...Soñando que dejo de soñar...
¿Por qué, de repente, casi sin darme cuenta, siento unas ganas terribles de llorar? ¿Por qué me puede la rabia si se supone que ya te he olvidado? Me siento convertirme en la Carla de mi novela sin terminar, siento que mis rizos son mis propios verdugos (¡ay! ¡como se enredan en mi cuello, apretando, para asfixiarme!), noto el frio del lavabo sobre mis manos, sobre mi púbis desnudo. Ya sabes, nunca fuí demasiado alta. Maldigo los versos de un Shakespeare utópico, de un Neruda que pudo escribir los versos más bellos aquella noche, la noche que dio consuelo a Lorca, los poetas malditos que nunca debí leer. Me odio a mi misma por no haber creído en Adam Smith, por no haber leído El Capital. Crecí rodeada de fantasía, soñando con encontrar a la Bella que me hiciera volverme Bestia. ¿O era al revés? Quizás buscaba a la Bestia que me volviese Bella... o simplemente me conformaba con el candelabro de acento francés, servil y gentil. En mis pies hay dos charcos de agua. Me miro en el espejo y no entiendo qué coño hace esa lágrima por mi mejilla. Ni por qué has aparecido esta noche aquí, deberías estar fuera, riéndote, emborrachándote, seduciendo a alguna puta, jugando al borde del río a ser el Cristobal Colón que conquistó las Americas. Deberias ignorarme por completo, no mostrar ni un trozo de tu terrible sonrisa. Deberías coger el puñal que te ofrezco y suicidarte encima de un altar. Yo prometo que luego, mi amado Romeo, beberé el elixir que me lleve a la tumba.
Los dos muertos, y ninguno sufrirá.
(¿Cuándo vas a desaparecer de una vez por todas?)
Los dos muertos, y ninguno sufrirá.
(¿Cuándo vas a desaparecer de una vez por todas?)





