Una cosa llamada constitución
Miedo me dio el doce de octubre, a poner la tele, ver a cientos de españolitos de a pie gritando España”, “sacudiendo banderitas, alentados por la idea partidista de que el actual gobierno está desmantelando la unidad del país. Me dio miedo escuchar al expresidente José María Aznar en Méjico en vaya a saber usted que menesteres, decir que España se segmenta, se desmantela, y que es la mayor crisis que ha conocido el país desde la transición. El conflicto inter seccional de Cataluña ha existido desde siempre, y decir que este es un problema sacado de la manga es incierto. Pero me da miedo que de la implicación del derecho a la autogobierno que resuelve el nuevo estatuto catalán surja un desaforado españolismo, un patriotismo excluyente, un exacerbado arraigo que presuma de bandera, clavando el estandarte en la frente del nacionalismo catalán. ¿Es que acaso no existe un nacionalismo español desvinculado de la idea de la rotura de “la soberanía total del estado”?
Aún recuerdo las manifestaciones contra el matrimonio gay en Madrid, con el episcopado gritando como el que más, y un gran número de banderas de España. ¿Es que acaso no es este un uso pseudo patriótico de ese gran número de posibles votantes que tan solo entienden que el estatuto, o el matrimonio gay, va en contra de la nación como unidad? ¿Pero estamos gilipollas o que? Pero volviendo al estatuto y pidiendo perdón por el enerve, hay una cosa clara; el problema catalán ha sido siempre un problema real. Quizá no era la hora de arreglarlo, pero los compromisos de Zapatero con los partidos nacionalistas han dado lugar a ello. No hay porqué ponerse trágico, pero está claro que este avinagramiento opositor es provechoso en los parámetros que he comentado antes. Implorar a constitución para introducir un texto anexo de reforma de estatuto por parte de una comunidad autónoma es lícito, e incluso me atrevería a decir necesario. Pero existe una doble cara, un doble filo, una doble lado de ese pro constitucionalismo del que están cayendo por su peso diversas opiniones pro constitucionalistas que se anteponen casi por decreto (constitucionalista, claro) a la reforma del estatuto. El estatuto supone una petición. Un intento de llevar a las cortes una realidad tangible, un problema que desde siempre hemos conocido y al que durante años se le ha dado la espalda: la petición de autodeterminación social y política de Cataluña. Este espaldarazo viene apoyado por un noventa y seis por ciento del parlamento catalán. Es hora de que hable el parlamento español, tal y como establece la constitución, para pulir y enmendar el estatuto, cuyos contenidos son, aparentemente, alejados de la constitución. Bien, pues a estos señores que antes nombraba les diría que dejen que las consiguientes herramientas del estado, guiadas por la constitución que tanto prodigan y convierten en herramienta excluyente, sean las que consensúen las peticiones de la mayoría parlamentaria catalana y las necesidades e intereses de España en su totalidad en un marco constitucional. Que confíen en este texto que tanto promueven, que tan lustroso, impertérrito y patriótico ustedes pregonan, y dejen que la maquinaria constitucional trabaje en todo su esplendor. Si la constitución establece que una medida semejante a una reforma estatutaria debe iniciarse en el parlamento autónomo y luego aprobarse en las cortes, dejen que esto suceda. ¿O es que, después de clamar al diálogo como se hace al nombrar a la constitución, hay que callar al que pide con una mano y la otra ponerla en la oreja como quien espera oír algo? No censuren algo que ustedes mismos piden. No griten que hay que pulsar el botón de encendido y luego quiten las pilas. Las explicaciones de tales dobleces tan solo cabrían en intereses ilícitos, intereses de quiebra, de fragmentación, de rotura, de