Flores y cardos, cardos y flores
Flores y cardos, cardos y flores.
No hay más.
Perdido en la isla
La serie tiene momentos soberbios, secuencias que ponen los pelos de punta y otros que te dejan boquiabierto. También es cierto que puede resultar algo lenta, pero esto es debido a la gran cantidad de personajes y los enigmas que cada uno entraña. Ver esta serie de golpe puede suponer o un completo orgasmo, o un autentico suplicio. Sea como fuere, esta serie me ha devuelto la ilusión de pensar que en la caja tonta puedo ver algo más allá de la mierda que se emite en este país. Algo más allá de los caposos chistes de Los Serrano, de cerco en las axilas y pedantería, algo más allá de “¡Qué pasa neng!” o del cansino “un poquito de por favor”. Ya aviso a los que no hayan visto aún esta serie. Que no se esperen más que una serie entretenida que le mantenga en cada hora de episodio el culo inamovible en el asiento. Ahora sí, va a ser una experiencia tal que se olvidará de que la hora, del asiento y de su culo.
¡Que dejen de hacer estas series, por favor, que no hago más que pensar en lo que ocurrirá en el episodio siguiente!
Brahms
Tan perfecto.
Busco esa imperfección en esta supuesta perfección. Una posibilidad remota de que la excepción confirme la regla. Una llave, un resorte, un ápice, un matiz, una señal. Algo que eleve el todo a lo sagrado. Algo que lo ascienda más allá del hombre que lo ha creado, y más allá de el hombre como raza, como una señal de la religiosidad, de lo sacro de esta sinfonía. Una clave oculta que me muestre la imperfección o que me obligue a seguir buscando. ¿Quizá ese residuo invisible es que no dura eternamente? ¿Quizá es que me duele el alma a medida que va acabandose la pieza? ¿Es ese dolor el tesoro que oculta este sonido? ¿Es ese bienestar y malestar la cara oculta del enigma? Puede que la búsqueda de esta energía con forma de música como perfección sea el todo. La eterna búsqueda de la verdad, sea cual fuere ésta. Puede que la perfección esté en esa búsqueda. Y esa busqueda parece comienzar y acabar en uno mismo.
De nada vale especular...
Ahora suena el estrambótico e insuperable movimiento final.
Dejo de escribir.
Allegro non troppode la Sinfonia Nº 4 en mi menor, opus 98 de Johannes Brahms
El video de la luna
Acabo de ver el video del supuesto edificio extraterrestre que se supone fue grabado en el primer viaje a la luna de Aldrin y Armstrong. En el video, emitido por tve1 hace ya cosa de un año (y del que he tenido conocimiento pero hasta ahora no he visto), se ve a los astronautas investigando unas ruinas que parecen ser de origen artificial, es decir, que tendrían que haber sido creadas por alguien. Este video, creo, fue el desencadenante de la cancelación del programa en el que fue emitido. Este era la serie El planeta encantado , que el periodista Juan José Benitez había creado para la televisión pública. He leído libros de este señor y, aunque fantasiosos y pretenciosos algunos, por norma general, me han gustado. Entre ellos, Caballo de troya, de la que debe de haberse publicado ya la sexta parte, y que muy buenos dineros le supuso a su autor. Para hacerse una idea de lo originales que son sus ideas y opiniones, solo hay que decir que en este libro sostiene la teoria de que un militar estadounidense viajó en el tiempo hasta la época de Jesus de Nazaret y le entregó a Benitez pruebas de ello. El sentido común, nada más leer el libro, te dice que Benitez sabe en todo momento que está fantaseando. A pesar de intentar dar pruebas (sean las que sean), y de tratar la información como veraz, el libro se lee con la idea de que puede que Benitez se pueda creer lo que él mismo cuenta, pero que sin duda sabe que fantasea. Otros libros suyos tocan temas muy interesantes, como el accidente de Roswell en 1947, que sin duda fue un fenómeno socio-cultural tremendo, fuera o no fuera una nave extraterrestre lo que se estrellara en aquél desierto de Nuevo Méjico. Benitez es un reconocido investigador, admirado y respetado, pero con muchisimos detractores. Tiene varios libros en los que fantasea con teorías conspiratorias, teorías de revisionismo histórico, y todas tienen un punto de interes, un aderezo justo, para que aunque no se puedan tomar como una teoría seria, sí que sea una teoría posible (por muy infinitamente posible que esta sea).
