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Segunda Utopía
Cada paso a la utopía es un paso más que dar.
Acerca de
La Segunda Utopía no tiene dueño, guardian o custodio.
Sindicación
 
Flores y cardos, cardos y flores
Las flores y los cardos tienen mucho en común. Muchos cardos borriqueros creen ser flores, o lo que es peor, van disfrazadas de flores. Te culpan si no sabes apreciar lo fragante de sus colores, lo brillante de sus pétalos y lo grandioso de sus estambres. Ven pasar a las flores verdaderas y las señalan, las amenazan, y hasta las hacen creer que el color de sus pétalos es una burda copia de los del cardo disfrazado. Aman pero no dejan amar, a no ser que sean amados tal y como ellos quieren serlo. Y si no es así, tratan de envilecerlas y hacerlas sentir culpables. La culpa es algo que nunca han conocido. Luego hay flores que creen ser cardos. Ineptas florecillas que se contentan con poco y no se dan cuenta de que su polen impregna todo a su alrededor. Las hay también que desean ser cardos, cardos disfrazados de flores, porque esa conjunción es única y reserva la vanidad y el egoísmo como una virtud intrínseca, cuyo polen tienen en cantidades pero es esteril. Quieren ser cardos porque estos no se contentan con nada. Sus bocas son más grandes que sus orejas, y creen que ser escuchados es el único fin por el cual crear una unión, ya sea de amistad o de amor. De su boca sale su polen. Tapan sus espinas bajo los pétalos acartonados, pero ¡ay amigo, yo los veo! Las flores tienen más orejas que bocas, y suelen vivir en la eterna desgracia, ya que en menor o mayor medida, es impregnada de polen ajeno, quedándose el suyo, purificador a veces, pútrido otras, en las anteras de los estambres de la vergüenza y la estupidez. Y allí se quedan.

Flores y cardos, cardos y flores.



No hay más.
 
Perdido en la isla
No recuerdo estar enganchado a ninguna serie de televisión tanto como a Perdidos. Recuerdo apasionarme con Expediente X y poco más. No hay otra serie televisiva de mención especial aparte de la de Mulder y Scully. Pero lo de esta serie supera a todo. Me recuerda un poco al fenómeno del Código Da Vinci, pero a una escala multimedia. Y mira que no me ha gustado nunca todo esto. Una serie que se basa en crear enigmas nuevo sin llegar a contestar a los anteriores. Es algo tramposa en ese aspecto y eso es algo que siempre me ha disgustado ya que de esa forma se puede jugar con el telespectador de la manera que se quiera, pudiendo tenerle pendiente de una trama todo el tiempo que se quiera. Es un arma de doble filo, ya que esta espera puede ser llegar a resultar un timo, una tomadura de pelo. Pero hasta que llegue ese momento (espero que no llegue y no acabe renegando de la serie) solo puedo decir que Perdidos me ha deparado lo mejor en cuanto a experiencia audiovisual de este año y posiblemente lo mejor en cuanto a televisión que he podido experimentar. A nadie le engaña que perdidos es una enorme superproducción y que basa su contenido en enganchar al espectador para tenerle ahí cada semana esperando una respuesta y que los guionistas basan su trabajo en ello. Pero, hay que joderse lo bien que lo hacen. Cada episodio esconde algo, quizá un cable en la arena en un segundo plano. Una frecuencia de números aparentemente sin sentido. Una pelota de golf con un nombre escrito. Pequeños matices que más tarde o más temprano, adquieren relevancia. Los personajes por su parte están muy trabajados, cada uno de ellos es distinto y la isla se acaba convirtiendo en un gran arco iris de razas, lenguas y pensamientos.
La serie tiene momentos soberbios, secuencias que ponen los pelos de punta y otros que te dejan boquiabierto. También es cierto que puede resultar algo lenta, pero esto es debido a la gran cantidad de personajes y los enigmas que cada uno entraña. Ver esta serie de golpe puede suponer o un completo orgasmo, o un autentico suplicio. Sea como fuere, esta serie me ha devuelto la ilusión de pensar que en la caja tonta puedo ver algo más allá de la mierda que se emite en este país. Algo más allá de los caposos chistes de Los Serrano, de cerco en las axilas y pedantería, algo más allá de “¡Qué pasa neng!” o del cansino “un poquito de por favor”. Ya aviso a los que no hayan visto aún esta serie. Que no se esperen más que una serie entretenida que le mantenga en cada hora de episodio el culo inamovible en el asiento. Ahora sí, va a ser una experiencia tal que se olvidará de que la hora, del asiento y de su culo.