división. Sería pues, un sucio reclamo. Pero existe una cuestión que es digna de haber sido prevista tiempo atrás por los gobiernos sucesivos a la transición, y que ha sido prevista por los que ya hace veintitantos años redactaron la constitución. Dicen que el mayor logro para la humanidad es encontrar la manera de avanzar ante las adversidades. Ese tesón del que hace gala la sociedad que, sin ir más lejos, en este siglo que acaba de terminar, ha pasado de tener dos terribles guerras mundiales, a crear una serie de sociedades que abogan por la unión de los países, por la lucha contra la pobreza, y demás esperanzadores lemas. ¿Significa esto quizá que hemos avanzado? Pues sí señores, hemos avanzado. Como ya lo hiciéremos antes, hemos avanzado acorde con las necesidades sociales, económicas o políticas que hemos tenido. Hemos requerido de pactos, de alianzas, de tenacidad, de confianza, y al final, de una manera u otra, hemos avanzado. La dirección que hemos tomado es la que hemos tomado todos; una sociedad donde la democracia sea el paradigma de igualdad y que es resuelto casi como una nueva religión que incluso nos vemos en derecho a exportar. Al margen de la discusión que supone si esto está bien o no, esta cohesión viene a ser un significativo avance comparado como estábamos hace tan solo cincuenta años. ¿Y es que la actual reforma de estatuto catalán no viene a ser una necesidad de un pueblo, el catalán, que ha pedido una mayor autonomía durante siglos? ¿Es que no es un avance el hecho de tener una reforma de estatuto a discusión en las cortes? Lo que debería ser motivo de orgullo, por lo que veo no lo es. Y aquí adviene mi duda, y repito antes de nada que veo inconstitucional y que debe ser revisado en las cortes. Quizá el simple hecho de que surja un estatuto catalán de estas características, que haya sido apoyado por tal cantidad de representantes parlamentarios en Cataluña, sea ya de por si incompatible con el actual texto de la constitución. Es decir, la simple existencia de reforma contradice la constitución. Si la reforma de estatutos, que ya ha sido aprobada en Valencia y se las distintas comunidades se han apresurado a comenzar a redactar, refleja la necesidad de una sociedad, la española, cuyas autonomías limítrofes se confieren una proyección social de distinto camino que la del resto del país ¿no sería más lógico revisar el texto actual de la constitución? ¿No será que estamos dando una importancia demasiado grande a un texto que tiene más de veinte años, y que no se adapta a las características necesidades que contiene hoy en día la totalidad el pueblo español? No hagamos oídos sordos y pensemos que la balsa que es la constitución, no puede tener grietas, y que puede ser la hora de comprar una nueva. Ojo, una que navegue igual de bien, pero que no tenga miedo de meterse en cualquier océano, por muy profundo que ahora nos parezca, ya que al otro lado podremos encontrar nuevas y maravillosas tierras.
Se buscan genios
Recientemente se ha cumplido el vigésimo aniversario de la muerte de Orson Welles. 
Hace veinte años se fue el creador de la que ha sido casi siempre considerada la mejor película de la historia; Ciudadano Kane. Es una de mis películas favoritas. Pero no me referiré a ella si no a su creador; un tipo al que se le ha tildado de genio en más de una ocasión. ¿Qué es un genio? Orson Welles fue sin duda un innovador. Alguien que se atrevió a introducir en el cine y radio lenguajes que a nadie se le habían ocurrido hasta entonces. A quien inventa algo también se le llama genio. Einstein ha sido y es tildado de genio. Dalí también. ¿Qué es entonces un genio? Es alguien que sabe mirar con otro prisma lo que sucede alrededor suyo. Pero solo llega a genio los que se atreven a mostrarlo. Los que lo enseñan, los que hablan de ello, los que se dan a conocer. Después