De ser cierto, esto cambiaría para siempre el devenir de la mentalidad humana. Pero me entristece enormemente que un autor del que he leído con avidez y curiosidad se valga de estas tretas para cualesquiera que sea su fin. No es el hecho de que sea disparatado que haya un edificio en la luna, que no lo es aunque lo parezca. Si no que en el afan de contentar, se mienta a sí mismo, sabedor de que el video es falso.
Puede que en los libros nos hiciera pensar en posibilidades, que aunque remotas, siempre eran bien vistas y agradablemente razonables, pero él siempre lo tenía en cuenta, y lo sabía. En el video, sabiendo que es falso, se miente a sí mismo para darse credibilidad. Sabe que es falso, pero lo hace pasar por verdadero. Y eso solo tiene un nombre, aunque duela; estafa.
La piscina de Babel
Seguramente, esta vez también se nos adelanten los que adoran “lo que no nos gusta”.
De amantes religiosas
Amantes religiosas.
Esta noche, atraído por la luz supongo, ha entrado en la garita un bicho volando. Era enorme. Creo que era una mantis religiosa. Curioso nombre. Siempre he creído, cacofónicamente (y estúpidamente, sí), que mantis venía de amante, por lo que “religiosa” convierte el nombre completo en un hoxímoron la mar de morboso. Es una de esas ideas surgidas de palabras que vienen a la cabeza desde que somos pequeños, y que aún sabiendo la realidad, nos sugieren cosas distintas. Seguro que más de uno tiene un buen saco de ellas. Como digo, ha entrado una mantis y ha revoloteado hasta posarse tras la mesa. Yo he dado un buen respingo ya que, aunque no me dan miedo, si tengo cierto repelus a estos bichos tan grandes. Maravillosos y grandiosos insectos, sin duda, pero que me dan repelus. Piensen si no en una polilla, por ejemplo, aleteando junto a su oreja… ¿Da o no da repelus?
Mi primera idea ha sido tomar el periódico y azuzarle para hacerle salir de detrás de la mesa. He tardado lo mío en sacarle de ahí. Cuando le he visto asomar sus picudas patas delanteras moviéndose frenéticamente, he decidido usar la artillería. Al más puro estilo Clint Eastwood he sacado le insecticida y he rociado al insecto una primera vez. Al ver sus movimientos espasmódicos he resuelto bombardearle hasta matarlo. Le he rociado un buen rato, hasta que he visto que en el suelo se formaban charquitos blancos del letal líquido. El bicho, impregnado y viscoso, ha comenzado a moverse despacio, casi imperceptiblemente. Ha sido entonces cuando me he arrepentido. He tomado de nuevo el periódico y le he sacado fuera suavemente (sí, aún arrepentido me sigue dando repelus). Una vez fuera, le he dado un par de golpecitos con la idea de que reaccionara. Le he echado un poquito de agua, como si fuese un boxeador al que hay que despabilar, como si esa agua fuese a arreglar el haberle rociado con el insecticida. Coño, si es que el nombre lo dice clarito; “insecticida”, que no hay nada que hacer, vamos. Pero sí ha habido reacción. Aunque, como el enfermo que se recupera antes de caer mortalmente, ha vuelto a quedarse quieto. Esta vez petrificado. Estaba arrugado, constreñido, como las víctimas de Pompeya, calcinadas en posturas en las que se cubrían y se acurrucaban ante la explosión del Vesubio. Parecía tener ese “rigor mortis” que tantas veces Scully nombraba y que nos hace parecer cadáveres ridículos, como fotografiados en el catre, haciendo de vientre. Apretando, vamos, hablando mal y pronto. Si la cara de este bicho no hubiesen sido la de esos ojos alienígenas y la cabeza de garbanzo, y hubiese tenido expresiones humanas, sin duda hubiese tenido un gesto de horror, con el ceño fruncido y la mandíbula prieta. El charco del agua se extendía a su alrededor. Parecía que el agua había surgido de él, ennegreciendo el suelo pavimentado, como si su savia vital, sus vísceras, se escaparan por su abdomen. Finalmente, con la vergüenza y la incomodidad que crece en momentos así en el ser humano, la misma que hace dar la vuelta a las fotos de la pareja cuando se le está siendo infiel, o que cambia el canal cuando ve negritos llenos de moscas en la tele, me he deshecho del cadáver. Lo he pisado hasta desintegrar sus crujientes pedacitos en restos apenas visibles. Lo que no se ve, no duele. No le he dado sepultura. Quizá no era católico. Además me daba repelus... Decía un sabio chino que “aquél que es capaz de matar a un insecto con la frialdad del que cree que nada cambia por ello, no me merece más que ser ignorado, sabiendo que nada cambiará por ello.”
