"Daría mi corazón si pudiera, daría mi corazón para que el de mi hija pudiera latir"
Porque te has ido, porque ya no estás.
Horror fundido con desesperación. Esperas delante de una sala de urgencias. Médicos que hablaban con la muerte, familiares que evitaban conversar con ella, apenas mirarla.
Cada hora que pasaba, cada vez que la manilla del reloj chafaba una rallita más, el sonido del tic-tac se convertía en una pérdida de la esperanza. Qué hizo ella para merecer esto, qué hicieron ellos para merecer esto.
Una vida joven. 34 años. Una hija de 3 años. Una madre que quería locamente a su hija del alma. Un marido que amaba hasta morir, un marido que consiguió dar parte de la luna a la persona que amaba. Una familia descarriada ante la pérdida de una chica joven, joven y débil. Aunque a la vez valiente. Porque siempre ha sabido luchar ante todo dolor, porque ha mantenido la cabeza bien alta aun sabiendo que Dios se la llevaba.
Qué lista eres, Ana. Tú ya lo sabías que nos ibas a dejar. Y nunca perdiste la sonrisa. Me alegro de haber podido verte otra vez antes de irte. ¿Sabes? Creo que no te he dado todo lo que merecías. Tú me querías demasiado, quizás yo no te lo demostré. Me arrepiento de no haberte visitado tanto como nos habría gustado a las dos.
Ayer vi tu casa, pero no estabas tú. Tenía la esperanza de verte algún día en ella. Ahora ya no podrá ser. Aunque sé que te habría gustado enseñármela. Lo siento, lo siento mucho.
Y no puedo evitar derramar lágrimas. Lágrimas que salpican destellos de locura, de insatisfacción, de injusticia, de impotencia. Y todo me evoca a momentos compartidos contigo. Y en todos veo a una tía que estaba orgullosa de su sobrina. Siempre me has dado lo mejor, y aunque yo no te lo haya demostrado como debería, lo tenía en cuenta; y lo apreciaba, Ana, mucho. Puede que mi error esté en que no he sabido expresarme, en que me he guardado los sentimientos.
Jodida mierda. Fue ayer cuando hablamos y conseguí robarte una sonrisa. Te pedí que fueras fuerte, y te di un beso. Lo que no sabía era que iba a ser el último beso, el beso de la despedida.
Y es verdad, nos has dejado. No puedo asimilarlo. Nadie lo hace. Pero tú no temas por nada, vamos a cuidar de tu niña. Y del Fernando. Y de tu madre. Lo pasarán mal… eras parte de su vida y con tu muerte has inundado su cuerpo de pena. Pero saldrán adelante. Por ti, porque tú lo querrías así. Luchadora hasta el último momento, así nos has enseñado a vivir.
Ayer intenté que mi corazón bombeara más fuerte para ver si te llegaba un poquito de mi energía. Pero no pude, no fue suficiente. Y ahí te quedaste dormida, en la sala número doce; una sala donde, de la cortina, salía un rallo de luz. Pensé que eras tú. Hoy todavía lo creo.
Y rectifico el principio: Mentira; porque no te has ido, porque todavía estás. Nos has dejado lo mejor de ti: tu hija, Nadine. Sólo con mirarla a los ojos puedo saber que no nos has dejado solos, que siempre estarás aquí para cuidarnos, para cuidarla.
Te quiero.
Horror fundido con desesperación. Esperas delante de una sala de urgencias. Médicos que hablaban con la muerte, familiares que evitaban conversar con ella, apenas mirarla.
Cada hora que pasaba, cada vez que la manilla del reloj chafaba una rallita más, el sonido del tic-tac se convertía en una pérdida de la esperanza. Qué hizo ella para merecer esto, qué hicieron ellos para merecer esto.
Una vida joven. 34 años. Una hija de 3 años. Una madre que quería locamente a su hija del alma. Un marido que amaba hasta morir, un marido que consiguió dar parte de la luna a la persona que amaba. Una familia descarriada ante la pérdida de una chica joven, joven y débil. Aunque a la vez valiente. Porque siempre ha sabido luchar ante todo dolor, porque ha mantenido la cabeza bien alta aun sabiendo que Dios se la llevaba.
Qué lista eres, Ana. Tú ya lo sabías que nos ibas a dejar. Y nunca perdiste la sonrisa. Me alegro de haber podido verte otra vez antes de irte. ¿Sabes? Creo que no te he dado todo lo que merecías. Tú me querías demasiado, quizás yo no te lo demostré. Me arrepiento de no haberte visitado tanto como nos habría gustado a las dos.
Ayer vi tu casa, pero no estabas tú. Tenía la esperanza de verte algún día en ella. Ahora ya no podrá ser. Aunque sé que te habría gustado enseñármela. Lo siento, lo siento mucho.
Y no puedo evitar derramar lágrimas. Lágrimas que salpican destellos de locura, de insatisfacción, de injusticia, de impotencia. Y todo me evoca a momentos compartidos contigo. Y en todos veo a una tía que estaba orgullosa de su sobrina. Siempre me has dado lo mejor, y aunque yo no te lo haya demostrado como debería, lo tenía en cuenta; y lo apreciaba, Ana, mucho. Puede que mi error esté en que no he sabido expresarme, en que me he guardado los sentimientos.
Jodida mierda. Fue ayer cuando hablamos y conseguí robarte una sonrisa. Te pedí que fueras fuerte, y te di un beso. Lo que no sabía era que iba a ser el último beso, el beso de la despedida.
Y es verdad, nos has dejado. No puedo asimilarlo. Nadie lo hace. Pero tú no temas por nada, vamos a cuidar de tu niña. Y del Fernando. Y de tu madre. Lo pasarán mal… eras parte de su vida y con tu muerte has inundado su cuerpo de pena. Pero saldrán adelante. Por ti, porque tú lo querrías así. Luchadora hasta el último momento, así nos has enseñado a vivir.
Ayer intenté que mi corazón bombeara más fuerte para ver si te llegaba un poquito de mi energía. Pero no pude, no fue suficiente. Y ahí te quedaste dormida, en la sala número doce; una sala donde, de la cortina, salía un rallo de luz. Pensé que eras tú. Hoy todavía lo creo.
Y rectifico el principio: Mentira; porque no te has ido, porque todavía estás. Nos has dejado lo mejor de ti: tu hija, Nadine. Sólo con mirarla a los ojos puedo saber que no nos has dejado solos, que siempre estarás aquí para cuidarnos, para cuidarla.
Te quiero.