de todo, genio es un calificativo que se adquiere, no que se lleva como el apellido, desde niño. Pero este calificativo en los últimos tiempos ha sido utilizado para nombrar a futbolistas como Zidane, o grandes amasadores de dinero, como Bill Gates. La palabra genio adquiere por lo tanto otras connotaciones, la de saber jugar preciosista al fútbol, o la de dar con un mercado que permita monopolio mundial, como el de Microsoft. ¿Son estos dos últimos ejemplos de alguien que ve la realidad de a su alrededor de distinta forma que los demás y no teme mostrarla? ¿Está la palabra “genio” supeditada tan solo al arte y la ciencia y no puede abrirse al espectáculo o a las finanzas? Puede que genio sea el que hace algo maravilloso con lo que hace. Lo cual no quiere decir que sea maravilloso en su totalidad. Orson Welles era un bebedor y un irresponsable, Einstein no sabía hacer la o con un canuto, vivia a la sombra de la inteligencia de su mujer (se dice que fue ella y no él quien redactó la teoría de la relatividad) y paranoico, y Dalí era mal educado y prepotente. Puede que estas no sean más que características de sus personas, como lo son de las nuestras, pero el destacar en algo como “genio” no conlleva que sean las personas que por canon tildaríamos de totalmente fantásticas. Sin embargo Zidane es comedido, educado, y participa con numerosas fundaciones contra la pobreza. Al igual que Bill Gates, cuyos donativos a ONGs y proyectos de ayuda a minusvalidos son conocidos y aplaudidos. No digo con esto nada. Pero quizá la definición de genio viene irremediablemente ligada a una situación especial, a una circunstancia peculiar. Zidane y Bill Gates no han innovado. Ya estuvieron Cruyff y Rockefeller. Pero gente como Welles, Einstein, y Dalí, hicieron cosas que no tuvieron parangón antes. La contribución de un novato como Orson Welles valió para abrir límites nunca vistos en el cine. La teoría de la relatividad de Einstein es la que hizo que yo haya escrito esto en un blog y usted esté leyendolo en su ordenador (imagine su relevancia), y Dalí supuso el asentamiento de un movimiento pictórico y cultural, el surrealismo, que hizo de caldo de cultivo para toda una generación, la del 27, que significó el reducto libertario ante las huestes reaccionarias que llevaron a España a la guerra civil. De Zidane, sin animo de ofender, le olvidaremos con Robinho o Mecí. Y al señor Gates le olvidaremos en cuanto alguien haga más dinero de caja con algún otro negocio redondo. Estamos necesitados de genios, de genios de verdad. Gente que deje navegar sus sueños sin despegar los pies de la tierra. Que huelan la esperanza, un cordón no visto hasta entonces, y tiren de él hasta arrastrar el cofre del tesoro adherido. Necesitamos dejar de llamar genio a un futbolista y a un magnate de los negocios…
Sí que tenía razón Ana Tarroja cuando cantaba “que estamos faltos de genios…”
Hace veinte años se fue el creador de la que ha sido casi siempre considerada la mejor película de la historia; Ciudadano Kane. Es una de mis películas favoritas. Pero no me referiré a ella si no a su creador; un tipo al que se le ha tildado de genio en más de una ocasión. ¿Qué es un genio? Orson Welles fue sin duda un innovador. Alguien que se atrevió a introducir en el cine y radio lenguajes que a nadie se le habían ocurrido hasta entonces. A quien inventa algo también se le llama genio. Einstein ha sido y es tildado de genio. Dalí también. ¿Qué es entonces un genio? Es alguien que sabe mirar con otro prisma lo que sucede alrededor suyo. Pero solo llega a genio los que se atreven a mostrarlo. Los que lo enseñan, los que hablan de ello, los que se dan a conocer. Después de todo, genio es un calificativo que se adquiere, no que se lleva como el apellido, desde niño. Pero este calificativo en los últimos tiempos ha sido utilizado para nombrar a