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Segunda Utopía
Cada paso a la utopía es un paso más que dar.
Acerca de
La Segunda Utopía no tiene dueño, guardian o custodio.
Sindicación
 
Interludio
Cinco hábitos extraños (o no tan extraños) recogidos de la propuesta de Espa y Marcos


1- Me corto el pelo yo solo. Se ahorra dinero, os lo aseguro.
2- Escucho música al menos media hora al día. Es tan necesario como ducharme o comer. Estas acciones me limpian y me alimentan. Escuchar música clásica me recuerda la razón por la el hombre es bello y grandioso. Si no lo hago me siento irritable y triste.
3- Empezar el periódico leyendo las editoriales y las cartas al director.
4- Apoyar la mitad de la almohada en la pared y dejarla caer sobre mi cara al dormir. Me hace sentirme más recogido y quizá más seguro.
5- Intentar sonreír y ser educado y correcto siempre. Se qué esto no suena como un hábito extraño, pero cada día me encuentro a mas gente que ignora que no todo es recibir y que también hay que dar.





Aprovechando el espacio del post, y sabedor de que más de uno me tildará de rácano y me dirá que se puede escribir en otro, que es gratis, dejo un relato que he encontrado por viejas carpetas de documentos y que escribí ya hace un lustro. Me he alegrado al encontrarlo, como todos nos alegramos cuando encontramos algo que ya habíamos olvidado que teníamos y nos remonta a épocas pasadas. Cualquier tiempo pasado fue mejor dicen. Claro, todo tiempo es pasado.



“Cuando entré en la sala, los dos papagayos me invitaron a sentarme y a que les relatara el sueño del que había salido. Me sirvieron una taza de agua caliente y me animaron a que les diera todo tipo de detalles sobre lo que no recordaba del sueño; los ríos que proyectaban su sombra de color rojo, los picaportes en las paredes, el reloj de cuco que sonaba cada trece segundos, la mujer gorda que me hizo comer un pastel que había cocinado para su hijo muerto al nacer… Les conté todo aquello y quizá algo más.
Los dos papagayos escuchaban mi relato con atención hasta que uno de ellos me interrumpió para decir que mi ojo derecho le incitaba pensar que yo estaba ocultando algo. Indignado por tal insinuación salí de la sala dando un portazo. Pero aquél papagayo tenía razón. Por supuesto que ocultaba algo. No les había dicho ni una palabra de aquello que recordaba; el beso en la frente de mi hijo ya dormido, la sonrisa de mi mujer acostada junto a mí, y la oscuridad haciéndome cosquillas en los pies. Pensé entonces que hasta que no recordara estas cosas, no debía contárselas a nadie.
Después de todo, esto es lo único que guardaré para mí.”

 
Finales grandes, pequeños y cretinos.
Jack Nicholson es un estupendo actor. Recuerdo así de primeras un puñado de películas que me han encantado de él; El resplandor, Alguien voló sobre el nido del cuco, Mejor imposible (Helen Hunt grandiosa) ... En esta última aparece una escena que siempre me ha llamado la atención y que se me ha quedado en la mente por el parentesco que le encuentro a la situación que recrea con la vida real. En un momento dado, Cuba Golding Jr, que interpreta a un amigo del cooprotagonista interpretado a su vez por el cándido Greg Kinnear. El personaje de Cuba es un exacerbado empresario gay que mantiene a raya por medio de amenazas y gritos al personaje de Nichoslon, que no duda en vejar una y otra vez a su desafortunado vecino gay, personaje de Kinnear. En una de esas disputas, tras soltarle Cuba tres buenos y amenazantes berridos, Nicholson suelta un sarcástico improperio entre dientes. Cuba repara en ello y vuelve a gritar otra vez, hasta que Nicholson se da la vuelta. Entonces susurra; “maniático de la última palabra...”