¡Que dejen de hacer estas series, por favor, que no hago más que pensar en lo que ocurrirá en el episodio siguiente!
 
Brahms
Anoche. Un viejo radiocasette sobre una silla junto a mi cama. Pasadas las tres de la madrugada. Dejo la ventana entreabierta y relajo mis músculos. La música empieza a sonar. No comienza de forma gradual, comienza con los violines en pleno, en el movimiento que será la clave de toda la melodía. Se mueve entre sonidos varios, llevando las sensaciones desde la mayor de las tristezas, hasta la desbordante alegría, pasando por la melancolía y la festividad. ¿Es posible que una música de apenas varios minutos desemboque en tal cantidad de sensaciones? Es oyendola cuando me doy cuenta de todo. De todo lo que no conozco y se que debo conocer. Es como darse cuenta de la cantidad de agujeros que hay en mi mente y que debo rellenar. Es algo que ha estado ahi y que nunca me he detenido a observar. Como el cuadro que hay colgado en algun lugar de todo hogar y que nunca nos hemos parado a mirar concienzudamente. Ese conocimiento del desconocimiento, que no deja de ser desconocido a pesar de ser conocido. He tenido que poner la música para escribir esto. Es imposible no hacerlo. No es música que me mueva, que me transporte, es la que me sugiere un espacio-tiempo aquí, ahora, siempre y después. Una conjunción cuasi-apocaliptica de lo concreto y lo inconcreto... Si existe la perfeción, es esto. Y no existe, por lo tanto, esta música no es. Napoleón decía que la perfección era bella porque era una quimera. ¿Es una quimera esta melodía? No es posible que algo hecho por el ser humano sea tan bello.
Tan perfecto.
Busco esa imperfección en esta supuesta perfección. Una posibilidad remota de que la excepción confirme la regla. Una llave, un resorte, un ápice, un matiz, una señal. Algo que eleve el todo a lo sagrado. Algo que lo ascienda más allá del hombre que lo ha creado, y más allá de el hombre como raza, como una señal de la religiosidad, de lo sacro de esta sinfonía. Una clave oculta que me muestre la imperfección o que me obligue a seguir buscando. ¿Quizá ese residuo invisible es que no dura eternamente? ¿Quizá es que me duele el alma a medida que va acabandose la pieza? ¿Es ese dolor el tesoro que oculta este sonido? ¿Es ese bienestar y malestar la cara oculta del enigma? Puede que la búsqueda de esta energía con forma de música como perfección sea el todo. La eterna búsqueda de la verdad, sea cual fuere ésta. Puede que la perfección esté en esa búsqueda. Y esa busqueda parece comienzar y acabar en uno mismo.

De nada vale especular...

Ahora suena el estrambótico e insuperable movimiento final.

Dejo de escribir.