futbolistas como Zidane, o grandes amasadores de dinero, como Bill Gates. La palabra genio adquiere por lo tanto otras connotaciones, la de saber jugar preciosista al fútbol, o la de dar con un mercado que permita monopolio mundial, como el de Microsoft. ¿Son estos dos últimos ejemplos de alguien que ve la realidad de a su alrededor de distinta forma que los demás y no teme mostrarla? ¿Está la palabra “genio” supeditada tan solo al arte y la ciencia y no puede abrirse al espectáculo o a las finanzas? Puede que genio sea el que hace algo maravilloso con lo que hace. Lo cual no quiere decir que sea maravilloso en su totalidad. Orson Welles era un bebedor y un irresponsable, Einstein no sabía hacer la o con un canuto, vivia a la sombra de la inteligencia de su mujer (se dice que fue ella y no él quien redactó la teoría de la relatividad) y paranoico, y Dalí era mal educado y prepotente. Puede que estas no sean más que características de sus personas, como lo son de las nuestras, pero el destacar en algo como “genio” no conlleva que sean las personas que por canon tildaríamos de totalmente fantásticas. Sin embargo Zidane es comedido, educado, y participa con numerosas fundaciones contra la pobreza. Al igual que Bill Gates, cuyos donativos a ONGs y proyectos de ayuda a minusvalidos son conocidos y aplaudidos. No digo con esto nada. Pero quizá la definición de genio viene irremediablemente ligada a una situación especial, a una circunstancia peculiar. Zidane y Bill Gates no han innovado. Ya estuvieron Cruyff y Rockefeller. Pero gente como Welles, Einstein, y Dalí, hicieron cosas que no tuvieron parangón antes. La contribución de un novato como Orson Welles valió para abrir límites nunca vistos en el cine. La teoría de la relatividad de Einstein es la que hizo que yo haya escrito esto en un blog y usted esté leyendolo en su ordenador (imagine su relevancia), y Dalí supuso el asentamiento de un movimiento pictórico y cultural, el surrealismo, que hizo de caldo de cultivo para toda una generación, la del 27, que significó el reducto libertario ante las huestes reaccionarias que llevaron a España a la guerra civil. De Zidane, sin animo de ofender, le olvidaremos con Robinho o Mecí. Y al señor Gates le olvidaremos en cuanto alguien haga más dinero de caja con algún otro negocio redondo. Estamos necesitados de genios, de genios de verdad. Gente que deje navegar sus sueños sin despegar los pies de la tierra. Que huelan la esperanza, un cordón no visto hasta entonces, y tiren de él hasta arrastrar el cofre del tesoro adherido. Necesitamos dejar de llamar genio a un futbolista y a un magnate de los negocios…
Sí que tenía razón Ana Tarroja cuando cantaba “que estamos faltos de genios…”
Monedas
Meter la mano en el bolsillo y sacar unas monedas puede llegar a ser un acontecimiento meta-físico absoluto. El azar y la suerte convergen de manera drástica y romántica respectivamente. Mete uno la mano en el bolsillo, remueve los dedillos hasta asir en la palma todas las monedas, incluso esos cobrizos centimillos que se esquinan en la costura y que desaparecen de la circulación hasta sacar el pantalón de la lavadora. Después, con cuidado de que ninguna se escurra entre los dedos, se abre la palma de la mano en rigidez egipcia, mostrando el dinero revuelto. Revuelto quizá no es la palabra que defina ese caos exquisito, ese big bang en pequeña escala en el que se muestran las monedas. Unas montadas sobre otras, otra más escorada hacia el meñique, otra se alza una pizca gracias a la curvatura de la junta de los dedos, y otra, ese céntimo explorador, se ha aventurado valiente hasta la falange del índice. Repítase la acción tantas veces como se quiera, y el resultado, aunque no lo crea, no será nunca el mismo. En otras ocasiones, quizá la moneda de dos céntimos se refugie bajo la frialdad de la de cincuenta céntimos.