A veces, me doy asco.
Mi primera idea ha sido tomar el periódico y azuzarle para hacerle salir de detrás de la mesa. He tardado lo mío en sacarle de ahí. Cuando le he visto asomar sus picudas patas delanteras moviéndose frenéticamente, he decidido usar la artillería. Al más puro estilo Clint Eastwood he sacado le insecticida y he rociado al insecto una primera vez. Al ver sus movimientos espasmódicos he resuelto bombardearle hasta matarlo. Le he rociado un buen rato, hasta que he visto que en el suelo se formaban charquitos blancos del letal líquido. El bicho, impregnado y viscoso, ha comenzado a moverse despacio, casi imperceptiblemente. Ha sido entonces cuando me he arrepentido. He tomado de nuevo el periódico y le he sacado fuera suavemente (sí, aún arrepentido me sigue dando repelus). Una vez fuera, le he dado un par de golpecitos con la idea de que reaccionara. Le he echado un poquito de agua, como si fuese un boxeador al que hay que despabilar, como si esa agua fuese a arreglar el haberle rociado con el insecticida. Coño, si es que el nombre lo dice clarito; “insecticida”, que no hay nada que hacer, vamos. Pero sí ha habido reacción. Aunque, como el enfermo que se recupera antes de caer mortalmente, ha vuelto a quedarse quieto. Esta vez petrificado. Estaba arrugado, constreñido, como las víctimas de Pompeya, calcinadas en posturas en las que se cubrían y se acurrucaban ante la explosión del Vesubio. Parecía tener ese “rigor mortis” que tantas veces Scully nombraba y que nos hace parecer cadáveres ridículos, como fotografiados en el catre, haciendo de vientre. Apretando, vamos, hablando mal y pronto. Si la cara de este bicho no hubiesen sido la de esos ojos alienígenas y la cabeza de garbanzo, y hubiese tenido expresiones humanas, sin duda hubiese tenido un gesto de horror, con el ceño fruncido y la mandíbula prieta. El charco del agua se extendía a su alrededor. Parecía que el agua había surgido de él, ennegreciendo el suelo pavimentado, como si su savia vital, sus vísceras, se escaparan por su abdomen. Finalmente, con la vergüenza y la incomodidad que crece en momentos así en el ser humano, la misma que hace dar la vuelta a las fotos de la pareja cuando se le está siendo infiel, o que cambia el canal cuando ve negritos llenos de moscas en la tele, me he deshecho del cadáver. Lo he pisado hasta desintegrar sus crujientes pedacitos en restos apenas visibles. Lo que no se ve, no duele. No le he dado sepultura. Quizá no era católico. Además me daba repelus... Decía un sabio chino que “aquél que es capaz de matar a un insecto con la frialdad del que cree que nada cambia por ello, no me merece más que ser ignorado, sabiendo que nada cambiará por ello.”
A veces, me doy asco.
Causas naturales
Hoy me he enterado de la muerte, el dia 9 de Agosto, del actor Matthew McGrory. He leído en el periódico que su muerte se ha debido a “causas naturales”. Ha muerto con 32 años. ¿Muerte natural a los 32 años?
Es algo aparentemente anómalo que alguien con esa edad muera por algo que no sea una enfermedad, un accidente, o algo así (ahora que lo pienso, ¿se puede morir uno de algo que no sea un accidente o una enfermedad, además de las “causas naturales”?). Ignoro a que llamaba el redactor de la necrológica “muerte natural”, ya que un cáncer puede ser natural, un tumor cerebral también, y ¿qué hay más natural que un virus letal? Retorcimientos sarcástico-retóricos aparte, he de suponer que una “muerte natural” es morir tal y como, en las condiciones físicas del individuo, debería de hacerlo. Es decir, morir porque tu estado es determinado.
Matthew McGrory era también “determinado”. Medía casi dos metros y medio de altura. Sus pies habían entrado en el libro de los record Guinness (algo tendrá que ver esto con la cerveza… tengo que mirarlo) porque sus pies medían 43 cm y medio. Estaba rodando una película sobre Andre el Gigante, experto en lucha libre y después actor, un tipo con el que McGrory se había sentido especialmente identificado, ya que compartían las dimensiones físicas. Había hecho varias películas, pero la más importante y la que le encumbró (introduzca el lector un chiste fácil aquí) fue Big Fish de Tim Burton. aquél gigantón que devoraba ovejas y al que Ewan McGrory convenció para dejar de ser una bestia y aprender a valorarse a sí mismo. Algo así supongo que debió ser su premisa para convivir día a día con su malformación.