¡Y qué gran verdad!
Miles de veces he encontrado a gente que tras una disputa, una discusión, o una conversación algo caliente, suelta un último comentario, como idea solemne y lapidaria en la mayor parte de los casos. Y así, de alguna forma, en lo más intrínseco de su ego reverberante, quedan por encima de ti. Es odioso tener que aguantar y escuchar esa última puya (siempre suele ser una puya) que introduce el susodicho maniático con calzador en el final de la conversación, en un silencio furtivo, en un suspirito callado.
Ahí la suelta, y él crece. Y salen de casa con el pecho pavo.



Ya ha propósito de estas últimas palabras, y en un tono más amable, grandioso e histórico, hay quien las hacen tan propias que las convierten en una obsesión. Son estas las que han dicho grandes personajes universales antes de morir, como gran colofón, conscientes o no de que esas eran las últimas palabras que surgieran de su boca como último testimonio y suspiro.
Al gran filósofo francés Montaine, maniático a su modo, recopilo frases de escritores de su época, compañeros y amigos, pronunciadas en su lecho de muerte. Recopiló cientos de ellas y sabedor de la trascendencia que estas tenían, preparó una propia que colmara toda la grandiosidad de su maniática obsesión. Durante años la mantuvo en secreto, e incluso se jactaba de tener la mejor frase lapidaria ante sus amigos, y les instaba a estar atentos en el día que muriese para no perdérsela (el colmo vamos; ¡eh, el día que me muera, vais a alucinar!). Ya en su lecho de muerte, con todos los compañeros más atentos a su colofón que a velarle, Montaine se quedó súbitamente mudo, y murió sin poder decir su postrera cita. Otro coitus interruptus en toda regla sería el de Walt Whitman, poeta maravilloso, que también tras buscar un digno colofón de su vida, solo se le ocurrió decir “¡Mierda!”
Otra frase final, en el lecho de muerte, pero con un sabor más grandilocuente (como el propio personaje merecía), fue la del dúctil e inigualable estudioso Menéndez Pelayo; “Qué lástima morirse con tanto si haber leído”.
Más irónicos y conscientes (o quizá inconsciente) de su propio fin fueron Arrieta; “Si cuando amanezca me dicen que he muerto, no me sorprendería”. O el asesino ruso Vladímir Keroukian, a punto de ser ejecutado, que instado a abjurar del demonio por un cura, contestó “No es el mejor momento para hacerse enemigos”.
Victor Hugo, el rey sol de las letras, hizo patente su magnificencia (conocedor ya de su trascendencia) y soltó un solemnísimo; “Aquí está el combate del día y de la noche”.
Otros, más de ida que de vuelta, acusaban el punto final de sus vidas con frases psicodélicas o inverosímiles. Bernanos dijo en su expiro “a nosotros dos...” o Edison ; “es precioso todo allá...” ¡qué visiones tendrían!
Tremebundo fue Máximo Gorki, exponente de las letras sovieticas “habrán guerras, hay que prepararse”. Lagarto, lagarto...
Luego los había clásicos y trabajadores obsesivos hasta el final, enfermados por esa irascibilidad que la vejez concede, y aún peor en los ricos. Conrad Hilton el fundador de la cadena homónima de hoteles y tal y como contaba en un artículo no hace mucho Javier Cercas, a quien le preguntaron si deseaba transmitir un mensaje final a sus empleados exclamó “¡La cortina de la ducha hay que ponerla por el lado de dentro de la bañera!”


Sea como fuere, quizás todos estos personajes tuviesen en su interior parte de ese orgullo escocido del que se quejaba el personaje de Nicholson. Unos por conocer lo que su persona representaban, otros por ignorancia, u otros por ser simplemente unos cretinos, por mucho que su nombre esté escrito en letras de oro. Lo cierto es que la muerte obsesionaba y atraía por entonces como ahora. Querer trascender más allá de este inevitable final estaba tan valorado (¿valorado?) como lo es ahora.
Me quedo con mi favorita, la de Karl Marx, que requerido por un conocido a citar una última frase para la posteridad gritó “¡Fuera¡Las últimas palabras son cosa de tontos que no han dicho lo suficiente mientras vivían!”

Por cierto, ¿Está Paul Mcartney muerto? “Paul is a dead man, miss him, miss him, miss him.”