Allegro non troppode la Sinfonia Nº 4 en mi menor, opus 98 de Johannes Brahms
 
El video de la luna

Acabo de ver el video del supuesto edificio extraterrestre que se supone fue grabado en el primer viaje a la luna de Aldrin y Armstrong. En el video, emitido por tve1 hace ya cosa de un año (y del que he tenido conocimiento pero hasta ahora no he visto), se ve a los astronautas investigando unas ruinas que parecen ser de origen artificial, es decir, que tendrían que haber sido creadas por alguien. Este video, creo, fue el desencadenante de la cancelación del programa en el que fue emitido. Este era la serie El planeta encantado , que el periodista Juan José Benitez había creado para la televisión pública. He leído libros de este señor y, aunque fantasiosos y pretenciosos algunos, por norma general, me han gustado. Entre ellos, Caballo de troya, de la que debe de haberse publicado ya la sexta parte, y que muy buenos dineros le supuso a su autor. Para hacerse una idea de lo originales que son sus ideas y opiniones, solo hay que decir que en este libro sostiene la teoria de que un militar estadounidense viajó en el tiempo hasta la época de Jesus de Nazaret y le entregó a Benitez pruebas de ello. El sentido común, nada más leer el libro, te dice que Benitez sabe en todo momento que está fantaseando. A pesar de intentar dar pruebas (sean las que sean), y de tratar la información como veraz, el libro se lee con la idea de que puede que Benitez se pueda creer lo que él mismo cuenta, pero que sin duda sabe que fantasea. Otros libros suyos tocan temas muy interesantes, como el accidente de Roswell en 1947, que sin duda fue un fenómeno socio-cultural tremendo, fuera o no fuera una nave extraterrestre lo que se estrellara en aquél desierto de Nuevo Méjico. Benitez es un reconocido investigador, admirado y respetado, pero con muchisimos detractores. Tiene varios libros en los que fantasea con teorías conspiratorias, teorías de revisionismo histórico, y todas tienen un punto de interes, un aderezo justo, para que aunque no se puedan tomar como una teoría seria, sí que sea una teoría posible (por muy infinitamente posible que esta sea).
Siempre he pensado que la ciencia es lo único demostrar estos idearios. Hasta entonces, tendremos que jugar con las teorías y las fantasias. Porque, para mí, la teoría de que el mundo lo creara Dios tiene la misma credibilidad de que lo crearan un escuadron de ornitorrincos mutantes. Es decir, todo es posible. Pero no todo es cierto. Y a mi me enerva que se mienta diciendo que lo que tan solo es posible, es cierto. El video es falso. Rotundamente falso. Esto está dicho y requete dicho. Y nadie puede vender información falsa como verdadera. Eso es manipulación. Al igual que los partidos politicos se callan lo que les interesan, Benitez se vale de unas imagenes falsas para hacernos creer algo tan tremendo como que en la luna ha existido una formación artificial.
De ser cierto, esto cambiaría para siempre el devenir de la mentalidad humana. Pero me entristece enormemente que un autor del que he leído con avidez y curiosidad se valga de estas tretas para cualesquiera que sea su fin. No es el hecho de que sea disparatado que haya un edificio en la luna, que no lo es aunque lo parezca. Si no que en el afan de contentar, se mienta a sí mismo, sabedor de que el video es falso.
Puede que en los libros nos hiciera pensar en posibilidades, que aunque remotas, siempre eran bien vistas y agradablemente razonables, pero él siempre lo tenía en cuenta, y lo sabía. En el video, sabiendo que es falso, se miente a sí mismo para darse credibilidad. Sabe que es falso, pero lo hace pasar por verdadero. Y eso solo tiene un nombre, aunque duela; estafa.
 
La piscina de Babel
He pasado unos días en el pirineo aragonés. En concreto en las inmediaciones del parque nacional de Ordesa. He disfrutado de la tranquilidad de los bosques, del cielo estrellado, del relax que dan unas vacaciones, y de todo lo que conlleva un lugar paradisíaco como es, para mí, la alta montaña. El único pero que he de poner es la incomodidad. No soy persona vaga o comodona, pero no me agrada del todo eso de dormir en el suelo, ducharme y lavarme en lugares públicos, y en la tienda de campaña, tener la bolsa de la ropa sucia a escasos centímetros del cepillo de dientes. Pero esto no empaña en absoluto la aureola de positivismo y romanticismo que emana de cada arbol, río o roca. En uno de esos camping donde el compartir olores y sonidos dentro de una tienda no parece tan extraño, había una piscina. Siempre tenía el agua fría. Y por la tarde, jodidamente fría, para que engañarnos. No se si es cuestión de la edad o de mi flema delicadita, que muchas veces disfrutaba más viendo a los bañistas con sus hijos en el agua, que haciendo yo mismo uso de ella. Al imaginario sonido del Eleanor Rigby de los Beatles, en el McCartney cantaba; All the lonely people. Where do they all come from?, trataba de descubrir de dónde venían los bañistas. Había un tipo con bigote sentado en el borde, leyendo el periódico y comentando en catalán las noticias con su mujer, una oronda mujer que tomaba el sol tumbada tras él. Otro muchacho, joven, trataba de lanzar al agua a una muchacha de su edad, ambos de rasgos nórdicos. En la otra esquina un padre alentaba en vasco a nadar más rápido a su hijo mientras le perseguía. Unos franceses se achicharraban en sus toallas y unos valencianos discutían sobre fútbol. Sin duda aquel momento tenía una cosmología social tremenda. Sonreí al pensar que en ese instante media docena de culturas y lenguas fluían al ritmo del chapoteo de la piscina azul. Aquel rectángulo de apenas veinte metros de largo se había tornado en la misma utilidad ociosa para personas de índole totalmente distinta. Quizá la ociosidad un punto de unión. Miles de personas se juntan cada dia para jugar a videojuegos on-line, sin tener en cuenta la lengua que hablan. Otros tantos navegan por páginas extranjeras buscando finalidades particulares, sin importar de donde provenga su respuesta. Hay quienes prefieren “blogear”, chatear y demás “interneradas”. La unión de ociosidad que nos brinda internet es incomparable. Nada hoy en día puede compararse a este mundo escondido entre teclas y una pantalla luminosa. Quizá internet sea la llave para una globalización cultural definitiva, un expreso informativo total y absoluto, un marco para registrar una unión insoldable. ¿Habrá que esperar a que surja un mesías, o a que nos demos cuenta del arma tan poderosa que tenemos en nuestras manos para cambiar lo que no nos gusta?

