadas.
- La sinceridad (satya). Ser sincero requiere valor y deberíamos tratar de decir siempre la verdad. En caso de que hacerlo pueda herir a los demás, permanecer callados es la opción alternativa. Este yama también nos exige buscar en nuestro interior para encontrar la verdad sobre lo que somos. En este punto entraríamos en la aceptación de uno mismo y el reconocimiento de los defectos (y virtudes) propios.
- La honradez, no robar (asteya). Lo de “no robar” se refiere, de una forma bastante global, tanto al tiempo y la voluntad como a las posesiones de los demás. Incluso se puede aplicar a nosotros mismos.
- Moderación (brahmacarya). En cualquier cosa, a fin de tener un estilo de vida armónico. Muchas veces, como dice el libro del que estoy sacando esta información, se nos tienta a abusar. Pero nada en exceso es bueno, no resulta positivo, ni siquiera las posturas de yoga.
- No codicia (aparigraha). Tenemos lo que necesitamos y hacemos un uso prudente (y moderado) de ello sin codiciar. Esto, además de a la vida cotidiana, tiene una aplicación en clase de yoga bastante importante. No se trata de hacer mejor el ejercicio, sino de hacerlo conscientemente sin anticiparse a los resultados.
Hay un segundo limbo del yoga, el Niyama, que también consta de cinco principios, relacionados con la conducta personal. Los comento brevemente:
- Limpieza. Mantener sanos cuerpo y mente.
- Satisfacción. Actitud positiva hacia los aspectos de nuestra vida.
- Disciplina. Hacer lo que hay que hacer (por ejemplo, arreglar ese grifo, planchar la ropa, etc) y hacerlo con una sonrisa.
- Estudio de uno mismo. Desarrollo personal y el entendimiento de uno mismo.
- Devoción. Devoción a “lo supremo” que no tiene porque ser necesariamente de carácter religioso.
Hoy este artículo me ha salido un poquito místico, pero creo que los diez principios tienen una aplicación práctica en el día a día que, a lo mejor, ayuda a que nos sintamos un poco mejor. Yo lo intento, aunque reconozco que eso de la disciplina aún lo llevo fatal (y la ropa está aún por planchar).
Bibliografía consultada:
- Yoga. Ejercicios e inspiraciones para tu bienestar. Tara Fraser.
- YogaFlow. Despierta tu conciencia.
Curiosidad:
Una página (en inglés) sobre una clase de yoga en la India
¿POR QUÉ YOGA?
Comencé hace cuatro meses a practicar yoga. No sé porqué no comencé antes y las razones que me llevaron a iniciarme en esta disciplina no están claras. Fue, como me acostumbra a pasar, una de esas cosas que hago por impulso. Un día me levanté con la sensación de que tenía que hacer algo “físico” (en el sentido de actividad o ejercicio) y en cuestión de una semana había dado un repaso a todas las agendas de actividades de los centros cívicos cercanos a casa (3 en total) y de varias escuelas de danza del vientre y yoga.
Una semana más tarde, un poco decepcionada porque yo quería apuntarme a danza del vientre y no había plazas, pagué el primer trimestre de yoga de mi vida. Cosa de la que, no sólo no me arrepiento, sino que estoy encantada de la vida de haber hecho.
El yoga hay que practicarlo, explicar sus beneficios puede sonar a prospecto de medicamento para molestias de la menstruación. Una cosa es que te digan que es bueno y que te irá bien y otra muy distinta que te lo creas (o será que yo soy muy incrédula. No me lo creo). Pero os puedo explicar que es lo que yo saco en limpio de mis clases de yoga:
Ayer tenía clase por la tarde-noche. Salí del trabajo y me encaminé a la escuela después de pasarme la tarde batallando con los números. La luz suave del vestíbulo, el calorcito de la calefacción, caminar descalza (o con calcetines) por la tarima de madera y el delicado perfume del sándalo flotando en el aire me desconectaron del bullicio de la calle que acaba de abandonar.
La clase estaba en penumbra, silenciosa y perfumada por el incienso. Hicimos ejercicios suaves, y ejercicios muy energéticos que, personalmente, me dejaron entresudada y jadeante. Terminamos con una larga e intensa sat-kriya antes de tendernos bajo nuestras mantitas blancas a relajarnos. Y finalmente, concluimos la clase con un mantra que cantamos durante un periodo que, sencillamente, soy incapaz de decir cuanto rato duró. El yoga también tiene eso: si te concentras, pierdes totalmente la noción del tiempo.
Cuando llegué a casa y saqué de la bolsa mi blusa blanca, con la que había practicado yoga un rato antes, me percaté de que no olía en lo más mínimo a sudor y que estaba completamente impregnada del suave olor a incienso de la sala.
Una semana más tarde, un poco decepcionada porque yo quería apuntarme a danza del vientre y no había plazas, pagué el primer trimestre de yoga de mi vida. Cosa de la que, no sólo no me arrepiento, sino que estoy encantada de la vida de haber hecho.
El yoga hay que practicarlo, explicar sus beneficios puede sonar a prospecto de medicamento para molestias de la menstruación. Una cosa es que te digan que es bueno y que te irá bien y otra muy distinta que te lo creas (o será que yo soy muy incrédula. No me lo creo). Pero os puedo explicar que es lo que yo saco en limpio de mis clases de yoga:
- Mejorar mi humor. Si estoy de un humor de perros, mejora. Si ya estoy de buen humor, salgo a la calle como si fuera la protagonista de un anuncio de compresas que acaba de pasar por caja.
- Darme elasticidad. No se trata de que de la noche a la mañana te conviertas en una de las contorsionistas del Circ du Soleil, pero poquito a poco vas notando que estás menos tiesa. Incluso que te sientas mejor y más recta delante de la pantalla del ordenador.
- Enseñarme a respirar bien… y, por ende, a relajarme más fácilmente. De pronto descubres que tu forma de respirar hasta la fecha era un desastre. Que parte de culpa tenía de que hubieras padecido un ataque de ansiedad en el pasado. Llenar bien los pulmones y oxigenar el cuerpo no sólo te proporciona relajación sino energía. Todo depende del tipo de ejercicio y del momento. Que no es lo mismo la respiración larga y profunda que la respiración de fuego.
Ayer tenía clase por la tarde-noche. Salí del trabajo y me encaminé a la escuela después de pasarme la tarde batallando con los números. La luz suave del vestíbulo, el calorcito de la calefacción, caminar descalza (o con calcetines) por la tarima de madera y el delicado perfume del sándalo flotando en el aire me desconectaron del bullicio de la calle que acaba de abandonar.
La clase estaba en penumbra, silenciosa y perfumada por el incienso. Hicimos ejercicios suaves, y ejercicios muy energéticos que, personalmente, me dejaron entresudada y jadeante. Terminamos con una larga e intensa sat-kriya antes de tendernos bajo nuestras mantitas blancas a relajarnos. Y finalmente, concluimos la clase con un mantra que cantamos durante un periodo que, sencillamente, soy incapaz de decir cuanto rato duró. El yoga también tiene eso: si te concentras, pierdes totalmente la noción del tiempo.
Cuando llegué a casa y saqué de la bolsa mi blusa blanca, con la que había practicado yoga un rato antes, me percaté de que no olía en lo más mínimo a sudor y que estaba completamente impregnada del suave olor a incienso de la sala.