Puede que un puñado de secuaces monedas de diez o veinte céntimos oculten al la moneda del euro, ante la pasividad, y quizá envidia, de la de dos euros, que dado su peso y grosor, está condenada a ligarse involuntariamente al fondo de la palma, donde se desliza sin remedio. La probabilidad de que una “mano” sea la misma que la anterior es infinitamente improbable. Claro que hablar de la improbabilidad puede a menudo convertirse en un paso en falso. Dos acontecimientos que se repiten con exactitud es, en sí mismo, un acontecimiento. Es una trascendencia, un hito, un momento sublime. La velocidad con la que se mueve el mundo, que apenas nos deja deglutir lo que ocurre al día, nos hace pasar de largo sobre las coincidencias. Sea cual fuere ésta en cuestión, pasa a integrar la línea cíclica que el hombre le ha dado al tiempo, y que el tiempo, a su vez, le ha dado al hombre. Y es que, la historia se repite una y otra vez. El circulo, ese símbolo de dimensiones cósmica… Única visión tangible de un concepto maestro en el ser humano: el de la perfección y el del tiempo. Alguno más habrá, pero ahora mismo no caigo. Tal es el ciclismo (léase como “cíclico” y no como lo de la bicicleta) a nuestro alrededor. Piense en lo más grande que pueda albergar su mente. Lo más grande de todo, lo que trasciende a cualquier frontera, lo que hasta su grosor hace crujir y su enormidad asusta. Quizá piense en la tierra. Es redonda. O quizá en el sistema solar, que gira alrededor del sol. Todo redondez, todo perfección. Un amanecer significa el fin de una vuelta y el comienzo de otra. Un acontecimiento éste sin parangón, igualmente perfecto. Allá por donde sale el sol, volverá a salir al día siguiente, y es el mismo lugar por donde salió el día anterior. Puede que cuando vuelva a sacar la mano del bolsillo y la situación de esas monedas sea exactamente igual a la anterior, sea el fin de un ciclo, y el comienzo de otro. Puede que no sea igual y usted, por confusión lo crea así. Eso dará igual, ya que tal acontecimiento adquiere una trascendencia tal, que habríamos de pensar que la vara cósmica del azar, la suerte, o la providencia, nos ha tocado. Si ese ciclo ha tocado a su fin, será un buen momento para replantearse el lugar donde se encuentra, lo que está pensando, y a buen seguro, lo que tiene en la mano. Descorche una botella de vino, compártala con sus amigos y dese el gusto de reír. Todo volverá a rodar de nuevo, y esta vez, quizá, lo haga para mejor.
Somewhere beyond the sea
Tengo ganas de volver a pisar una playa. No por la playa en sí, si no por el mar. Esa amplia abertura en el suelo. Una gran franja en el cortex cerebral de la tierra. Una quietud impenetrable, incalculable, algo más allá de todo. El mar es lo más grande que podemos atisbar a concebir a nuestro alrededor. No ver el final ni el fondo lo convierte en la antesala del espacio. No me extraña que en el pasado se le considerase el final del mundo. Hablar del mar está de más. Hay cientos de autores que ya lo han hecho y cien veces mejor que cualquiera de nosotros; Conrad, Baroja, Helrrand... por acordarme de algunos ahora mismo.
Pero estaba pensando en el tiempo, y sin querer lo he asimilado con el mar. Y me ha sorprendido el hacerlo. El tiempo puede ser comparable al mar en ciertas cosas, pero creo que en lo que más se parecen es en que el océano da la aptitud de quietud que he comentado antes. Una quietud pétrea, algo inamovible, perpetuo durante y por millones de años. “No hay nada más infinitamente monótono que el mar, entiendo perfectamente a los piratas” decía James Russell. La verdad es que esa es la mirada onírica con la que se puede mirar al océano, pero todos sabemos que objetivamente es incierto, ya que el mar es un rebose de vida y actividad. Es el espacio movible más grande que además no permanece igual ni dos segundos. Pero curioso pensar en el porqué de esa unión invisible del hombre con el mar. Parece haber una atracción primaria, instintiva y por otra parte inquietante. Tan inquietante como el propio mar. Puede que la memoria cósmica que acompaña al hombre desde su ingreso en la evolución sea la que nos arraiga a los inicios de la vida, que surgió a su vez del mar. El mar como caldo de cultivo, como glándula de la evolución, el mar como placenta. Pero una matriz insegura, ya que la misma visión del océano turba. Da escalofríos. Mirar al mar hace que nos demos cuenta de lo insignificantes que somos y de lo solos que en realidad estamos.
Tu yerras, tu pagas
Me toca pagar.