Seguramente, esta vez también se nos adelanten los que adoran “lo que no nos gusta”.
 
De amantes religiosas
Amantes religiosas.



Esta noche, atraído por la luz supongo, ha entrado en la garita un bicho volando. Era enorme. Creo que era una mantis religiosa. Curioso nombre. Siempre he creído, cacofónicamente (y estúpidamente, sí), que mantis venía de amante, por lo que “religiosa” convierte el nombre completo en un hoxímoron la mar de morboso. Es una de esas ideas surgidas de palabras que vienen a la cabeza desde que somos pequeños, y que aún sabiendo la realidad, nos sugieren cosas distintas. Seguro que más de uno tiene un buen saco de ellas. Como digo, ha entrado una mantis y ha revoloteado hasta posarse tras la mesa. Yo he dado un buen respingo ya que, aunque no me dan miedo, si tengo cierto repelus a estos bichos tan grandes. Maravillosos y grandiosos insectos, sin duda, pero que me dan repelus. Piensen si no en una polilla, por ejemplo, aleteando junto a su oreja… ¿Da o no da repelus?
Mi primera idea ha sido tomar el periódico y azuzarle para hacerle salir de detrás de la mesa. He tardado lo mío en sacarle de ahí. Cuando le he visto asomar sus picudas patas delanteras moviéndose frenéticamente, he decidido usar la artillería. Al más puro estilo Clint Eastwood he sacado le insecticida y he rociado al insecto una primera vez. Al ver sus movimientos espasmódicos he resuelto bombardearle hasta matarlo. Le he rociado un buen rato, hasta que he visto que en el suelo se formaban charquitos blancos del letal líquido. El bicho, impregnado y viscoso, ha comenzado a moverse despacio, casi imperceptiblemente. Ha sido entonces cuando me he arrepentido. He tomado de nuevo el periódico y le he sacado fuera suavemente (sí, aún arrepentido me sigue dando repelus). Una vez fuera, le he dado un par de golpecitos con la idea de que reaccionara. Le he echado un poquito de agua, como si fuese un boxeador al que hay que despabilar, como si esa agua fuese a arreglar el haberle rociado con el insecticida. Coño, si es que el nombre lo dice clarito; “insecticida”, que no hay nada que hacer, vamos. Pero sí ha habido reacción. Aunque, como el enfermo que se recupera antes de caer mortalmente, ha vuelto a quedarse quieto. Esta vez petrificado. Estaba arrugado, constreñido, como las víctimas de Pompeya, calcinadas en posturas en las que se cubrían y se acurrucaban ante la explosión del Vesubio. Parecía tener ese “rigor mortis” que tantas veces Scully nombraba y que nos hace parecer cadáveres ridículos, como fotografiados en el catre, haciendo de vientre. Apretando, vamos, hablando mal y pronto. Si la cara de este bicho no hubiesen sido la de esos ojos alienígenas y la cabeza de garbanzo, y hubiese tenido expresiones humanas, sin duda hubiese tenido un gesto de horror, con el ceño fruncido y la mandíbula prieta. El charco del agua se extendía a su alrededor. Parecía que el agua había surgido de él, ennegreciendo el suelo pavimentado, como si su savia vital, sus vísceras, se escaparan por su abdomen. Finalmente, con la vergüenza y la incomodidad que crece en momentos así en el ser humano, la misma que hace dar la vuelta a las fotos de la pareja cuando se le está siendo infiel, o que cambia el canal cuando ve negritos llenos de moscas en la tele, me he deshecho del cadáver. Lo he pisado hasta desintegrar sus crujientes pedacitos en restos apenas visibles. Lo que no se ve, no duele. No le he dado sepultura. Quizá no era católico. Además me daba repelus... Decía un sabio chino que “aquél que es capaz de matar a un insecto con la frialdad del que cree que nada cambia por ello, no me merece más que ser ignorado, sabiendo que nada cambiará por ello.”

