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Segunda Utopía
Cada paso a la utopía es un paso más que dar.
Acerca de
La Segunda Utopía no tiene dueño, guardian o custodio.
Sindicación
 
El patito feo
La prometieron que la convertirian en una princesa. Nunca jamás viviria acomplejada por si físico.


Promesas de cristal.


Hace unas semanas me tope con un artículo sobre un reality show llamado Extreme Makeover, algo así como Retoques Extremos, emitido por la cadena estadounidense ABC. Una tal Deleese Williams, treintañera, escucho estas promesas, cantos de sirena, y pensó que esta sería la oportunidad de su vida. Pensó que nunca más tendría avergonzarse de sus extraño y descompensado cuerpo, sus dientres retorcido, su barbilla hundida, sus grandes orejas y sus diminutos pechos. Se presentó al concurso. Todos en su familia hablaban maravillas sobre Deleese, y ella se prestaba una y otra vez a plantarse ante las cámaras pidiendo al público sus votos, afeándose abiertamente para hacer ver cuánto necesitaba aquellas operaciones de cirugía estética de premio final, que convertirían al patito feo en un cisne. Deleese haría cualquier cosa por cambiar el reflejo que veía en el espejo. El programa establecía que su familia debía sacar a relucir el infierno que había padecido Deleese en su infancia, para ablandar los corazones de los votantes. La hermana de Deleese contó cosas que no debía contar. Relató vejaciones por parte de compañeros de escuela, insultos, e incluso palizas recibidas por una joven Deleese. Ella, sabedora de que su hermana hablaba echando mano al patetismo y a la crueldad tan solo para beneficiarla, la dejó hablar escuchando en silencio. Aunque lo que salía de la boca de su hermana, eran puñales en forma de palabras. Deleese salió elegida ganadora. Pero un día antes de la operación, la mandaron a su casa de Texas; como el tiempo previsto de recuperación de la operaciones no encajaba con el cronograma del espacio televisivo, cancelaban su participación. Adios al cuento del, adios al sueño.


Deleese no sólo se quedó sin nueva imagen. Todos en su familia se sentían culpables por, en el fargor del climax televisivo, haber revelado su verdadera opinión sobre su aspecto. A su hermana la bombardeaban con pregunas acerca de su infancia al lado de la fea Deleesey en repetidas ocasiones pusieron palabras en su boca. Su hermana, afectada por haber tildado a Deleese poco más que como una masa amorfa y patética de cara a todo el país, nunca pudo sobreponerse a la culpa. Unos meses después, se suicido con una sobredosis de fármacos, alcohol y cocaína.


En mayo había sido la adolescente británica Carina Stephenson, que se colgó de un árbol al regreso de filmar un reality al estilo de las colonias de jóvenes boy scout en la qu ehabía dado a conocer su homosexualidad. En marzo, la víctima fue la productora de televisión Melanie Bell, que se arrojó por la ventana de su hotel donde intervenía en otro reality: Elvis las Vegas. Poco antes, en febrero, un joven boxeador de un gueto de Filadelfia, se cuicidó tras regresar de Las Vegas, donde había perdido n combate y con ello el premio alganador de un millón de dólares, en la final del concurso reality The Contender, ideado por Silvestre Stallone. El boxeador, Najai Turpin, tenía 23 años.


Poco antes, en un programa no reality, si no un espacio de entrevistas, al estilo de El diario de Patricia, un tal Jon Schmitz, de 24 años, se volvió loco cuando Sout Amedure, de 32, dijo antes las cámaras que estaba encaprichado con el muchacho y que fantaseaba con él. Dos días después de ese programa, Schmitz mató a Amedure de dos balazos en el pecho.