Parecía un tipo inteligente, y lo digo sin conocimiento, solo al mirarle a la cara. Incluso, a pesar de las latentes diferencias para con los cánones de belleza actuales, se podría decir que era incluso atractivo. Su mirada tenía chispa, y su media sonrisa agradaba, con un toque fraternal que calaba al instante.
Pensar tan solo en un día metido en su piel me resulta difícil. “Hubiera hecho cualquier cosa por ser una persona de dimensiones normales un dia por semana, para no sentir los ojos de la gente clavados sobre él, poder ir al cine como cualquier otra persona y pasear por las calles sin llamar la atención” había dicho Drew Sky, el director de la película que estaba rodando McGrory. Todo resulta escrupulosamente sencillo para alguien de medidas normales. Esta “alta” perspectiva me hace reflexionar sobre hasta qué punto el azar,o la providencia, se ha cebado con cierto tipo de personas que han tenido la desgracia de vivir en un sistema tan adverso como este.
Quizá sea infame sentir lástima por alguien en su condición, ya que eso nos convertiría en un degradador más, pero dudo que la idea de ser “normal” no pasara por su cabeza casi todas las horas que permanecía consciente. Intento imaginar cómo se debía sentir paseando por la calle, yendo a comprar el periódico en un quiosco cuyo toldo pega en su barbilla, sentándose en un banco a leerlo casi clavando las rodillas en el pecho, y todo ello sabiendo que varias miradas están clavadas en su nuca. Siempre haciendo de monstruo en el cine. Siempre determinado por ser alto. Todo a su alrededor basado y girando en torno a ese detalle. El nimio y ridículo detalle de ser diferente. Ser diferente por ser diferente.
Ya no me parece tan rara la acepción de “muerte natural”.
Matthew McGrory era también “determinado”. Medía casi dos metros y medio de altura. Sus pies habían entrado en el libro de los record Guinness (algo tendrá que ver esto con la cerveza… tengo que mirarlo) porque sus pies medían 43 cm y medio. Estaba rodando una película sobre Andre el Gigante, experto en lucha libre y después actor, un tipo con el que McGrory se había sentido especialmente identificado, ya que compartían las dimensiones físicas. Había hecho varias películas, pero la más importante y la que le encumbró (introduzca el lector un chiste fácil aquí) fue Big Fish de Tim Burton. aquél gigantón que devoraba ovejas y al que Ewan McGrory convenció para dejar de ser una bestia y aprender a valorarse a sí mismo. Algo así supongo que debió ser su premisa para convivir día a día con su malformación.
Parecía un tipo inteligente, y lo digo sin conocimiento, solo al mirarle a la cara. Incluso, a pesar de las latentes diferencias para con los cánones de belleza actuales, se podría decir que era incluso atractivo. Su mirada tenía chispa, y su media sonrisa agradaba, con un toque fraternal que calaba al instante.
Pensar tan solo en un día metido en su piel me resulta difícil. “Hubiera hecho cualquier cosa por ser una persona de dimensiones normales un dia por semana, para no sentir los ojos de la gente clavados sobre él, poder ir al cine como cualquier otra persona y pasear por las calles sin llamar la atención” había dicho Drew Sky, el director de la película que estaba rodando McGrory. Todo resulta escrupulosamente sencillo para alguien de medidas normales. Esta “alta” perspectiva me hace reflexionar sobre hasta qué punto el azar,o la providencia, se ha cebado con cierto tipo de personas que han tenido la desgracia de vivir en un sistema tan adverso como este.
Quizá sea infame sentir lástima por alguien en su condición, ya que eso nos convertiría en un degradador más, pero dudo que la idea de ser “normal” no pasara por su cabeza casi todas las horas que permanecía consciente. Intento imaginar cómo se debía sentir paseando por la calle, yendo a comprar el periódico en un quiosco cuyo toldo pega en su barbilla, sentándose en un banco a leerlo casi clavando las rodillas en el pecho, y todo ello sabiendo que varias miradas están clavadas en su nuca. Siempre haciendo de monstruo en el cine. Siempre determinado por ser alto. Todo a su alrededor basado y girando en torno a ese detalle. El nimio y ridículo detalle de ser diferente. Ser diferente por ser diferente.
Ya no me parece tan rara la acepción de “muerte natural”.