A veces, me doy asco.


 
Causas naturales
Hoy me he enterado de la muerte, el dia 9 de Agosto, del actor Matthew McGrory. He leído en el periódico que su muerte se ha debido a “causas naturales”. Ha muerto con 32 años. ¿Muerte natural a los 32 años? Es algo aparentemente anómalo que alguien con esa edad muera por algo que no sea una enfermedad, un accidente, o algo así (ahora que lo pienso, ¿se puede morir uno de algo que no sea un accidente o una enfermedad, además de las “causas naturales”?). Ignoro a que llamaba el redactor de la necrológica “muerte natural”, ya que un cáncer puede ser natural, un tumor cerebral también, y ¿qué hay más natural que un virus letal? Retorcimientos sarcástico-retóricos aparte, he de suponer que una “muerte natural” es morir tal y como, en las condiciones físicas del individuo, debería de hacerlo. Es decir, morir porque tu estado es determinado.

Matthew McGrory era también “determinado”. Medía casi dos metros y medio de altura. Sus pies habían entrado en el libro de los record Guinness (algo tendrá que ver esto con la cerveza… tengo que mirarlo) porque sus pies medían 43 cm y medio. Estaba rodando una película sobre Andre el Gigante, experto en lucha libre y después actor, un tipo con el que McGrory se había sentido especialmente identificado, ya que compartían las dimensiones físicas. Había hecho varias películas, pero la más importante y la que le encumbró (introduzca el lector un chiste fácil aquí) fue Big Fish de Tim Burton. aquél gigantón que devoraba ovejas y al que Ewan McGrory convenció para dejar de ser una bestia y aprender a valorarse a sí mismo. Algo así supongo que debió ser su premisa para convivir día a día con su malformación.
Parecía un tipo inteligente, y lo digo sin conocimiento, solo al mirarle a la cara. Incluso, a pesar de las latentes diferencias para con los cánones de belleza actuales, se podría decir que era incluso atractivo. Su mirada tenía chispa, y su media sonrisa agradaba, con un toque fraternal que calaba al instante.
Pensar tan solo en un día metido en su piel me resulta difícil. “Hubiera hecho cualquier cosa por ser una persona de dimensiones normales un dia por semana, para no sentir los ojos de la gente clavados sobre él, poder ir al cine como cualquier otra persona y pasear por las calles sin llamar la atención” había dicho Drew Sky, el director de la película que estaba rodando McGrory. Todo resulta escrupulosamente sencillo para alguien de medidas normales. Esta “alta” perspectiva me hace reflexionar sobre hasta qué punto el azar,o la providencia, se ha cebado con cierto tipo de personas que han tenido la desgracia de vivir en un sistema tan adverso como este.

Quizá sea infame sentir lástima por alguien en su condición, ya que eso nos convertiría en un degradador más, pero dudo que la idea de ser “normal” no pasara por su cabeza casi todas las horas que permanecía consciente. Intento imaginar cómo se debía sentir paseando por la calle, yendo a comprar el periódico en un quiosco cuyo toldo pega en su barbilla, sentándose en un banco a leerlo casi clavando las rodillas en el pecho, y todo ello sabiendo que varias miradas están clavadas en su nuca. Siempre haciendo de monstruo en el cine. Siempre determinado por ser alto. Todo a su alrededor basado y girando en torno a ese detalle. El nimio y ridículo detalle de ser diferente. Ser diferente por ser diferente.

Ya no me parece tan rara la acepción de “muerte natural”.
 