Programas baratos, sin guionistas ni actores a quienes pagar. Tan solo un plató, una cámara y promesas sobre éxito, dinero e ídolos de plástico. El resto lo pagan las víctimas. Aprovecharse de los necesitados. Durante toda la historia se ha hecho, solo que ahora, cambiando el nombre y el medio, parece distinto e incluso vistoso. Pero no deja de ser todo una parafernaria, como en la antigua roma se les obligaba a los esclavos a convertirse en gladiadores y matar para conseguir su libertad, o como pagar a una mujer pobre por vender a su hija, o por vender un órgano. A Deleese no le pusieron una pistola en la cabeza para participar, pero le convencieron de que si no lo hacía, sería para siempre lo que le habían hecho creer que era; un despojo humano, una aberración. Jamás sería como en la televisión decían que debía ser, la convencieron, jamás sería feliz.
¿Exagerado? Quizá sí. Observe la cara de Deleese y piense en lo que ahora mismo debe pasar por esa cabeza, afeada tan solo por quienes querían afearla. ¿Exagerado?


Yo creo que no.

 
La belleza incomoda
Leyendo una revista que regalan como suplemento del periódico dominical di con un reportaje sobre Pilar López de Ayala, una actriz española cuya última película es la aspirante al “Oscar” de la academia elegida para representar España. Allí estaba yo, pasando páginas sin ningún ánimo hasta dar con una fotografía de la actriz en cuestión. Un fogonazo me iluminó al instante. Me sentí incomodo. Cerré la revista, pero poco después volví a abrirla buscando la dichosa foto. Era un primer plano de la muchacha, una actriz que jamás me había llamado la atención demasiado. Tenía en la foto el pelo corto, peinado controladamente caótico. Sus ojos se emparentaban con sus labios en una simetría peculiar, muy natural pero absolutamente soberbia. La figura de su cara es alargada, perfecta para albergar el compendio de todas sus particularidades.
Eso es; las particularidades. Hablar de belleza está muy desfasado a estas alturas. Pero precisamente quería hacer mención a esas particularidades. La mirada objetiva de la belleza, decía DaVinci, reside en la simetría de los componentes del cuerpo, o de la cara. Pero olvidando todo esto, son esas particularidades las que diferencian lo que yo considero belleza de lo que considere otra persona. El caso es que esta chica podría entrar en el canon normal de belleza que tiene el mundo occidental hoy en día (canon que es bastante amplio). Quizá esta chica, de no ser actriz famosa, no haría que nadie se detuviera a mirarla. O puede que sí. Lo único cierto es que sea como fuere, al verla me sentí incomodo.


Cerré la revista con ánimo de hacer desaparecer esa incomodidad. Fue en balde, porque poco después la volví a abrir para volver a fijarme con más detenimiento y certificar que, definitivamente, incomoda. Pensé en una reacción semejante al ver una portada en una revista hace poco de Angelina Jolie, base y ciencia de la calentura de más de uno (y más de una). Incomoda. Monica Bellucci; cuerpo y gesto icono de belleza mediterránea; incomoda. Imagino que esto puede parecer estúpido y que alguno pensara que valiente gilipollas que le incomoda tener a un mujerón así al lado (permítaseme ciertas licencias como estas). Ya no hablo de actrices, si no de bellezas como tal. Ir en el metro y que se te ponga al lado una chica de particularidades parecidas, y no hablo de espectacularidad, si no de belleza como tal, produce incomodidad.

¿Por qué? Vaya usted a saber por qué, pero así es. Quizá lo produce el hecho de pensar que al no tratarla, al no hablar con ella, puedes pensar en el tipo de mujer que podría ser, y esto la convierte instantáneamente en la mujer perfecta. No resulta esto el desear estar con alguien así, quizá es al contrario. Por eso pienso que es odioso pensar que alguien es perfecto, más que odioso, asusta. Es necesario encontrar debilidades e imperfecciones (o lo que cada uno considere imperfecciones) en los demás, porque si no fuera así, buscaríamos nuestras propias imperfecciones para resolverlas como atributos, y nos elevaríamos a niveles a los que nadie aspira (y de los que nadie procede). Conocer a la persona que es la muchacha de ojos marrones que me mira a través de la página del suplemento dominical, supondría eliminar por completo el aire místico que conlleva el tratar con alguien que de primeras (y lo primero es verla) no has considerado imperfecta. Este tipo de reflexiones quizá me vendrían bien para aplicarlas a actores, cantantes, escritores, e incluso con el vecino del quinto, sea cual sea su género. Pensar en que se encuentra uno con la personificación de un canon incomoda. ¡Y casi que acojona, vaya!