La pregunta de V
Se acerca una película (una de mis pasiones, el cine) que me produce una extraña sensación de incertidumbre. Se trata de V de VendettaÉsta película está basada en uno de los comics (otra de mis pasiones) más famosos e importantes de la década de los ochenta, creado por Alan Moore y David Lloyd, guionista y dibujante respectivamente. Moore es toda una celebridad y suyas son otras obras llevadas al cine, como por ejemplo La liga de los hombres extraordinarios o Desde el infierno. V de Vendetta trata de una hipotética sociedad post-segunda guerra mundial, en el que el fín de la guerra no fue el que conocemos. El modo de gobierno está basado en el control exaustivo del individuo, dándole una idea de libertad interesada, haciendole entender que lo que se le niega no lo necesita. Su libertad se objetiviza, se vuelve utilitarista, funcional. El bicefálico pretesto es por supuesto, la seguridad, y también el control absoluto. El problema es que este último no se oculta, cosa que aunque denigrante no deja de ser lógica en un estado así, y aún así, el pueblo no reacciona. Aquí nos vemos inmersos en una cuestión que trasciende la película de los hermanos Wachowski (sí, los de Matrix, cuyo título por cierto, debería tener artículo y ser The Matrix (la matriz...) pero eso es otra historia). Esta cuestión esta ahora en auge tras los atentados del 7-J (los de Londres, vamos, es que está de moda los numeritos y las letras, cuando tenemos un precioso lenguaje y parece que ultimamente nos esforzamos en no usarlo).
Tras los atentados, los diferentes gobiernos amenazados de atentados pretenden establecer nuevos filtros de seguridad que, entre otras medidas, consistiran en archivar sistemáticamente todos los mails y las conversaciones telefónicas de los ciudadanos. ¿Estaríamos dispuestos a sacrificar libertad por seguridad? Las acepciones de "libertad" y "seguridad" en esta pregunta nos da la señal de qué tipo de cuestión estamos tratando. "Libertad" es un concepto, algo que no tiene cabida más que en el ideario de cada individuo, mientras que la seguridad, siendo tambien en parte (y digo en parte, a buen entendedor...) un concepto, no queda tan denostado en esta comparación. Es decir, nadie me va a dar más seguridad porque grabe mi voz y mis mails, al igual que nadie me va a quitar más libertad por que lo haga.
Una sociedad que está dispuesta a preguntarse por una confrontación conceptual, ya de por sí tiene que replantearse ciertas cuestiones más intrínsecas...(sic, el eterno replanteamiento, asignatura pendiente en nuestra conciencia). Y es que la seguridad es una necesida humana primordial, situada tras las básicas, y las sociales (escalonado Maslow). La libertad transciende en espiritualidad y a la vez en subjetifización, ya que es un compendio de lo que pensemos y lo que nos dejen pensar. Es un tuya mia. Y en esto se parece a la seguridad. El problema de la seguridad es que es algo que no te das tú mismo, como sí es la libertad, si no que te la da un compendio de artilugios mas o menos útiles que pone el gobierno de turno a disposición del ciudadano.(policía, sistemas de video, guardias, satélites, etc...) Así es que, ¿se nos está objetivizando nuestra libertad como en la película? ¿Pretenden vendernosla como una funcionalidad, como un útil?
La pregunta es quizá ¿Qué tipo de seguridad se me ofrece si para ello tengo que cuestionarme sí ésta supone sesgar de mi libertad?, al igual que ¿Qué tengo yo por libertad, si soy capaz de cuestionarme que el grabar mi voz y mis mails supone cohartarla?
Segunda Utopía
Bien, visto que todo está en orden, me alegra comenzar esta nueva singladura por algo que nunca me ha llamado la atención, y algo que siempre he considerado algo banal y demasiado virtualizado como son los blogs. La verdad es que éste encuentro conmigo mismo, esa parte algo ególatra, curiosa y, ahora, digital, tengo que agradecerselo a el aburrimiento y al desespero del cansino horario veraniego. Puede que esta aventura sea algo curioso y reconfortante, o puede que no dure más que un par de dias, lo que dure el furgor de la novedad. Sea como fuere, no quiero que esto se convierta en el típico diario al que acudir a escribir lo interesante que ha sido mi jornada (sic), cuyo interés será nulo...
Por cierto, el título de Segunda Utopía se lo debo a Cris, ya que la primera queda en la memoria (para castigo u orgullo) de Tomas Moro.
Por cierto, el título de Segunda Utopía se lo debo a Cris, ya que la primera queda en la memoria (para castigo u orgullo) de Tomas Moro.