La pregunta de V
Se acerca una película (una de mis pasiones, el cine) que me produce una extraña sensación de incertidumbre. Se trata de V de VendettaÉsta película está basada en uno de los comics (otra de mis pasiones) más famosos e importantes de la década de los ochenta, creado por Alan Moore y David Lloyd, guionista y dibujante respectivamente. Moore es toda una celebridad y suyas son otras obras llevadas al cine, como por ejemplo La liga de los hombres extraordinarios o Desde el infierno. V de Vendetta trata de una hipotética sociedad post-segunda guerra mundial, en el que el fín de la guerra no fue el que conocemos. El modo de gobierno está basado en el control exaustivo del individuo, dándole una idea de libertad interesada, haciendole entender que lo que se le niega no lo necesita. Su libertad se objetiviza, se vuelve utilitarista, funcional. El bicefálico pretesto es por supuesto, la seguridad, y también el control absoluto. El problema es que este último no se oculta, cosa que aunque denigrante no deja de ser lógica en un estado así, y aún así, el pueblo no reacciona.
Aquí nos vemos inmersos en una cuestión que trasciende la película de los hermanos Wachowski (sí, los de Matrix, cuyo título por cierto, debería tener artículo y ser The Matrix (la matriz...) pero eso es otra historia). Esta cuestión esta ahora en auge tras los atentados del 7-J (los de Londres, vamos, es que está de moda los numeritos y las letras, cuando tenemos un precioso lenguaje y parece que ultimamente nos esforzamos en no usarlo).
Tras los atentados, los diferentes gobiernos amenazados de atentados pretenden establecer nuevos filtros de seguridad que, entre otras medidas, consistiran en archivar sistemáticamente todos los mails y las conversaciones telefónicas de los ciudadanos. ¿Estaríamos dispuestos a sacrificar libertad por seguridad? Las acepciones de "libertad" y "seguridad" en esta pregunta nos da la señal de qué tipo de cuestión estamos tratando. "Libertad" es un concepto, algo que no tiene cabida más que en el ideario de cada individuo, mientras que la seguridad, siendo tambien en parte (y digo en parte, a buen entendedor...) un concepto, no queda tan denostado en esta comparación. Es decir, nadie me va a dar más seguridad porque grabe mi voz y mis mails, al igual que nadie me va a quitar más libertad por que lo haga.

Una sociedad que está dispuesta a preguntarse por una confrontación conceptual, ya de por sí tiene que replantearse ciertas cuestiones más intrínsecas...(sic, el eterno replanteamiento, asignatura pendiente en nuestra conciencia). Y es que la seguridad es una necesida humana primordial, situada tras las básicas, y las sociales (escalonado Maslow). La libertad transciende en espiritualidad y a la vez en subjetifización, ya que es un compendio de lo que pensemos y lo que nos dejen pensar. Es un tuya mia. Y en esto se parece a la seguridad. El problema de la seguridad es que es algo que no te das tú mismo, como sí es la libertad, si no que te la da un compendio de artilugios mas o menos útiles que pone el gobierno de turno a disposición del ciudadano.(policía, sistemas de video, guardias, satélites, etc...) Así es que, ¿se nos está objetivizando nuestra libertad como en la película? ¿Pretenden vendernosla como una funcionalidad, como un útil?

La pregunta es quizá ¿Qué tipo de seguridad se me ofrece si para ello tengo que cuestionarme sí ésta supone sesgar de mi libertad?, al igual que ¿Qué tengo yo por libertad, si soy capaz de cuestionarme que el grabar mi voz y mis mails supone cohartarla?
 
Segunda Utopía
Bien, visto que todo está en orden, me alegra comenzar esta nueva singladura por algo que nunca me ha llamado la atención, y algo que siempre he considerado algo banal y demasiado virtualizado como son los blogs. La verdad es que éste encuentro conmigo mismo, esa parte algo ególatra, curiosa y, ahora, digital, tengo que agradecerselo a el aburrimiento y al desespero del cansino horario veraniego. Puede que esta aventura sea algo curioso y reconfortante, o puede que no dure más que un par de dias, lo que dure el furgor de la novedad. Sea como fuere, no quiero que esto se convierta en el típico diario al que acudir a escribir lo interesante que ha sido mi jornada (sic), cuyo interés será nulo...


Por cierto, el título de Segunda Utopía se lo debo a Cris, ya que la primera queda en la memoria (para castigo u orgullo) de Tomas Moro.